Negociaciones
Sergi Sol

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Periodista

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El salto con tirabuzón de Puigdemont

No le falta razón a Sánchez cuando expresa el deseo de que con una mesa debería valer. Y así sería si imperara la cordura y no la política de estómago

Collboni se da hasta el principio de la primavera para tener socio y presupuesto

Sánchez y Aragonès se reunirán el 21 de diciembre en Barcelona

El expresident de la Generalitat, Carles Puigdemont.

El expresident de la Generalitat, Carles Puigdemont. / EFE

De una mesa que no servía para nada a tres. De despreciar el diálogo y la negociación a triplicarlo. De afear acuerdo alguno ('no surrender' decían) a querer el protagonismo único de este y a codazos.

En fin, no le falta razón a Pedro Sánchez cuando expresa el deseo de que con una mesa debería valer. Y así sería si imperara la cordura y no la política de estómago. Pero que nadie desespere que esto va para largo. A algunos les va aquello de "genio y figura hasta la sepultura" como anillo al dedo.

La situación no puede ser más ridícula y así seguirá hasta que a Puigdemont le plazca. 

El punto de no retorno fue la salida en cohete de Puigneró (Junts) del Govern de Aragonès, lo que precipitó la ruptura deseada por Puigdemont tras idear una moción de censura encubierta contra Aragonès. Ya nadie se acuerda del compungido Puigneró, víctima de sus propias palabras, porque el conseller solo fue la espoleta que Puigdemont prendió. De esa estampida del Govern –rechazada por más del 40% de la militancia de Junts pese a las amenazas de Waterloo a los suyos si desobedecían– a apostar ahora por entrar en el gobierno de Collboni en la capital de Catalunya hay una pirueta digna de un acróbata olímpico. Desde el punto de vista de la coherencia política, es un triple salto mortal con tirabuzón. 

No hay por donde agarrar tanto volantazo, tanta insolvencia, tanta tontería supina. Se atribuye a Tarradellas aquello de que en política se puede hacer de todo excepto el ridículo. Y se mire por donde se mire, la situación es esperpéntica. Clama al cielo. Cualquier observador imparcial consideraría la situación entre surrealista e infantil.

El independentismo no va a sumar ni de casualidad si sigue por estos derroteros en las elecciones de febrero de 2025. Perderá por primera vez, desde 2015, la mayoría absoluta y lo hará por deméritos propios. Primero por no aceptar el principio de realidad. Y aunque esto es claramente atribuible a unos más que a otros, van a pagar todos el despropósito. Y en segundo lugar, por una pugna legítima que ha derivado en un estrepitoso espectáculo.