"Intento compatibilizar el trabajo político con la vida –explica la alcaldesa-. Por ejemplo, me reservo tiempo para leer. Necesito leer. No puedo vivir sin la compañía de los libros”. Ahora tiene tres entre manos. En el bolso, una edición de bolsillo y en francés de Laëtitia, de Ivan Jablonka, análisis de un asesinato en la Francia de 2011. En su mesilla de noche, una biografía de Carmen de Burgos, Colombine. Y en el cuarto de estar, Economía Rosquilla, de la profesora de Oxford Kate Raworth. “La economía desde la perspectiva de mujer, una visión que no tenía Adam Smith”, ironiza.

Como casi cada día, la alcaldesa Carmena ha llegado al Ayuntamiento en metro, bajándose varias paradas antes para caminar. “No sufro atascos –revela-. Y, aunque le parezca mentira, andando por Madrid se oyen los pájaros...” A sus 74 años, los paseos y los madrugones la mantienen fresca. “No tiene mérito –dice-. Siempre me gustó madrugar. Me da alegría despertarme y desayunar. Yo le tenía un poco de miedo a dormirme cuando era niña”.

Y no desayuna sola. Compartir mesa y mantel la ayuda a dialogar. “Cuando algunos se crispan con nosotros, organizo un desayuno con magdalenas. Las hago en casa y las traigo. En tres años de mandato habré hecho más de mil. Me salen espléndidas”, dice. Su receta, simple, dista de la de los muffins, esa especie invasora: huevo, mantequilla, azúcar y otra vez azúcar por encima. Entre los comensales ilustres de su repostería casera ha estado la reina Sofía. Y entre los recientes, unos argentinos que planean fundar un partido en su país. Los citó a las 7,30 h.

Este agasajo forma parte de su afición a cocinar, su mandala particular. De vez en cuando, si invita a alguien a Cibeles –el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, o el patrón de Bankia, José Ignacio Gorigolzarri, por ejemplo- “la comida la hago yo –explica-. Gasto cero para el Ayuntamiento”. Sus obras maestras son el escabeche de pavo, el gazpacho de sandía y el pollo al curry.

PORT: La comida es un lubricante para el diálogo...

Manuela Carmena: Totalmente, y dialogar es clave. Solo se puede gobernar negociando. En la sociedad moderna, tan compleja, siempre es necesario buscar acuerdos. En este Ayuntamiento hemos hecho algo de lo que estoy orgullosa: llegar a acuerdos en casi todas las heridas enquistadas que tenía Madrid. Canalejas, el edificio España, el Bernabéu, Madrid Puerta Norte…. Es el urbanismo del convenio. No se debe imponer una estructura urbana, sino pactarla, conveniar los intereses de unos y otros.

P: ¿Y cómo está de salud el diálogo político en España?

MC:  En este momento, no hay nada de diálogo. En la política se busca la confrontación y la diferencia. Y eso es una equivocación, porque las cosas han cambiado mucho. La gente quiere que hablemos de hechos, de escuelas infantiles, no de ideologías en abstracto. En cada pleno, yo mando a la oposición folios con datos, pero no se los leen; en los plenos se usan las interjecciones, los improperios, las anécdotas, pero no los datos. En política no hablamos de hechos, sino de carcasas puramente formales y extraordinariamente teatralizadas. No tiene sentido. La política se estanca en una visión mezquina, corta.

P: Será que eso da más votos.

MC: Es posible. También los medios se instalan en esa cultura de la confrontación. Y no creo que eso dé más lectores.

P: Me está recordando aquel día que un encontronazo entre los diputados Gabriel Rufián y Beatriz Escudero tuvo mucha más audiencia que lo que esa mañana se dijo en el Congreso sobre el futuro de la Seguridad Social.

MC: Ese incidente fue una estupidez. Daban ganas de mandarlos a los dos al rincón de pensar.

Javier Salas

P:  En su grupo político trabaja con gente que tiene la misma edad que tenía usted en los 70. ¿Esta juventud es más dialogante que aquella suya?

MC: Nosotros no éramos demasiado dialogantes. Éramos un grupo cerrado de gente muy progresista, que saltaba todas las barreras y a la que nada del mundo de alrededor le valía. Debíamos de ser bastante incordiantes, la verdad, para nuestros padres. Rebosábamos de nuestro propio yo. Recuerdo a mi madre cuando le dije: “Yo no me quiero casar de blanco, porque no creo en la virginidad”. Y me casé con un vestido azul marino y sin mangas, que a mi madre le parecía el uniforme de las dependientas de Galerías. 

P: Fue una boda religiosa y laica a la vez, ¿no?

MC: En aquel tiempo no había forma de hacer bodas civiles. Pero mi hermana me presentó a un cura de la Ciudad Universitaria, el padre Aguirre, el que luego se casó con la duquesa de Alba. Mi novio le dijo que no éramos creyentes, que no queríamos una boda religiosa, pero que no teníamos más remedio. Y fue divertido, porque Jesús Aguirre le dijo: “No te preocupes, yo os casaré en nombre de los hombres”. Y nos casó en nombre de los hombres, y no de Dios, en una parroquia de Madrid. En la iglesia había una señora beata que, al verme sin mangas, quiso echarme un chal por encima... No éramos muy dialogantes, la verdad.

P: Pero esa generación hizo la Transición. ¿Usted es de las que la reivindica, o de las que la critican?

