Concluimos nuestro repaso a los ganadores de la última edición de los premios Free Range. Tras Cristoph JonesAngela Blažanović, le llega el turno a Jennifer Forward-Hayter, que presentó su trabajo People Buy People. En esta serie de fotografías de carácter documental, pero presididas por un sentido del humor cáustico y extravagante, la artista se asoma al mundo de las fiestas de empresa, jornadas de convivencia y demás eventos corporativos con los que las empresas intentan fortalecer la cordialidad y el espíritu de equipo entre sus empleados. La organización de este tipo de eventos se ha convertido en una industria que mueve muchos millones, además de en fuente de inspiración para la mirada inquisitiva y poco convencional de Forward-Hayter.

En la obra nos sumergimos en un pequeño universo en el que predomina el impersonal mobilario de oficina, las máquinas de café, los vasos de plásticos, las camisas blancas, los trajes azules, las corbatas y las impresoras. Un mundo que ella ha recreado en su propio espacio de trabajo, el lugar en que exhibe su obra, una falsa oficina instalada en la antigua fábrica de cerveza Truman, en el barrio londinense de Brick Lane.

 

¿Cómo se le ocurrió trabajar en un proyecto artístico centrado en un universo en apariencia tan poco estimulante como el de las fiestas corporativas?

En realidad, todo fue fruto de una anécdota familiar que me resultó inspirtadora. Mi hermano, un agricultor independiente al estilo tradicional, se iba a casar, así que por primera vez desde su baile de graduación se compró un traje. Al verle vestido así, sus amigos le dijeron en broma que parecía “un banquero de Londres”, pero lo cierto es que era un traje azul normal, como el que lleva todos los días casi cualquier trabajador, no necesariamente un banquero, no solo en Londres, sino en innumerables metrópolis de todo el mundo. Con los trajes de ese tipo, pasa como las ratas. Si vives en una ciudad, lo más probable es que tengas uno a menos de un par de metros de distancia. Así que, ¿por qué le parecía tan grotesco y tan cómico a los amigos de mi hermano? Porque en Dorset, donde crecimos, no se ven trajes así. Son un producto exclusivo de las grandes ciudades, que prolifera en las estaciones centrales del metro de Londres, pero desaparece en cuanto te vas acercando a la periferia. Así que empecé a pensar en los tipos trajeados no como en una élite de dominación capitalista, sino como en una especie de subcultura urbana muy local, extraña para los terrícolas que no comparten su ecosistema. Y se me ocurrió que sería interesante estudiarla como tal.

 

Si no me equivoco, empezaste a frecuentar locales pijos y a relacionarte con trabajadores de grandes compañías para conseguir que te invitasen a sus eventos corporativos semiprivados, ¿no?

Sí, más o menos. Mi experiencia en eventos corporativos era muy limitada, solo había asistido a los relacionados con la escena artística londinense, que tienen un aire algo distinto, más cultural, menos ostentoso, aunque en el fondo vengan a ser más o menos lo mismo. Pero yo quería ir a fiestas de empresa tradicionales, colarme en habitaciones abarrotadas de gente rica. En este tipo de eventos, yo era, por lo general, la persona más joven, así que la gente tendía a tolerar mi forma de vestir extravagante y mi tendencia a expresarme con descarnada franqueza. Una noche me dediqué a abochornar a un empleado de Universal diciéndole que su política sobre derechos de autor en Youtube era poco menos que un abuso criminal. Él se limitó a escucharme con cara de póquer. La verdad es que se corrió la voz de que una artista joven y excéntrica estaba siendo invitada a eventos así y eso despertó la curiosidad de mucha gente. Me convertí en uno de los grandes atractivos de sus fiestas.

Jennifer Forward-Hayter

 

¿No se planteó que para hacer un proyecto artístico tal vez era preferible intentar pasar desapercibida?

Sí, eso fue después. Me di cuenta de que mi presencia era un elemento extraño que transformaba la atmósfera de los eventos. Así que a medida que el proyecto iba tomando forma, me corté el pelo, me puse un traje y me decidí a encarar aquello con la mente abierta. A medida que me iba internando más y más en la guarida del lobo, empecé, por puro aburrimiento, a tener conversaciones delirantes en las que me inventaba una falsa carrera, me vendía como una artista consagrada o les contaba que era propietaria de varios inmuebles, profesora universitaria… También me volví cada vez más osada con la cámara. Me colaba en todas partes, les pedía que posasen para mí, les hacía repetir una parte del discurso que acababan de pronunciar para retratar sus bocas, sus cuellos o sus manos mientras hablaban. Le estaba cogiendo el gusto a mi papel de voyeur, pero cada vez era más consciente de que yo era una simple turista, mientras que la mayoría de los que me rodeaban iban a verse atrapados en ese ambiente artificial y deprimente durante años, hasta el final de sus carreras laborales. Por supuesto, antes de entrar en cualquiera de esos eventos me hacían firmar un formulario en el que me hacía responsable de mi propia seguridad, me declaraba mental y físicamente apta para participar en cualquiera de las actividades previstas y otra serie de cláusulas que me hacían plantearme lo poco saludable que es dejarse atrapar en sótanos de hotel mal ventilados para participar en actividades como estas.

