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Opinión | Indignados
Emma Riverola

Emma Riverola

Escritora

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El nuevo grito

La vivienda es la crisis de hoy y la de mañana, la que pondrá y sacará gobiernos y la que disparará la insatisfacción hasta poner en riesgo la propia democracia

Cartells de manifestants del moviment 15M a la Puerta del Sol de Madrid, el 24 de maig del 2011. | JOSÉ LUIS ROCA

Cartells de manifestants del moviment 15M a la Puerta del Sol de Madrid, el 24 de maig del 2011. | JOSÉ LUIS ROCA

El 15 de mayo de 2011, un grito recorrió las calles y se instaló en las plazas. El 15-M nació en los estertores del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Un estallido de indignación ante los zarpazos de la crisis. Una semana más tarde, las elecciones municipales y autonómicas dieron una victoria rotunda al PP. Siete meses más tarde, Mariano Rajoy era investido presidente.

El electorado socialista no perdonó los titubeos de Zapatero mientras la crisis devoraba su presente y se cernía sobre el futuro. Tendrían que pasar más de seis años -y unos cuantos destrozos- para que Pedro Sánchez lograra la presidencia gracias a una moción de censura. Volvió a ser investido presidente en enero de 2020, tras un acuerdo de coalición con Unidas Podemos. Y el eco de las plazas llegó al Gobierno.

En la inmediatez, resulta difícil calibrar el impacto político que puede tener el nuevo grito de las plazas. Quizá sea un espaldarazo al Gobierno de Sánchez o, como mínimo, una esperanza de unión para el espacio cuarteado a su izquierda. O, por el contrario, puede ahondar en la decepción y desmovilizar al electorado progresista, como ocurrió inmediatamente después del 15-M. Más todavía cuando algunos actores tratan de sacar rédito mintiendo sobre las posibilidades reales del Gobierno de tirar adelante medidas de calado.

Ante la ausencia de una bola de cristal, quizá vale la pena mirar el fenómeno liberándolo del cálculo partidista. Observar los rostros de quienes se han movilizado o de quienes les apoyan. Muchos son jóvenes, los habitantes principales del laberinto de la vivienda, pero también hay mayores. Todos, compartiendo la misma sensación de vulnerabilidad, el mismo anhelo de cambiar las reglas de un juego hostil. Ante una humanidad que suma amenazas existenciales, un hogar digno es el último refugio.

Si no hay soluciones sistémicas, la vivienda es la crisis de hoy y la de mañana, la que pondrá y sacará gobiernos y, sobre todo, la que disparará la insatisfacción hasta poner en riesgo la propia democracia.

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