Era el 10 de abril de 1964. El escenario del Wilshire Ebell Theatre de Los Ángeles estaba ocupado solo por un piano y una desvencijada silla baja, con las patas serradas 8 centímetros. A la hora indicada, Glenn Gould, de 32 años, salió a ofrecer su recital de piano, que incluía la Sonata nº 30 para piano de Beethoven, el 'Arte de la fuga' de Bach, la Sonata para piano nº 4 de Krenek y la Sonata nº 3 de Hindemith, la obra que había grabado 14 años atrás en una emisora de radio canadiense y que fue la primera que registró en su vida. 

Mientras tocaba, el público admiraba su destreza, su peculiar interpretación de las partituras, su débil tarareo al tocar las teclas del instrumento y los crujidos de la silla que su padre le había recortado de niño y que hacía que tocara inclinado sobre el teclado, pero nadie de las 1.300 personas que abarrotaban la sala sabía que estaba asistiendo a un acontecimiento histórico. Aquel fue el último concierto que ofreció Gould en su vida.

A Glenn Gould no le gustaban los escenarios, no se sentía cómodo enfrentándose al público porque pensaba que, en ese entorno, era imposible alcanzar la perfección que anhelaba. Tampoco le gustaba el público y sus reacciones, aunque fueran aplausos. “No me puedo imaginar qué habría hecho Gould en la época de los teléfonos móviles”, dice el músico Josep Ramon Gil-Tàrrega, quien añade: “Los ruidos en una sala son desagradables y molestos para el intérprete”. “Soy un músico, no un artista de vodevil”, decía el propio Gould. 

Lo cierto es que, desde aquel día de abril de hace 55 años, el pianista canadiense nunca volvió a ofrecer un recital en directo y centró su trabajo en la grabación de discos. El crítico musical Javier Blánquez intenta aproximarse al porqué de aquella controvertida decisión: “Glenn Gould supo ver que el futuro inmediato de la música clásica pasaba por el formato grabado y la escucha doméstica, y al decidir no volver a tocar más en vivo, comenzó a explorar las posibilidades que le permitía el estudio de grabación. Esto, es un entorno en el que se valoraba el aura única de la ejecución en directo, al principio pareció una herejía, sobre todo porque Gould no se limitaba a grabar, sino que repetía las tomas de manera insistente, buscando el sonido perfecto”. 

En realidad, su trabajo en el estudio fue formidable, una minuciosa obra de orfebrería. “Está claro que podía conseguir un resultado final perfecto y satisfactorio”, explica el pianista Victoriano Goterris, “aunque se deduce de las grabaciones en vídeo de que disponemos de sus registros sonoros que debía ser perfeccionista hasta la saciedad. Para mí, el directo ofrece siempre algo que no ofrece la grabación, aunque en el directo se aprecien imperfecciones, pero resulta siempre más directa y viva la interpretación directa ante el público”. 

La ausencia de molestos ruidos, la posibilidad de interpretar la partitura sin la presión de no poder cometer un fallo y con la ventaja de poder repetir aquello que consideraba que no le había salido bien son algunas de las razones que podrían explicar la preferencia de Gould por los estudios de grabación. 

La culpa la tuvo Bach

Nacido el 25 de septiembre de 1932 en el seno de una familia de músicos de Toronto, Gould grabó su primer disco de estudio fuera de Canadá en 1955, invitado por Columbia Masterworks después de un recital en el Town Hall de Nueva York. La obra elegida fue las 'Variaciones Goldberg', de Johan Sebastian Bach, su favorita, no solo porque repetiría dicho registro en dos ocasiones más, la última de ellas 26 años más tarde, sino porque su versión de las piezas para piano del músico de Eisenach se ha convertido en un disco esencial para cualquier melómano. “Su obsesiva búsqueda de un sonido equilibrado, cálido, sin matices superficiales le erigió como uno de los más notables intérpretes de Bach, en una época en la que las interpretaciones historicistas de este autor ni se sospechaban.

