El pulso con Marruecos

"Yo espié para España en el Sáhara"

Un oficial marroquí harto de corrupción en sus filas proporcionó al Cesid datos sobre mandos y armas ante el Polisario, y vicios de notables alauís

Abdel Issou, militar marroquí y excombatiente en el Sáhara, fue informador del CESID entre 1998 y 2000.

Abdel Issou, militar marroquí y excombatiente en el Sáhara, fue informador del CESID entre 1998 y 2000. / José Luis Roca

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Juan José Fernández

El teniente de infantería del Ejército Real de Marruecos Abdelilá Issou tenía instrucciones de J.M., su contacto español, para cuando quisiera entregar información y no pudieran verse cara a cara. Debía envolverla en plástico y sumergir el paquetillo en la cisterna del WC de alguno de los cafés acordados. Alguien pasaría de inmediato a recogerlo.

Los aseos públicos de bares de la Corniche de Tánger y del centro de Tetuán fueron durante años buzones para el CESID, el servicio de espionaje antecesor del actual Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Al final de los 90, la paz en el Sáhara Occidental era un montón de brasas aún encendidas bajo las botas de los cascos azules. España buscaba información sobre su vecino del sur… y en el sur del sur, en el muro marroquí del Sáhara, estaba destinado un oficial harto, dispuesto a reventar la corrupción de su ejército.

José Luis Roca

“Los españoles querían información de nuestras fuerzas en el Sáhara, unidades, emplazamientos, armamento, nombres de los jefes... Y pedían un perfil psicológico de los oficiales: religión, sexo, familia, juego, drogas, vicios… También de políticos, cualquier detalle útil para infiltrarlos”, cuenta Issou. Su memoria es un cajón de episodios secretos del pulso entre España, Marruecos y el Frente Polisario.

Munición prohibida

Durante 1998, 1999 y 2000 Issou fue informador de la antena del Cesid en el consulado español de Tetuán. “Si hoy volviera a Marruecos me pasarían por las armas por alta traición”. El hombre de 56 años que lo dice en un encuentro con este diario en Madrid recuerda al joven oficial que fue contando al CESID en citas clandestinas no solo temas militares. “Les interesaba todo lo de palacio, personas, amores, políticos…” Incluso supersticiones nada musulmanas del rey Hasán II: “Escuchaba a hechiceros, y les dio anillos mágicos a los príncipes Mohamed [actual rey] y Rachid, para su protección”.

Issou había recogido munición de punta prefragmentada en su parapeto, las temibles balas dum dum

De aquellas cosas sabía por un soldado con familia empleada en la residencia real. Alternaba esa información con datos estratégicos y tácticos, como el uso en el Sáhara de armamento prohibido por las leyes internacionales, “las balas dum dum que nos disparaban los saharauis, o las minas antipersona que poníamos ante el muro”. Issou había recogido munición de punta prefragmentada en su parapeto y había redactado un informe para sus mandos, pero nadie en su ejército fue a inspeccionar, ni siquiera le acusaron recibo.

En una ocasión la corriente llevó camino contrario: “Mi contacto me informó de que el general Bennani (Abdelaziz, jefe del ejército marroquí del Sáhara, fallecido en 2015) y sus oficiales permitían a narcos colombianos desembarcar coca en el Sáhara y seguir una ruta al norte en vehículos militares”. Aquel día, él y el agente español pasearon por Tánger. J.M. paró el coche ante un almacén de sodas de Bottling International. “Ahí esconden parte de la droga”, le dijo.

Corrupción en el frente

A sus 33 años, la frustración había llevado a Abdelilá Issou al consulado español en Tetuán. A su sede de arquitectura franquista en el boulevard Mohamed V llamó lleno de rabia por la acumulación de castigos con que habían triturado su carrera.

"Los mandos enviaban un camión con suministros, y se los vendían a los soldados. ¡Había que pagar para comer y para beber!”

En septiembre de 1988, en el enclave de Amigala, al llegar como otro oficial novato a la guerra del Sáhara, no fue el Polisario su primer enemigo, sino la corrupción. “Los oficiales saquean los recursos del ejército sistemáticamente, sin castigo. Hoy aún es así”, asegura. En aquel año duro, cuando pequeños destacamentos marroquís eran presa nocturna de los comandos saharauis, “había un plan para hacer búnkeres tras el muro de arena; había presupuesto para cemento, pero, cuando llegué, ni cemento ni nada: los soldados tenían que cavar un agujero en la tierra, y taparlo con una chapa y piedras. Eso era todo”.

