la última hora de votación

Las primeras elecciones en la Luna

Presagiadas como cataclísmico, este 14-F ha terminado por ser anecdotario y una ocasión para releer a Lichtenberg

Mesas electorales en el polideportivo de El Carmel.

Mesas electorales en el polideportivo de El Carmel. / Ricard Cugat

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Antes de entrar en harina, vaya por adelantado en estas primeras líneas un ‘mil gracias’ a todos quienes este 14-F han sido presidentes o vocales de una mesa electoral y, también, suerte y mucha salud a quienes de siete a ocho han decidido que una analítica positiva o una cuarentena preventiva no les iba a hurtar su derecho al voto. Así es, gracias y suerte, porque el encargo de la jefa era reportajear esa insólita hora de votación, una ocasión para caer la broma fácil e incluso ofensiva, y el propósito, claro, es no tropezar en ese error, porque entre poca y ninguna culpa tienen ambos grupos (los de la mesa y los que votan) de que este último año de tan poco pan y pésimo circo (frase gentileza del escritor y dramaturgo Marc Caellas, que la vio escrita en una pared) haya terminado de este modo, con una jornada electoral que algunos anunciaron cataclísmica y que al final ha sido solo anecdotaria.

Ha sucedido, de entrada, lo imaginable. Esas colas acordeónicas que durante unas horas del día se han formado frente las puertas de la mayoría de los colegios electorales, llegadas las siete de la tarde, cuando los presidentes y vocales se vestían como para ir a Marte o  al Sònar, se han diluido como un terrón de azúcar en el té. Era pues una correcta decisión, ya que había que hacer guardia durante una hora frente a un colegio seleccionado al azar, llevar lectura bajo el brazo.

La elección no era fácil. No la de a qué colegio. Esa se resolvía pronto. Cerca y a cubierto. Lo difícil parecía el libro. Pues no. Ya es casualidad que en este febrero electoral, la editorial Edhasa acaba de reimprimir los aforismos de Georg Christoph Lichtenberg, una de las mentes más chispeantes del siglo XVIII, que no ha pasado a la historia por lo que era, un científico, sino por su manía de apuntar en unas libretitas todo cuanto se le ocurría, que no era poco. “De qué sirven todas las salidas del Sol si no nos levantamos”, escribió en una ocasión. Sus textos, conocidos tras su muerte como los aforismos de Lichtenberg, podrían ser excelentes lemas de campaña electoral catalana. ¿No les parece? Hasta serían estupendos para salpimentar esos previsibles debates a ocho que han programado las televisiones. “Anunciaron una canastilla de flores y hete aquí que aparece un saquillo de patatas”, podría decirle el candidato A al aspirante B. “Cuando un libro y una cabeza chocan y suenan a hueco, ¿es siempre debido al libro?”, podría responderle C a A. Sería otro nivel.

Bajo los trajes, un presidente y un vocal.

/ Ricard Cugat

A lo que íbamos. Mercat de la Concepció. Son las 18.59 horas. No llueve, pero el frío cala los huesos. El ventanal de la calle de Aragó es un excelente escaparate para ver lo que va a suceder. Es la hora de enfundarse la protección. Tardan poco en vestirse para ocasión. Una vez cerradas las últimas cremalleras o lo que sea, con todos los presidentes y vocales en sus puestos, la ‘mise-en-scène’ no deja indiferente. Subraya una vez más la gravedad de la pandemia. Como dice una ‘agraciada’ con esta pedrea de las mesas electorales, “parece increíble que los médicos de primera línea de combate contra la enfermedad puedan trabajar vestidos de este modo”.

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Votantes, a la hora de la verdad, muy pocos. Eso da margen para ‘whatsappear’ un poco con quien esto firma desde otros puntos de la ciudad. “Esto parece una misión lunar”. Por el tono, queda claro que la tensión ha menguado.

Estas líneas que aquí leen (gracias si lo hacen), o sea, un breve relato sobre la última hora de votación, han sido escritas a sabiendas de que a las ocho en punto quedarán eclipsadas por las primeras encuestas a pie de urna y sepultadas un par de horas poco después, por no decir arrolladas, por los resultados electorales. Qué lástima, con lo que uno aprende leyendo a Lichtenberg, que en sus cuadernitos hasta dejó algunas anotaciones sobre la indescifrable España. “Cuando, bajo Carlos V, el Papa fue encerrado por los españoles en el castillo de San Ángel, en todas las iglesias de España se rezó para que Dios liberase al Papa de las manos de sus enemigos”. Con un poco de buena voluntad, este hombre podría ser un Nostradamus.