10 jul 2020

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EL ABOGADO DE MODA

'Better call Martell'

J. G. ALBALAT

Con paso firme, rictus serio, pensativo, mirada al frente, como abstrayéndose del ambiente que le rodeaba y la tensión que generó el 27 de enero pasado la presencia en la Ciutat de la Justícia de sus nuevos defendidos: el expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol; su esposa, Marta Ferrusola, y tres de sus hijos, imputados por la fortuna oculta en Andorra. La familia del exmandatario catalán se ha puesto en manos del abogado Cristóbal Martell, como antes lo hicieron el futbolista Leo Messi, el empresario y expresidente del

Barça Josep Lluís Núñez, el extesorero del PP Álvaro Lapuerta, el exdiputado socialista Daniel Fernández, el FC Barcelona (por el caso Neymar) o directivos de grandes empresas como Ferrovial (Palau de la Música y presunta financiación de CDC). A este profesional lo pintan como «uno de los mejores penalistas» de España y como un «estratega».

Se mueve bien entre bambalinas, pero también en los estrados de las salas de justicia, donde se siente cómodo. Los magistrados reconocen su «exquisito comportamiento» y su «preparación y brillantez». Sus clientes son diversos. Desde el punto de vista profesional es ideológicamente transversal (defiende a políticos de todos los colores), pero sus amigos son del PSC. Sin ir más lejos, representa al exalcalde de Sabadell

Manuel Bustos, y fue abogado del expresidente José Montilla cuando era alcalde de Cornellà. Pero también ha defendido al exalcalde de Tarragona Joan Miquel Nadal, de CiU. Un dato: ha representado ante la justicia a cuatro personas que han sido presidentes autonómicos: Montilla, ahora Jordi Pujol Soley y a los canarios Lorenzo Olarte y Manuel Hermoso. Pero también entre sus clientes hay decenas de personas anónimas, desde empresarios a ciudadanos corrientes (su despacho lleva asuntos de violencia sexista, por ejemplo). Tiene unos 1.000 asuntos vivos. Rechaza siempre llevar procesos de tráfico de droga y violación.

La mayoría de sus compañeros de profesión le respetan, pero otros lo envidian porque está en la cumbre. Quiere pasar desapercibido («el abogado no es noticia, sino los asuntos y sus clientes», ha dicho) y por no tener, no tiene página de internet. Huye de los actos sociales. Su despacho está en un rascacielos en la avenida de la Diagonal de Barcelona, cerca de la plaza de Francesc Macià. «Tiene una cierta obsesión por el trabajo y le gusta controlar de cerca todo», reconoce una persona que le conoce bien. Su jornada laboral es de 14 horas o más. Aprovecha cada hora del día y de parte de la noche. No es extraño verle salir de los últimos del despacho, en el que colaboran una docena de abogados, entre ellos su mujer, la también penalista Débora Quintero. Si es necesario, los fines de semana se pone a manejar escritos y autos judiciales, aunque da prioridad a la familia. Tiene tres hijos de dos matrimonios. «Es un buen padre», explica un amigo suyo.

Es perfeccionista y meticuloso. No dejar nada al azar. Es nervioso e inquieto. Reflexivo. Entusiasta. Con solo verle actuar en un juicio se puede hacer un retrato de él como abogado y como persona. Mira fijamente al acusado, al testigo o a quien deba declarar. Se toca el pelo, la perilla de la barba. Cuando le llega el turno de interrogar, se inclina hacia adelante y se lanza, con voz firme. Si tiene que defender, defiende. Si debe morder, muerde. Si duda, lo disimula. Es ágil y rocoso. Su retórica puede llegar a ser irónica, con tintes en ocasiones barrocos. Sin embargo, como suele pasar en el mundo del derecho, que no es una ciencia exacta, a veces pierde, a veces gana. Lo que más odia es la deslealtad. Como todo buen abogado, si puede evitar llegar a juicio, lo evita. Y si tiene que llegar a un pacto, llega. Lo importante es el cliente. Es un negociador.