MC:  La reivindico. La Transición fue extraordinaria. En pocos países pasa lo que pasó aquí. Por ejemplo, cuando yo me hice jueza, en los 80, me senté en la Junta de Jueces junto a Mariscal de Gante, el juez del Tribunal de Orden Público que de estudiante me había detenido.

P: ¿Le pidió a usted disculpas?

MC: No. Hablábamos como si nada. Era tal el gozo por haber reconquistado la democracia que no teníamos rencor.

P: De la parte de historia de España que ha visto, ¿qué momento deplora más por su falta de diálogo?

MC: La ausencia total de diálogo es la muerte, y no puedo olvidar las muertes innecesarias de los compañeros de Atocha [el bufete laboralista atacado por pistoleros en 1977]. A menudo me pregunto por qué yo tengo 74 años y ellos murieron con 29 o 30, por qué yo he vivido lo que he vivido y ellos no, por qué no envejecieron, por qué no tuvieron hijos. Fue por el azar, porque yo me fui diez minutos antes, y porque alguien irracional mandó apretar el gatillo. La base del diálogo es entender que el otro es una persona como tú. Nadie mata a otro ser humano si lo reconoce como otro ser humano.

P: Hoy la derecha vive una evolución. ¿Ve a la derecha española de hoy menos dialogante que la de antes?

MC: Sin duda. La extrema derecha estaba enterrada y de pronto ha despertado. Un partido como Vox se va dibujando, y el PP parece que le aplaude, mientras en Italia hay un Salvini que se junta con la señora Le Pen, y en Estados Unidos hay un presidente diciendo barbaridades… Y en el caso de Ciudadanos, su singularización ideológica es un enorme nacionalismo español…

P: Está a punto de comenzar el gran juicio por el procés. ¿Cuánto ha faltado de diálogo en Cataluña estos años?

MC: Todo. Se ha sustituido el diálogo por otras interacciones. La Justicia aplica castigos, no resuelve problemas políticos. Y aplicar castigos es una alternativa muy complicada porque, aun en el caso de que tengas una visión autoritaria y quieras reprimir el nacionalismo, la Justicia va a ir a su catálogo de delitos y culpabilidades, y ahí ya no tienes nada que decir, le has dado al botón de la represión y has situado el problema en un campo en el que ya no trabajas, que tiene sus propias pautas. La represión solo sirve para reforzar los problemas.

P: Pero, magistrada Carmena, ¿la Justicia podía no actuar?

MC:  La Justicia tiene un botón que comparte con el Poder Ejecutivo, que es el ministerio fiscal. El papel del fiscal general es relevante. Una política que pretenda resolver un problema nacionalista solo con represión no tiene salida, porque la represión de ciertas opciones las multiplica. No hay otra que el diálogo.

P:  ¿Hablar incluso de cosas como un referéndum?

MC:  No se puede plantear un referéndum como algo impensable, diabólico. Otros países lo han hecho. Hay muchas maneras de hacer ese referéndum, viendo quién participa, a qué tantos por ciento se les da importancia… El referéndum es un asunto que hay que considerar, sobre el que hay que hablar.

P: Dejo a la jueza y vuelvo con la alcaldesa. Los alquileres se disparan. ¿Puede un ayuntamiento evitar la expulsión de los vecinos de sus barrios tradicionales?

MC:  Hemos hecho una moratoria de un año para que en el centro de Madrid no se concedan más licencias de pisos turísticos, o sea, esos que se destinan al alquiler por más de 90 días al año. Además, estamos pidiendo al Gobierno que cree una moratoria en las subidas de los alquileres cuando lleguen a la prórroga. Es imprescindible para asentar lo que llamamos el "derecho al lugar". Cuando unos vecinos van a un barrio y lo mejoran deben tener algún derecho para seguir allí.

P: Un tema que pone quizá a prueba su capacidad de diálogo: ¿Será Madrid, y su catedral, la tumba de Franco?

MC: No lo sé. El Ayuntamiento de momento no debe decir nada. Otra cosa es mi opinión personal. La responsabilidad del Ayuntamiento es que no haya un monumento honorífico a un dictador. Una sociedad democrática no puede permitir que se erija un monumento al general Francisco Franco. Pero la situación de la Iglesia es difícil: la tumba es una propiedad. Y en El Pardo los Franco también tienen una tumba, y también es término de Madrid. Tú no puedes evitar que alguien vaya a ver la tumba de quien quiera; lo que sí puedes evitar es que la ciudad le dé un estatus honorífico. 

P: Usted pasará a la historia de Madrid por su política de movilidad ante el problema de la contaminación.

MC:  Madrid está llena de coches. Hay que asumir que la ciudad no es una autopista, y que el coche no se puede utilizar para cruzar la ciudad, que el coche ha de ser usado debidamente, para ir a sitios concretos, que para cruzar la ciudad hay que utilizar el transporte público. Es la única forma de luchar contra la contaminación.

P: Se acercan las elecciones, y se volverá a presentar. ¿Por qué rechaza militar en un partido?

MC: Los partidos son extraordinariamente segregadores, y son, por definición, un acopio de dogmas: el partido ha de tener una postura ante todo, el feminismo, el aborto, la movilidad... Prefiero los grupos de ciudadanos que tienen una alternativa sobre aspectos concretos. Agruparse de una manera tan monótona como un partido empobrece.

Entrevista realizada a finales de octubre e integrada en el dossier Pactar la discrepancia del número de invierno de 2019 de PORT.