Casi al tiempo se topó con la sisa en la comida y la mentira en los recibos. “En los albaranes figuraba fruta, verdura, pollo… pero no llegaba ni la mitad. Y luego, los mandos enviaban un camión con suministros, y se los vendían a los soldados. ¡Había que pagar para comer y para beber!”

Hoy cree que fue a partir de que se negara a firmar los albaranes que su carrera se vino abajo: “Me caían castigos estúpidos por cualquier cosa, por polvo en las botas de mis soldados, por ejemplo. ¡Polvo en el desierto! Y me empecé a quedar retrasado. Mis camaradas de promoción eran ya comandantes y yo seguía allí de teniente”. Diez años de servicio sin ascensos, en los arenales inmisericordes de Amigala y os campos de minas de Geltet Zemur, un peón más de la defensa de los yacimientos de fosfatos en los batallones saharianos 49 bis, 29 bis y 19 bis de l’Armée Royale.

El teniente Abdel Issou, segundo por la izquierda, con unos compañeros en el muro del Sáhara. / Cedida por el protagonista

A comienzos del 98, durante un permiso en Tetuán, su ciudad natal, Issou pensó que la solución era contárselo a la prensa “de fuera de Marruecos”. Y marcó el teléfono del consulado. Al fin y al cabo, España no era el enemigo. En la Academia Real Militar de Dar el Beida (Meknes) a la oficialidad no les señalaban a España "como enemigo prioritario. De España se hablaba diplomáticamente. El enemigo eran Argelia y el Polisario, y el objetivo era el Sáhara, no Ceuta y Melilla. Recuperar esas ciudades... Si ya las tienen estranguladas..."

Así que tecleo de teléfono, sonido de llamada y “Buenas tardes; llamo de parte de un amigo. Quisiera hablar con alguien que me oriente…” Pero no le atendió un periodista sino un agente del CESID. Así conoció a J.M. “Me dijo que mi información no se iba a publicar, pero que iba a ser útil para arreglar las cosas...”.

Claves de radio

En octubre de 2000, confundido entre la riada de buhoneros y cargadoras que pasaba a diario a Ceuta, entró en España el teniente Issou. Llegó al hotel Ulises y llamó a J.M. con urgencia.

Su contacto se presentó con otro agente. “Me escucharon. Me hacían preguntas y preguntas… Yo estaba seguro de que me habían pillado en Marruecos, me seguían, tuve que refugiarme en una finca de mi abuelo hasta poder pasar a España”.

En la última reunión con el CESID en suelo marroquí, había recibido el pedido más difícil:

"Querían el OBT, el Orden Básico de Transmisiones del ejército en el Sáhara, las claves de las comunicaciones por radio"

“Querían el OBT, el Orden Básico de Transmisiones del ejército en el Sáhara. Son las claves de los mensajes encriptados. Y yo creo que ahí pregunté a quien no debía…”

Su antena del Cesid le dijo que se verían de nuevo en el Ulises. “Y volvió -cuenta-, pero a decirme que estuviera tranquilo, que no había nadie tras de mí, que volviera a mi puesto. Me había prometido pasarme a España si corría peligro, pero me estaba diciendo que volviera. Desde luego, no volví”. En 2002 consiguió cruzar el Estrecho: “En el ferry llevaba el pasaporte de un cuñado que tenía visado. En Madrid tampoco me hicieron caso”.

Un informe del CNI que obra en poder de Justicia y a cuyas conclusiones ha tenido acceso EL PERIÓDICO dice que el teniente “desertó a España en 2002, ocasionando un conflicto en las relaciones entre España y Marruecos”. Pudo ser después de hacer unas declaraciones a Interviú. El teniente, en 2013, “fue objeto de investigación por un Servicio de Inteligencia (sic) aliado que se dirigió al CNI”, según el informe, y en 2018 “fue también investigado por otro servicio de inteligencia extranjero”. En el dosier, el espionaje español sospecha de relaciones de Issou con la Dirección General de Vigilancia del Territorio, la DGST marroquí, la misma a la que el teniente acusa de hostigar a su familia: “Fueron a por mi padre, un hombre de 72 años; lo detuvieron 48 horas porque creían que me tenía escondido, cuando yo ya estaba en España”.

