Opinión |
Ágora
Roger Pallarols

Roger Pallarols

Director del Gremi de Restauració de Barcelona

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Exterminar la noche

No está en cuestión el descanso de los ciudadanos. Lo que aquí se discute es si los cuatro vecinos 'emprenyats' de siempre tienen derecho a imponer su particular ley seca

Barcelona se prepara para tener un alcalde de noche: ¿En qué consiste esta innovadora figura?

La increíble noche menguante de Barcelona: 125 discotecas y pubs cerrados

Imagen de archivo de una fiesta en Razzmatazz.

Imagen de archivo de una fiesta en Razzmatazz. / Manu Mitru

Estos días la ciudad debate sobre la figura del alcalde de noche, que podría llegarse a instaurar en Barcelona. De él se dice que “coordinará” las cuestiones relacionadas con la vida nocturna de la ciudad y, muy especialmente, con su oferta de ocio. También le corresponderá definir un nuevo modelo de entretenimiento urbano. Ante semejante cantidad de eufemismos, y viniendo de donde venimos, conviene desconfiar.

Mucho me temo que lo que este nuevo 'sheriff' hará es intensificar la persecución que sufre la noche desde hace años. No viene a promover la ciudad noctámbula, sino a exterminarla. La mera existencia del personaje dará rienda suelta a las obsesiones de los 'rondinaires', esos pocos vecinos que añoran el confinamiento. Quieren vivir en el centro, en calles como Enric Granados (cuyos alquileres, por cierto, no están al alcance de la mayoría), y que a las diez de la noche aquello parezca un cementerio. Por eso, alguien tiene que decirles que no tienen razón, que Barcelona ni es ni quiere ser una ciudad dormitorio. Que sí, que todos madrugamos, y precisamente por eso la juerga en la calle termina a una hora más que prudencial. Las terrazas, por ejemplo, cierran a medianoche entre semana. ¿Saben a qué hora se desalojan estos espacios en Lleida o en València? A las doce y media, y a la una en Sevilla y Murcia. ¿Es que allí no hay trabajadores que madruguen?

El verdadero problema de la noche barcelonesa es que la administración la ha ido cercenando a conciencia. Es la noche 'menguante' a la que se refería la periodista de este diario Patricia Castán: en las dos últimas décadas han desaparecido 125 discotecas o pubs en Barcelona. Hoy por hoy, cualquier elogio que se haga de estos locales resulta políticamente incorrecto. ¿Es que acaso, siendo jóvenes (o no tan jóvenes), todos no hemos ido a bailar alguna vez? La pandemia nos enseñó a sangre y fuego hasta qué punto necesitamos socializar. Por eso me alegro de que, entre tanta oscuridad, las luces de La Paloma, en el Raval, se hayan encendido de nuevo. Hace un año, la fiesta de Santa Eulàlia que el Gremio de Restauración organizó allí generó mucho recelo; hoy día, el regreso de este espacio es un hecho.

Joaquín Luna lo ha resumido con acierto: estos señores y señoras de cincuenta para arriba pretenden negarles a los jóvenes –un segmento poblacional en claro retroceso– la libertad y la diversión que ellos, en su momento, sí disfrutaron. De haber existido por aquel entonces, el alcalde de noche hubiera clausurado Bocaccio. “Es el típico choque generacional”, se podría pensar. Pero no: la posición de estos cascarrabias es pura intransigencia y totalitarismo. Y aunque en otra etapa de su vida no les haya apetecido salir de fiesta, los jóvenes de ahora tienen derecho a hacerlo. Si somos o hemos sido unos aburridos, no podemos pretender que se aburra todo el mundo.

Por eso, mi enmienda es a la totalidad: Barcelona no tiene un problema de convivencia con su oferta de ocio nocturno. Tampoco en el llamado “Triángulo golfo”, en el barrio del Poblenou. Lo que allí ocurre no es sino un triste anticipo de lo que podría llegar a suponer el alcalde de noche. Cualquiera que conozca mínimamente la zona sabe que su ecosistema nocturno gira alrededor de la discoteca Razzmatazz y que los botellones y el incivismo son el verdadero problema que se debe erradicar. A pesar de ello, la única medida tangible que se ha aplicado hasta la fecha ha consistido en reducir el horario de las terrazas, por lo que, pasados los meses, los botellones se siguen produciendo, las molestias persisten y los únicos perjudicados, injustamente, son los restauradores. ¿Es esa la “coordinación” del ocio nocturno que debemos esperar del alcalde de noche? En diciembre, el Ayuntamiento anuló las restricciones horarias en Ciutat Vella después de que el Gremio, ya en sede judicial, alertase sobre la nulidad del procedimiento, y la verdad es que no se ha hundido el mundo; las terrazas, insisto, no son el problema. Por otro lado, las campanas tocan a difuntos en Tuset, donde el distrito, incapaz de gestionar las externalidades del ocio, se plantea echar mano de la prohibición.

Al alcalde de noche y también al alcalde de día les diría que no está en cuestión el descanso de los ciudadanos. Lo que aquí se discute es si los cuatro vecinos 'emprenyats' de siempre tienen derecho a imponer su particular ley seca. Y de si el Gobierno municipal participa o no de semejante injusticia. ¿Hay sitio en Barcelona para los jóvenes? Somos muchos los que pensamos que sí. Y los que tanto ansían el silencio sepulcral, que sepan que hay preciosos monasterios en los que se puede pernoctar por un módico precio.