Asistir a la exposición dedicada a Don McCullin en la galería Tate Britain de Londres es, hasta cierto punto, como mirarse en un espejo. Sus instantáneas de pequeño formato en un austero blanco y negro resultan tan directas y cercanas que se hace difícil no identificarse con las personas que aparecen en ellos.

Una de las fotos muestra un grupo de transeúntes vestidos de invierno que reacciona con curiosidad y ligera sorpresa a la visión de algo que sucede fuera del encuadre. Al ver sus gestos entre preocupados e indiferentes, nos sentimos partícipes de una acontecimiento que se está produciendo en tiempo real, aunque no veamos de qué se trata. Leyendo el breve texto que acompaña a la fotografía, descubrimos que esta muestra a un grupo de ciudadanos de Berlín Oeste que presenciaron en directo la construcción del muro de Berlín. Es decir, fueron testigos del instante en que una barrera física y política que duraría décadas empezaba a dividir Berlín, Europa y el mundo en dos mitades irreconciliables.

Don McCullin

 

Ver más allá

Hay algo fascinante en convertirse en testigo de un gran acontecimiento, aunque sea uno terrible. Pero en el momento preciso en que la Historia se despliega ante nosotros, resulta muy difícil determinar con exactitud la importancia de lo que estamos presenciando. Los desastres no siempre parecen desastres cuando ocurren ante nuestros ojos. Tal vez nos demos cuenta a simple vista de que se trata de conmociones colectivas o tragedias personales, pero muy rara vez nos es dado intuir cuál va a ser su importancia histórica.

Don McCullin fue fotoperiodista, así que su trabajo consistía precisamente en eso. En ver más allá. En intuir qué podía resultar significativo, qué iba a ser verdadera noticia, qué tenía posibilidades de acabar pasando a la historia. En sus fotografías se apreció siempre un esfuerzo por captar tragedias personales que a su vez fuesen un símbolo elocuente de las grandes conmociones políticas de su época.

Sus imágenes empezaron a publicarse en diarios y revistas de todo el mundo en 1958. Algunas de ellas forman parte de la memoria gráfica del siglo XX, porque captaron en toda su crudeza conflictos como los de Camboya, Nigeria o Congo. Suyos son los célebres retratos de marines estadounidenses con la mirada perdida, conmocionados por el inagotable horror de la guerra, que tanto contribuyeron al creciente rechazo ciudadano a la intervención en Vietnam.

Don McCullin

Retirado ya de la primera línea a los 83 años, McCullin se consideró siempre un periodista gráfico, y rechaza con vehemencia que se le describa como ‘artista’ o ‘como fotógrafo de guerra’. Sin embargo, es difícil describir su obra sin que las palabras ‘guerra’ y ‘arte’ salgan a flote una y otra vez. Sus fotografías resultan artísticas por la precisión y la exactitud de su mirada, su sensibilidad, su sentido de la estética y su personal dominio de la técnica.

Una de las fotos más antiguas que pueden verse en la Tate es el retrato de un joven delincuente realizado en una cafetería del barrio londinense de Finsbury Park. El joven formaba parte de una banda local implicada en el asesinato de un policía, y este retrato de una cruda belleza, un criminal al que se le intuye un gesto de una vaga coquetería mientras espera que venga a capturarlo con un cigarrillo entre los labios, sirvió a un McCullin de solo 24 años para publicar por primera vez en el diario The Observer e iniciar así su carrera como fotoperiodista.

Más adelante, cuando McCullin empezó a visitar campos de batalla y campamentos de refugiado, conservó y fue desarrollando ese gusto instintivo por el dramatismo y la composición que ya mostraban sus primeros retratos. Eso le permitió darle una dosis extra de emotividad macabra a sus fotos de guerra, potenciada por un uso sistemático de un blanco y negro muy contrastado y por el dinamismo caótico en los encuadres.

Son imágenes de una turbia belleza, sin duda, pero se hace difícil considerarlas ‘bellas’ si se tiene en cuenta que muestras horrores muy reales: hambrunas, matanzas, actos de violencia extrema.

 

Nada más que la verdad

Como buen fotoperiodista, McCullin no perseguía un resultado estético. Quería mostrar la verdad en toda su crudeza, sin adornos ni interferencias. Años después, recordaba con una mezcla de orgullo y remordimiento que solo en una ocasión había ‘intervenido’ en uno de sus retratos bélicos, la vez que reorganizó el material confiscado a un soldado del Viet Cong para que cupiese todo en el encuadre.

Es difícil creer en la completa sinceridad de McCullin. Lo del incondicional compromiso con la verdad de los fotógrafos de guerra no suele ser más que un mito. Todos los fotógrafos tienen sus propias preocupaciones formales y, además, se ven obligados a adaptarse a los criterios de editores gráficos, agencias periodísticas y demás intermediarios a los que intentan vender su producto. Incluso cuando se exhibe una retrospectiva de su trabajo, suele tenerse mucho más en cuenta la espectacularidad o el impacto estético de las imágenes que su grado de compromiso con la ‘verdad’ entendida como un valor absoluto.

Más que captar la ‘verdad’, la función del periodismo gráfico es contar buenas historias. Capturar el instante, inmovilizarlo para que salgan a la luz los detalles que pasaron desapercibidos en los momentos de caos y agitación en que los acontecimientos se estaban produciendo. Fotografías como estas son una contribución valiosa a la memoria colectiva. Y asistir a una exposición como esta supone, en última instancia, sumergirse en esa memoria, sintonizar con acontecimientos de los que la mayoría de nosotros no tuvimos experiencia directa a través de la mirada de alguien como McCullin, un testigo de excepción de la historia del siglo XX.

Don McCullin