En los años 50, escuchar a Bach con las manos de Gould fue una revolución estilística; dejó atrás las interpretaciones romantizadas y en algunas ocasiones excesivas de algunos de sus coetáneos para hacer ver a su auditorio que la verdad de Bach estaba muy escondida en la pulcritud de su contrapunto, en la claridad de su sonido y en el rigor de sus tempi”, afirma Gil-Tárrega; “cuando él grabó las 'Variaciones Goldberg', apenas se tocaba esa obra”, matiza Blánquez.

DON HUNTSTEIN

Sus grabaciones y sus interpretaciones en directo, hasta que abandonó dicha práctica, lo convirtieron en un músico de culto por su heterodoxia y, a la vez, su genialidad. En 1962, poco antes de comenzar un concierto junto a la Filarmónica de Nueva York, conducida por Leonard Bernstein, en el Carnegie Hall, el director de orquesta salió al escenario para explicar al público que no estaba de acuerdo con la interpretación que Gould se prestaba a hacer, porque no se atenía a las indicaciones que Brahms había dejado en la partitura del Concierto nº 1 para piano, “pero su forma de hacerlo es suficientemente interesante para pensar que ustedes merecen escucharla”. Bernstein reforzaba la teoría de que Gould era un genio pero también un excéntrico.

De hecho, tenía un cuidado extremo por sus manos, que lavaba cuidadosamente durante 20 minutos en agua caliente antes de cada concierto y que casi purificaba como si fuera un cirujano, solía llevar bufanda y guantes tanto en invierno como en verano y, en pleno éxtasis interpretativo, no solo canturreaba algunas notas como contrapunto a las notas que salían de su piano, sino que se quitaba los zapatos para sentirse más cómodo. Algunos expertos han pensado que Glenn Gould padecía el síndrome de Asperger por su actitud dentro y fuera de los escenarios. “Era excéntrico hasta la desesperación” subraya Goterris, “pero era capaz de dividir su cerebro en cuantas voces fuera necesario para dotar a su interpretación de una espacialidad y unos planos sonoros con una claridad aplastante”.

Dos décadas bien aprovechadas

Desde aquella noche de abril de 1964 y hasta su muerte, el 4 de octubre de 1982 a causa de un infarto cerebral, Gould grabó 47 discos, a los que hay que añadir los 19 que había registrado antes de su retiro de los escenarios. Ello contribuyó a agrandar su leyenda. Pero, más allá de sus excentricidades y su carácter extravagante, ¿qué tenía Gould para ser considerado uno de los genios del siglo XX? “Tenía la capacidad de ir más allá de lo evidente, y eso es un signo de inteligencia superior”, argumenta Javier Blánquez, quien sin embargo considera que  “seguramente, no sería el mejor pianista de su generación, a pesar de que tenía un repertorio amplio y poco evidente, pero si por genio se entiende a alguien con un talento superior que abre caminos e influye en generaciones posteriores, Gould cumple prácticamente todos los requisitos”.

Por su parte, Victoriano Goterris cree que “representó una manera diferente de interpretar al piano en todos los sentidos, único e irrepetible, completamente independiente en cuanto a escuelas pianísticas se refiere y supuso un antes y un después sobre todo en la interpretación de la música de Bach”, y pone el foco en lo que piensa que es la principal característica que hacía de Gould diferente a todos sus contemporáneos: “Poseía una visión del contrapunto a nivel máximo, parece que hubiera nacido para interpretar a Bach y la música contrapuntística”. Josep Ramon Gil-Tárrega va más allá y lo erige como “uno de los grandes intérpretes de la historia”, antes de explicar que “estaba dotado de una técnica tan depurada que sin duda le permitía abordar repertorios muy alejados estilística y cronológicamente. En definitiva, fue un músico que marcó un antes y un después en la interpretación pianística, no solo de la música de J. S. Bach sino de muchos otros compositores”.