 

En su obra predominan los detalles sobre la visión de conjunto, como si pretendiese captar la esencia del mundo corporativo londinense de manera fragmentada y periférica…

Sí, eso es. Quería mostrar a los empleados de las grandes empresas como una tribu urbana de la que me sentía ajena, de ahí que me interesasen los detalles dispersos, como si mi inmersión en ese mundo fuese una especie de visita a un parque temático y me estuviese dejando llevar por la experiencia directa, por el vértigo de las primeras impresiones. Me inspiré mucho en el trabajo del cómico Eric André, en cómo se convirtió en conductor de un programa de entrevistas a pesar de que él, por imagen, por actitud, nunca podría ser un entrevistador convencional y, de hecho, abordaba de una manera totalmente fresca y caótica el género de la entrevista, pero en un plató de televisión de aspecto más o menos convencional en el que él parecía un intruso, alguien que se había colado ahí por pura diversión y se había hecho el amo del cotarro. Yo quería producir un efecto similar. Por eso me construí en la fábrica de Brick Lane mi propio escenario, un falso espacio corporativo con mi propio mobiliario de oficina, bolígrafos con mi nombre y demás detalles que me permitían sentirme como una intrusa instalada en un mundo ajeno, como Eric André.

Jennifer Forward-Hayter

 

¿Por qué ese título, People Buy People (Gente compra gente)? ¿Qué pretendía sugerir?

Bueno, eso parte de mi descubrimiento personal de que aquella tribu de hombres blancos de mediana edad acostumbrados a llevar trajes azules es bastante más plural, menos uniforme y menos horrible de lo que solemos imaginarnos. En realidad, son gente perfectamente normal que ha elegido vestir y comportarse así porque les parece parte del peaje que hay que pagar si quieres tener una carrera profesional exitosa, ganar mucho dinero, pagarte una buena casa en el centro de Londres o en una preciosa área residencial de las afueras. Además, aspiran a conseguir trabajos que llenen sus vidas de contenido. Saben que van a tener algo significativo que hacer de lunes a viernes entre las 9 y las 5, y alrededor de esa certeza estructuran sus vidas, que les parecen así mucho menos vacías. En resumen, son personas que necesitan una cierta seguridad y agradecen que alguien les diga lo que tienen que hacer. Por eso acuden a actividades grupales, terapias o seminarios y se ponen en manos de gurús o se apuntan a cursos online. Todo tiene que ver con la desorientación vital y la necesidad de respuestas sencillas a preguntas vitales muy complejas. Por eso ha prosperado hasta ese punto la llamada industria del desarrollo personal. Gente de todo el país acude a esas charlas motivacionales, a veces invitados por sus empresas y otras pagando miles de libras por participar en un evento de fin de semana, porque pueden resultar muy adictivos. Una mujer con la que hablé mientras trabajaba en este proyecto había asistido a más de 20 eventos así en dos años y no entendía por qué aún no se había hecho rica, porque intentaba aplicar todo lo que le enseñaban. De ahí el título, de la necesidad que siente mucha gente de ‘comprarse’ a sí misma, de pagar por llegar a convertirse en lo que quieren ser.

 

¿Qué quiere que su audiencia se lleve de este proyecto?

Me conformo con que se den cuenta de lo complejas que son las sociedades en que vivimos, que ya hace tiempo que han dejado de responder a los cuatro tópicos que todos manejamos sobre trabajadores cualificados y no cualificados, esclavos corporativos, altos ejecutivos y demás. Lo vemos como algo inmóvil, pero lo cierto es que no deja de transformarse. Por mucho que pensemos que la hora punta y las oficinas abarrotadas de empleados son realidades que no van a cambiar, que siempre seguirán ahí, lo cierto es que ya están empezando a desaparecer. La cámara es una herramienta perfecto para contar esa historia en tiempo real. De la misma manera que los primeros fotógrafos acudieron a las fábricas y los campos para retratar la experiencia cotidiana del trabajo en la sociedad industrial de masas cuando estaba aún en sus albores, yo estoy retratando el ocaso del capitalismo corporativo.