Martell nació en realidad en Caracas (Venezuela) hace 52 años. Su padre, también Cristóbal Martell, era originario del pueblo canario de Valsequillo. Era abogado, aunque no ejerció como tal, y ostentó en la isla  cargos políticos durante el franquismo. Cuando Matías Vega, que fue presidente del Cabildo, fue nombrado embajador en Venezuela, ofreció a Martell padre un puesto en la legación diplomática de España en ese país. La familia regresó, no obstante, a Canarias al cabo de cinco años, cuando el ahora defensor de la familia Pujol, conocido entre la familia como Tato, tenía 3 años.

En Las Palmas estudió en el colegio alemán (de ahí el dominio de ese idioma). En su juventud, el ahora afamado letrado militó en las Juventudes Comunistas del PCE. Fue un rebelde en una familia acomodada. Tiene tres hermanas (una falleció). Una es arquitecta, otra licenciada en Derecho y la tercera es bióloga. Él es el pequeño. Su madre, María de las Nieves Pérez-Alcalde, vive en Canarias. Su padre, con quien estaba muy unido, falleció hace 15 años.

El rock galáctico

Tras el bachillerato, su padre le dio  a elegir entre estudiar en Madrid o Barcelona. Se inclinó por Catalunya.Le atrajo la movida de Pau Riba, Jaume Sisa, el rock galáctico catalán. Estudio COU en el Institut Ausiàs March. Después se matriculó en la Autònoma. El primer año, en Filosofía que le gustaba) y en Derecho (para contentar a su familia). A mitad de curso, dejó la primera carrera y se centró en la segunda.

Martell se incorporó al despacho del catedrático de Penal Gonzalo Quintero (hoy su suegro) cuando todavía estaba estudiando. «Cuando era pasante, sabía más de Derecho Penal que muchos abogados», admite un compañero. En ese bufete conoció a Francesc Jufresa. Cuando Quintero fue nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Martell y Jufresa montaron su despacho propio. Se complementaban y llegaron a la cima de la abogacía barcelonesa. Juntos consiguieron, por ejemplo, la absolución de un empresario de prensa catalán en un proceso por escuchas telefónicas. La unión duró hasta 1998, cuando Martell montó su bufete en la calle de Pau Claris de Barcelona.

El avispado abogado fue ganando terreno y fue elegido diputado del Col·legi d'Advocats de Barcelona. La entonces decana, Sílvia Giménez-Salinas, lo puso al frente de la difícil comisión de deontología profesional, a pesar de que Martell iba en la lista contrincante. Con su actual esposa, Débora, redactó la denominada normativa profesional de la abogacía catalana, todavía vigente.

A Martell le ha gustado compaginar la docencia con el ejercicio de la abogacía. En 1986, nada más acabar la carrera, entró como profesor de Derecho Penal en la Universitat Abat Oliba. Estuvo dando clases 18 años. Según sus alumnos, conectaba la teoría con la práctica, lo que hacía que su discurso fuera apasionante. Siempre les hablaba de usted, con respeto, exigiendo el mismo trato. En una ocasión, al finalizar el curso, sus alumnos le regalaron un martillo de obra con su nombre -Martell- grabado.

Durante su trayectoria profesional, Martell ha conseguido éxitos. Logró la absolución del actual alcalde de Badalona del PP, Xavier García Albiol, por unos panfletos racistas, y consiguió que Josep Lluís Núñez y su hijo fueran condenados a una pena muy inferior a la que solicitaba el fiscal. No evitó, eso sí, que ingresaran en la cárcel (están en tercer grado). Tampoco olvidará cuando en el 2008 la compañía Fecsa (él defendía a un jefe de zona) fue condenada a pagar 10,6 millones de euros a los perjudicados por el incendió que arrasó 17.000 hectáreas en la comarca del Bages en julio de 1998. O la condena de un juez de Barcelona por un delito de prevaricación. Ahora tiene ante sí la misión de salvar a la  familia Pujol-Ferrusola. Otro reto en su carrera como especialista en delitos económicos. H