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Análisis de David Miró: 'El Bismarck de España'

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David Miró
David Miró

Periodista

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La habilidad del presidenteZapatero para navegar por las procelosas aguas de la carpeta catalana es innegable, siempre encuentra una brecha por la que colarse, siempre hay una fórmula que le permite resistir un poco más encima del alambre, pero no está nada claro que alguien en la Moncloa o en Madrid haya calibrado el alcance de la manifestación del sábado.ZapateroyRajoy ni la mencionaron y en el fondo a los dos se les vio con ganas de pasar página, convencidos como están de que el suflé catalán siempre acaba por desdibujarse a orillas del Manzanares.

Con todo, el PSC tiene motivos hoy para la satisfacción. No tanto por la declaración de intenciones sobre la recuperación por otras vías de aquello que el Tribunal Constitucional ha podado del Estatut y el alud de expresiones cariñosas hacia Catalunya y su identidad, que en el fondo son solo «frases», como dijo ya elpresident Montilla ayer mismo, sino por la capacidad deZapaterode hurgar en las contradicciones de CiU, una tarea en la que los estrategas socialistas están volcados desde hace tiempo para recuperar terreno de cara a las próximas elecciones.

No era difícil imaginarse ayer aArtur Masrevolviéndose en el sofá mientras Zapaterorecordaba sus noches en la Moncloa y su pacto para rebajar el contenido del Estatut del Parlament, especialmente la fórmula para (no) definir a Catalunya como nación en el preámbulo. Sobre esta base, y emulando aNiceto Alcalá Zamora cuando urgió aFrancesc Cambóa elegir entre ser «elBismarckde España o elBolívarde Catalunya», ayer el presidente les vino a decir que si quieren mantenerse en el juego constitucional y no echarse al monte, no tienen más remedio que aceptar la sentencia y dejarse de gesticulación vacua.

En otros términos,Zapaterodibujó una línea en la que a un lado se encontraría la independentista ERC y en el otro, el resto de partidos, y le preguntó aDuran: ¿de qué lado está usted? Como se trataba deDurany no de, por ejemplo,Felip Puig, Zapatero sabía que podía lanzar el órdago. El de Alcampell quisiera serBismarck.

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Quizá anticipándose a esa estrategia,Duran no quiso romper ningún plato de la vajilla, se limitó a aplicar el viejo manual de CiU consistente en utilizar grandes proclamas («la sentencia liquida el pacto constitucional»), pero sin advertir qué consecuencias prácticas tiene hoy ese hecho. Una especie decoitus interruptus nacional que tuvo su mejor exponente en el momento en que el portavoz democristiano levantó la vista del papel y, no sin una mueca de alivio, proclamó: «Ahora hablaré de economía», sin duda un terreno mucho más cómodo para él.

Zapatero se recreó de forma intencionada en el tema catalán. Se le veía a gusto y convencido de sus argumentos, de ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Sabe que solo la infantería catalana puede frenar a estas alturas a un PP lanzado al galope. Pero será una tarea ardua. Será mejor que venga a Barcelona con algo más que palabras. O se puede encontrar que cuando llegue el PP la infantería catalana haya desertado.