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CARRERA HACIA EL 28-A

El elector deshoja la papeleta

El 25% de los votantes todavía no ha elegido partido, lo que convierte a la campaña en determinante

La mayor oferta de formaciones y el agitado trasvase en las derechas retrasan la decisión

Iolanda Mármol

El líder del PP, Pablo Casado, pasa ante el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El líder del PP, Pablo Casado, pasa ante el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / JOSÉ LUIS ROCA

Saben bien los dirigentes políticos que hay campañas que se podrían haber ahorrado. Fueron improductivas porque el voto estaba decidido mucho tiempo antes y no cambió de lado. Confeti, globos, niños besados y debates electorales fueron estériles. Saben, también, que hubo contiendas de vértigo muy productivas para arañar el puñado de papeletas que entregaban las llaves de la Moncloa. Pero ninguna pugna electoral en la historia de la democracia española ha sido tan imprevisible y determinante como la carrera hacia el 28-A.

Los candidatos observan con exasperación como el electorado elige cada vez más tarde el sentido de su voto: entre el 20 y el 25% de quienes dicen que irán a las urnas todavía no ha decidido a qué partido votará, lo que convierte esta campaña en decisiva, dificulta todo pronóstico y sumerge a los equipos electorales en la angustia permanente. Son datos de Metroscopia. Su investigador principal, José Pablo Ferrándiz los denomina “decididos indecisos”.

¿Por qué retrasan tanto el voto los electores? Los expertos, asesores y politólogos, apuntan varias hipótesis. Uno. Hay mayor oferta. Hemos pasado del bipartidismo al pentapartidismo. Dos. La elección es más sofisticada, porque incluye qué pactos postelectorales pueden darse. Y tres. La aparición de Vox ha fomentado un tráfico incesante de electores entre las formaciones de derechas que pasan de una a otra constantemente.

Retrasar la decisión es una tendencia que empezó a constatarse en las legislativas del 2015, que ahora se acentúa y que convierte la campaña en un polvorín. La llegada de Podemos y Ciudadanos a la contienda añadió cotas de imprevisibilidad entonces y volvió a hacerlo en la repetición electoral del 26-J del 2016. El escenario es todavía más endiablado ahora y la campaña puede ser fundamental para la toma de decisiones.

Vox y Cs tardan más

Ya lo fue en las elecciones más recientes, las andaluzas del pasado 2 de diciembre.

El porcentaje de electores que tenía decidido su voto mucho antes de ir a las urnas cayó 9,7 puntos desde los comicios del 2016 a los del 2-D (pasaron del 76,8% al 67,1%), según los estudios postelectorales del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En las últimas generales el 22,7% decidió su voto durante la campaña. En las elecciones andaluzas ese índice subió al 31,4%. Estos análisis concluyen que fueron los votantes de Vox y los de Ciudadanos los que más tardaron en elegir. El 58% de quienes votaron al partido de Santiago Abascal tomaron su decisión durante la campaña. Cs quedó partido en dos: la mitad de su electorado (49,8%) dice haber tenido claro el sentido de su voto antes de la contienda electoral pero otro 49% tomó su decisión en campaña.

“Los procesos de elección de voto son cada vez más complicados. Hay una mayor oferta de partidos y estamos ya en un escenario ‘a la nórdica’, en la que no solo elegimos a un partido, sino qué coalición gobierna. Lo realmente relevante en la campaña va a ser la utilidad del voto para esa coalición. El elector está pensando no en quién gane sino en quién gobierne”, sostiene Ismael Crespo, doctor en Ciencias Políticas.

Voto estratégico

Ignacio Varela,  asesor político, admite que todos los partidos están haciendo sus campañas en referencia al voto estratégico. Albert Rivera ha impuesto el veto a pactar con el PSOE. Pedro Sánchez alerta del riesgo de un tripartito de derechas. Pablo Casado sugiere que Cs acabará por apoyar al PSOE. Sin embargo, Varela no comparte la tesis de que el elector posponga su decisión porque esté pensando en esos pactos postelectorales. “No he creído nunca en el voto estratégico. La gente no vota con la calculadora en la mano, eso solo lo pensamos los que nos dedicamos a esto, los politólogos, los asesores, los periodistas, pero el ciudadano común vota al que más le convence o en contra del que más aversión le despierta”, defiende.

A su juicio el dilema del 28-A reside en que se trata por primera vez de una disputa a cinco partidos con unos porcentajes de voto que se mueven en un margen estrecho de solo 15 puntos, lo que va a hacer que en la mayoría de provincias los escaños se vayan a decidir por “diferencias infinitesimales”. “Antes sabías de antemano qué resultados iba a haber en 35 provincias. Te jugabas las elecciones en las 15 restantes. Ahora solo soy capaz de predecir una: Soria”, admite.

La aparición de Vox dificulta especialmente las previsiones, porque ha pasado de cero a 3 millones de votantes y los expertos desconocen cuál pueda ser su techo electoral, si ya ha llegado, si está en plena escalada, o es una burbuja. En todo caso el fenómeno de Abascal complica todo cálculo. Hay un electorado circulante entre PP, Ciudadanos y Vox que no acaba de asentarse. Ferrándiz apunta que Cs corre el riesgo de convertirse solo en una “estación de paso” que no logre retener al votante. Algo parecido a lo que amenaza de sucederle a Casado con su ecoramiento a la derecha: “Casado tiene razón, votemos a Vox”, en una especie de lógica perversa en la cual el elector prefiere al original que a la copia por más que el PP se esfuerce por apelar al voto útil con Epi y Blas.

¿Influyen las encuestas a los electores? Más que antes. En las generales del 2016 el 12% admitía que los sondeos le ayudaron a decidir el voto, un porcentaje que subió al 23,5% en las andaluzas.