23 oct 2020

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DESDE MADRID

Madrid entra en barrena

La pandemia agrava la desigualdad y promueve el discurso político de identidad populista en la región

El pacto de colaboración Sánchez-Ayuso saltó por los aires por desacuerdo sobre el cierre de la ciudad

José Antonio Zarzalejos

Sánchez y Ayuso, el lunes, tras reunirse en la sede del Gobierno regional de Madrid.

Sánchez y Ayuso, el lunes, tras reunirse en la sede del Gobierno regional de Madrid. / EFE / EMILIO NARANJO

Antes de que en marzo se desatase la pandemia, Madrid progresaba con el viento económico de popa. El crecimiento de la comunidad fue en el 2019 de un 3%, un punto más de la media española. Su renta por habitante alcanzó los 35.000 euros, la más alta de España. Aumentó demográficamente hasta los 6.600.000 habitantes. Su tasa de paro se situó en el 10%, un 3,8% menos que la media estadística del país. La aportación madrileña al PIB fue del 19,2%, la más alta de todas las comunidades, superando de nuevo a Catalunya.

La ciudad, además, se disponía a acometer un desarrollo urbanístico en el norte sobre cientos de hectáreas con una inversión de 6.000 millones de euros a través de un proyecto –el conocido como Chamartín– que proporcionaría miles de puestos de trabajo. La pelea de la capital de España con Barcelona, se dirimía a favor de Madrid. Madrid –se decía– estaba aprovechando el decaimiento de la capital de Catalunya para sacarle una delantera definitiva.

Todas estas variables arrojaban un diagnóstico optimista de Madrid y de su conurbación, pero ocultaban problemas graves. Ahora, la pandemia ha dejado al descubierto las grietas de todas estas fortalezas, tanto en el aspecto económico–social como en el político. Y Madrid ha entrado en barrena. Porque el coronavirus ha puesto sobre la mesa de debate los dos graves problemas que aquejan a Madrid: la desigualdad lacerante y la gestión errática de un Gobierno de coalición del PP con Ciudadanos, sostenido por Vox y una oposición de izquierdas inane e incapaz de tocar poder desde hace un cuarto de siglo.

Hondas desigualdades

Pese a que la renta per cápita media sea en Madrid de 35.000 euros, la realidad es que en la zona norte y noroeste llega a una horquilla de 50/72.000 euros, mientras que desciende hasta los 25.000 en la zona sur tanto de la capital como de la región. La desigualdad entre el 20% más rico y el 20% más pobre es la más alta de España, aunque la comunidad sea la de mayor renta de conjunto.

Según el informe de la fundación de Cáritas sobre exclusión social y pobreza (2019), en Madrid hay un millón de personas en riesgo de marginación y de ellas 490.000 en peligro severo de indigencia. Están fallando las políticas sociales (de vivienda, de empleo, de prestación de servicios públicos). En otras palabras: Madrid tiene planteado un problema de redistribución que se percibe en la infrafinanciación de algunos servicios públicos. El gasto sanitario medio, por ejemplo, es un 14,42% inferior a la media española.

Esta lacra –no exclusiva de Madrid, pero de especiales dimensiones en la capital– ha emergido como una hidra en dos fases: entre marzo y junio, con el periodo más álgido de la pandemia en la que tanto la asistencia sanitaria primaria como la hospitalaria colapsaron; y entre agosto y este septiembre cuando las autoridades autonómicas, después de forzar la desescalada del confinamiento a todo trance, demostraron una particular incompetencia en gestionar la actual ola del coronavirus.

Falta de infraestructuras

Todo ello remite, no solo a un problema evidente de falta de infraestructuras, sino también a una torpeza política gubernamental que, ajena a criterios técnicos, ha hecho gala de la oposición al Gobierno de Pedro Sánchez –también ha ocurrido en Catalunya– para, al final, tener que recurrir a la Administración General del Estado a la que se le ha reclamado la colaboración de las Fuerzas Armadas y cuerpos policiales y la contratación de médicos extracomunitarios. Al tiempo, se implantan con criterios que los expertos consideran parciales, tardíos e insuficientes unas medidas contra los contagios que alcanzan tales cifras que hacen de Madrid la región europea con mayor afectación del covid-19.

Las características del problema político son tan inquietantes en Madrid como en el conjunto de España. El Ejecutivo que preside la inexperta y pretenciosa Isabel Díaz Ayuso ha intentado dotar a la región de una extraña identidad que eclosionó visual y discursivamente el pasado lunes en la Real Casa de Correos con ocasión de su armisticio con Pedro Sánchez que el viernes saltó por los aires por mor de una radical diferencia de criterio entre Sanidad y la comunidad acerca del cierre total o parcial de la capital.

Díaz Ayuso –como si proclamase un proceso soberanista a la inversa– afirmó el lunes que "Madrid es España dentro de España", "todo el mundo utiliza Madrid", "tratar a Madrid como al resto de comunidades es injusto", "nos haríamos trampas si pensamos que Madrid puede ser tratada como las demás comunidades", para rematar con alfilerazos ideológicos tan inoportunos como populistas: "el covid-19 trae problemas como la okupación, la delincuencia y los menas".

Torpeza y farfolla

La torpeza política no pudo ser mayor en un contexto coreográfico obsceno –banderas, farfolla protocolaria e hipérbole mediática– que ha causado una honda preocupación en las élites empresariales y culturales de la ciudad que no reconocen en esas palabras y actitudes el carácter machadiano de Madrid como "rompeolas de España", cuya identidad era no tenerla, o tenerla mestiza y compartida. El manejo de la crisis sanitaria en la ciudad se ha convertido en una pelea insomne e intolerablemente frívola.

La pandemia ha abierto los ojos a la ciudadanía madrileña a la peor versión socioeconómica y política de la ciudad y la región. Así no se puede continuar. La comunidad necesita políticas redistributivas y un discurso de su Gobierno abierto, connotado con valores de integración general y en interlocución humilde y realista con todas las demás. Porque si la derecha se identifica con determinados aspectos del modelo madrileño en estos últimos meses, terminará por claudicar electoralmente como Ayuso con Sánchez. Aunque sea entre banderas y oropeles que no mitigan, sin embargo, la depresión y la decepción que aquejan a la ciudad como nunca antes en su reciente historia.