Hasta ahora, Rodrigo Cuevas era esencialmente un artista de directo, un performer que unía cabaret y folk, glam y pop de una manera única. Con Manual de cortejo, su primer álbum, registrado en colaboración con el productor y músico Raül Refree, Cuevas da un gran salto. Su música ha madurado años con tan sólo un álbum, equiparable a las revisiones flamencas de Niño de Elche y Silvia Pérez Cruz. El primer concierto de presentación del disco tendrá lugar el próximo 21 de diciembre en la Laboral, Gijón.

 

¿Cómo nace esta idea de recoger cantos tradicionales?

En el disco hay canciones tradicionales asturianas, gallegas, unos fandangos de Albacete, que me pone mucho esa canción, y una copla, “El día que nací yo”, que ya la venía haciendo en directo y que es un poco el nexo de unión entre lo anterior y lo de ahora. Casi todo es muy noroccidental, que es el cuadrante arcaizante de la música tradicional ibérica. Hay letras y melodías que escribí yo, porque la música tradicional a veces no tiene estribillos y para hacerla más asequible pues le puse estribillos y variaciones. 

 

¿Por qué pensó en Refree?

Quería que hubiera un productor en este disco. Necesitaba alguien que me ayudara con el concepto y que el resultado global tuviera una estética congruente. Yo soy el señor volantazos y cada cosa me sale de su padre y de su madre. Me pude a pensar y al escribir la carta a los reyes magos tiré por arriba, y a quién podía querer más que a Refree? Soy muy fan. Escuché mucho lo que hizo con Rosalía, Niño de Elche, Rocío Márquez. Le invité a un concierto en Barcelona y después me escribió y empezamos a hablar de trabajar juntos.

Marcos Hangar

 

Y se lo llevó de tour por el norte.

A mí me gusta mucho ver pelis que ya he visto con alguien que no las vio para enseñárselas y de paso yo vivirlas como si fuera una novedad. Y yo, emocionadísimo, me llevé un montón de discos de música tradicional de recogida de campo y me hice con Raül un viaje pos Asturias. Nos fuimos por las aldeas super recónditas donde hay señoras que tocan el pandero cuadrado, que cantan tonadas y a Raül le flipó. Ese viaje me sirvió para mostrarle todo lo que yo quería plasmar en este disco. Me parecía esencial enseñarle eso. Raül estaba más acostumbrado al flamenco, a las músicas de raíz mediterráneas, que también son las más conocidas.

 

¿Su visión del folclore celta es distinta a la que se dio hace unos años con la reivindicación de las gaitas?

Durante los ochenta, los noventa e incluso los dosmil se recuperó mucho el repertorio de gaitas, que era un instrumento casi desaparecido. Pero también fue un caso de machismo aplicado a la música porque los gaiteros eran pocos en relación al número de pandereteras que había. Se le dio más importancia a la gaita, siempre tocada por hombres, en detrimento del repertorio cantado y de pandereta. Este es más extenso y rico, y además es el original, más rico en poesía, en ritmos  porque eran las melodías que luego tocaban los gaiteros. 

 

¿Por qué llamar al disco Manual de cortejo?

Inicialmente tenía el planteamiento de hacer un cancionero alrededor de los ciclos del año, las recogidas del campo y cosas de estas. Pero vi que eso condicionaba el contenido del disco y yo quería sentirme más libre. Fui metiendo canciones que me gustaban y que a Raül le parecía que tenían chicha. Y al final me di cuenta de que todas tratan del hecho de gustar, de la seducción, el cortejo. 

 

O sea, métodos de ligue antiguos en tiempos de Tinder y Grinder.

Sí, es algo que digo mucho en mi espectáculo. La seducción era el motor de pasos de baile, coplas y cantos creados hace mucho tiempo, incluso el motivo  de que la gente cantara también. Todo tenía que ver con el arte del cortejo y con el hecho de gustar a otra persona. Antes alguien se ponía bajo una ventana y decía: bien sé que estás en la cama / bien sé que tienes la mano donde el pensamiento. Y ahora te escriben y te dicen, hola, ¿de dónde? Y encima se comen la mitad de las letras. La decadencia de la humanidad se refleja en esto. ¿Cómo se puede ligar así? No sé ni cómo llegamos a follar. Sólo por eso deberíamos estar extinguiéndonos.

Marcos Hangar

 

¿No le gusta que le llamen transgresor, verdad?

Exacto. Yo digo que soy más bien complaciente. No transgredo nada. En mis directos le doy al público lo que quiere. A lo mejor el público no sabe que quiere eso en concreto y necesita un coach. Cuando me acerco a un hombre del público, el resto de la audiencia está pensando, “que se siente, que se siente en su regazo”. Y cuando finalmente lo hago, les doy una alegría.

 

En su web se define como agitador folclórico.

Es una etiqueta que queda bastante bien y que puedo usar sin que me comprometa a nada, Además, es verdadera. Hago música tradicional mezclada con algo de agitación social. Intento que la gente se cuestione ciertos temas relacionados con el medio rural, el abandono del pueblo. En nuestro mundo se están perdiendo aspectos que hace años eran básicos. En Asturias, por ejemplo, no sólo hay despoblación, a eso hay que sumarle que la población está muy dispersa. Hay núcleos con muy poca gente, como el pueblo donde vivo, que tiene ocho habitantes. Un niño de un pueblo con ocho habitantes no tiene con quien jugar. Yo tengo un eslogan que dice: “Despobladas sí, aburridas nunca”. Eso es lo que no pueden conseguir.

 

¿Qué otras cosas busca reivindicar con sus espectáculos y sus discos?

Aunque suene un poco a hippie trasnochado, el amor y el humanismo. Oigo hablar mucho de la colaboración vecinal, que en otra época funcionaba muy bien,  y que refleja que la sociedad puede funcionar por sí misma. Por eso empiezo el disco con un texto que viene a decir que el tiempo ha podido con algo que parecía inamovible.

 

¿Deben comprometerse los artistas con causas sociales y políticas?

Sí, porque el hecho de hacer lo que hacemos nos convierte en referentes, y aunque a veces nuestro comportamiento no sea un ejemplo, los más jóvenes sí lo toman como ejemplo de comportamiento. Hay que mojarse. Al final los adolescentes eligen opciones por lo guay que parecen. No podemos callarnos cuando lo que les parece guay es una mierda. Hoy cuando parece que ser de ultraderecha es subversivo, hay que mostrar que los que de verdad somos libres y llegamos a viejos orgullosos de lo que dejamos atrás somos la gente con empatía, la gente que quiere cosas buenas para los demás.

Marcos Hangar