Una pistola en la espalda

Una tarde de agosto de 2010, Abdel Issou, empleado de seguridad privada, corría con todas sus fuerzas por la calle Felipe Pingarrón, en el barrio madrileño de Villaverde. Acaba de zafarse de dos magrebíes armados con pistola que trataron de meterlo en un coche. “Corría y pensaba: ‘Ahora sentiré una bala en la espalda’”, cuenta. Pero no sonó un tiro, sino el chirrido de las ruedas del vehículo mientras gritaba una vecina.

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Aquel intento de secuestro fue investigado por la Comisaría de Información de la Policía Nacional, que tomó declaración a la madrileña, única testigo. Concluyeron que le habían querido dar un susto. “Si hubieran querido matarme ya no estaría vivo”. Él lo suma a las demás consecuencias de su deserción.

Hoy Issou presencia en la televisión el giro del Gobierno de España con Marruecos y lo relaciona con la guerra de Ucrania. “Pero no creo que el cambio español vaya a cambiar nada sobre el terreno ni a traer la paz –augura-. La razón está con el Polisario, es una causa que ha sido, es y será justa. Son un pueblo noble y valiente, y luchan por su tierra”.

“Los saharauis siempre ganaban”

“La guerra es una cosa sucia, violenta. A veces es necesario luchar por la vida, por el honor, por la tierra, pero es mejor evitarlo si es posible”, dice el hombre maduro Abdelilá Issou rememorando al joven teniente que fue, con un fusil belga FAL entre las manos, en los combates del Sáhara Occidental.

Recuerda hoy que “lo más peligroso era el bombardeo de morteros. Te disparaban a la luz del día, pero no oyes el tiro, y el proyectil cae de pronto sobre ti”. Aunque puede que el peligro más escalofriante de la guerra del Sáhara fuera nocturno y silencioso. Eran “los ataques de comando de los saharauis –recuerda-. Elegían un puesto con pocos soldados, tres o cuatro como mucho, entraban, los mataban con arma blanca, con la bayoneta del kalashnikov para no hacer ruido, les cogían el armamento y se iban”.

Por eso, el teniente mantenía a sus hombres despiertos las noches sin luna o de tormenta de arena, las de peor visibilidad. En el muro, los puntos más aislados “daban el parte cada hora. Si alguien no reportaba… malo. El mando enviaba una patrulla y se encontraba a los compañeros muertos”.

Hoy no le queda rencor, asegura. “Al contrario, pido a Alá que ellos no me lo tengan a mí”, relata. Aquel militar entrenado para entregar el Sáhara al sultán de Marruecos siente respeto por su enemigo: “Son un pueblo valiente, no les da miedo la muerte, y van a seguir peleando, por mucho que digan Marruecos y sus aliados seguirán peleando por su tierra”.

Un muro de arena de más de dos metros de alto separa en el Sáhara a la zona ocupada por Marruecos y la que conserva el Frente Polisario. Por delante del muro, campos de minas. Por detrás, tropa y mandos que sabían que “el Polisario siempre gana. Tiene pocos efectivos; por eso elige bien el objetivo y ataca solo cuando tiene las de ganar. Estudiaban el punto de vigilancia, poco a poco retiraban minas, abrían un pasillo… y una noche caían sobre el objetivo”.

Dice el oficial Issou que "un ejército replegado tras un muro está a la perdiendo la batalla. Si creyera que puede ganar, se lanzaría por delante del muro a hacer operaciones de limpieza”.

De aquellos diez años de milicia y cinco de guerra en el desierto –“se firmó el alto el fuego en 1991, pero sobre el terreno no llegó hasta el 92”, asegura- el teniente Issou suelta alguna memoria. “¿Sabes lo que hace en la cabeza una bala del 14,5? Es tremendo” “Una vez el Polisario derribó un avión americano por error, y salimos a por los cuerpos… Los coches pisaban las minas, y veías a los soldados volar despedazados…” “Había comercio de droga entre las filas…”

Y de aquellos recuerdos entre dunas hay algo, dice, difícil de olvidar. “Nos ordenaron disparar a los camellos de los saharauis. Son su medio de vida; por eso nos dijeron que los matáramos. Yo no quería disparar a un animal inocente…”