Un Coupé de un amarillo brillante, casi incendiario, aparcado junto a una valla metálica del mismo color y bañado en una violenta luz de crepúsculo. Eso es todo, una sencilla y hermosa estampa urbana.

El encuadre es seco y preciso, ni rastro de esos horizontes pictóricos que en la mayoría de los casos no son más que ruido visual sin sustancia ni fundamento. William Eggleston sabe lo que quiere mostrar, y lo muestra con exactitud espartana y agudo sentido del color, sin adornos ni retórica.

La serie de fotografías 2 ¼ es un muy significativo ejemplo de la forma de trabajar de este pulcro artesano que miraba al mundo con sensibilidad relajada y precisión quirúrgica. Las fotos son de finales de los 70, un poco posteriores a las de su pionero trabajo Color Photography by William Eggleston, que se exhibió en 1976 el el Museo de Arte Moderno de Nueva York y causó furor entre los incondicionales del costumbrismo fotográfico.

Hasta ahora, el material de 2 ¼ había permanecido en gran medida inédito, pero la galería David Zwierner de Londres ha optado por exibir estas instantáneas de la voda cotidiana en una pequeña ciudad de los Estados Unidos en la era de Richard Nixon. Pese a su aparente sencillez, en la mayoría de las fotos se aprecia la extraordinaria capacidad de Eggleston para intuir historias detrás de cada una de las imágenes y asomarnas a ellas de una manera atractiva y directa, como si estuviese compartiendo un secreto.

 

La tensión de lo inmóvil

Otra característica sorprendente de este trabajo es su extraordinaria quietud: el fotógrafo parece encontrar un inesperado solaz para su mirada en cafés vacíos o lánguidos aparcamientos suburbanos en los que el tiempo se congela. Encuadrando de manera intuitiva pero exacta, el artista se las arregla para encontrar belleza en lo ordinario, incluso en lo genuinamente vulgar. Como si fuese una especie de Cartier-Bresson al revés, Eggleston se convierte en un entregado recolector de no-acontecimientos, un experto en contar lo que sucede cuando no sucede nada.

También resulta interesante la inequívoca apuesta por el color en un momento, mediados los 70, en que el blanco y negro empezaba a dejr de ser la opción preferente (en ocasiones, casi única) para cualquier trabajo fotográfico con pretensiones artísticas. Eggleston fue uno de los primeros talibanes del color, un pionero en el desarrollo de una poesía cromática que se volvería habitual en décadas posteriores pero que él tuvo la suerte de estrenar y explorar en profundidad.

El color le sirvió para inyectarle vitalidad y relieve incuso a las escenas más mundanas. Stephen Shore, Nan Goldin o Bruce Davidson hicieron un uso parecido de la paleta cromátuca, pero ninguno de ellos llegó a resultados tan deslumbrantes como el enigmático William Eggleston. Su técnica fotográfica hacía compatible la intuición con una reflexión pausada, casi zen. Siempre se guió por una ética de trabajo que se resumía en el compromiso de no hacer fotos estériles y no fotografiar lo mismo más de una vez.

Gracias a la exacerbada sensiblidad por lo cotidiano de su autor, 2 ¼, viene a ser toda una demostración del poder transgresor de la fotografía. Hay implícita en ellas una aguda reflexión sobre el paso del tiempo y la inevitable caducidad de los objetos creados por el hombre. Una decadencia casi tangible y expresada con delicadeza poética.

En aquel retrato en riguroso directo de una América efímera y hoy ya muerta, encontramos un espectáculo tan fascinante como angustioso, porque aquella belleza frágil que Eggleston fue capaz de identificar y recolectar para nosotros hoy pertenece al pasado.

2 ¼,de William Egglestone, podrá verse en la galería David Zwierner de Londres hasta el 1 de junio de 2019.