Opinión | Libros y resiliencia

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

Islandia o cuando el suelo se mueve bajo tus pies

Aunque todo parece que conspire contra la vida normal también la excepcionalidad puede ser domesticada: basta con fluir como el magma, improvisar, soltar las amarras mentales que atenazan

islandia web

islandia web / LEONARD BEARD

Un iceberg colosal se desliza de nuevo, tras décadas de inmovilismo en las frías aguas del mar de Weddell. Ocupa una superficie de 4.000 kilómetros, que viene a ser como si una ciudad 40 veces más grande que Barcelona se moviera sigilosamente, en un ejercicio de nomadismo parecido al que ya hacen esas ciudades africanas azotadas por tormentas de arena, que abandonan posiciones ante la guerra climática y abren calles y suben edificios por los flancos en su huida de la catástrofe. Esto es gentrificación climática total.

El iceberg A23 no está habitado, pero ese movimiento continuo e inesperado en el frío polar desliza a su vez mis pensamientos a la Islandia que nos cuenta Èric Lluent en su libro 'Islàndia, l'illa del vent', un relato inolvidable de la vida que roza los confines del círculo polar. Vida que no se gentrifica aunque el suelo se mueve, los volcanes escupen lava y gases tóxicos, las ventiscas de agua helada moldean la rutina cotidiana como si cada día levantara un muñeco de nieve nuevo. La novedad editorial llega a las librerías coincidiendo con el más grave episodio sísmico que ha sacudido a los islandeses en cincuenta años, y que ha obligado a evacuar una de sus ciudades más pobladas, Grindavik, que se asienta a pocos kilómetros de la capital, Reikiavik, y del aeropuerto internacional.

Los drones nos enseñan las cicatrices en el pavimento y casas destrozadas por las nuevas grietas de los cientos de terremotos que han puesto su epicentro en la zona durante semanas. El magma se pasea en una ciudad subterránea que se mueve como el iceberg A23, más rápido incluso, con un riesgo extra de emerger en cualquier momento en forma de lava y originar un cráter de volcán digamos que en la cocina de alguien. Lo que me emociona del relato de Lluent, un periodista que dejó su barrio de Gràcia natal para abrazar la inquietante pero hermosa en su dramatismo vida islandesa, es la resiliencia de los habitantes de la isla volcán. Niños que se acostumbran a que la tierra se mueva bajo sus pies de forma habitual desde pequeños, y que le cuentan a Lluent que les fastidia perderse una sola de las sacudidas de la tierra: en el colegio les dejan llevar un juguete a clase cada vez que hay un gran temblor. 

Los islandeses se aferran a su cultura, una historia oral que ha logrado pasar de generación en generación por la misma necesidad de mantener unida la familia, el pueblo, en un lugar donde suceden fenómenos extremos en los que el boca oreja es esencial para adaptarse, para superar la soledad, para sentir que aunque todo parece que conspire contra la vida normal también la excepcionalidad puede ser domesticada: basta con fluir como el magma, improvisar, soltar las amarras mentales que atenazan. 

El libro de Lluent va más allá de la respuesta de una sociedad a una vida hostil geológicamente, ese es el punto de partida de todo lo demás: cómo se relacionan sus habitantes en una comunidad tan pequeña, cómo crece una sociedad con esos límites, cómo encaja la fascinación turística y gestiona las diferencias culturales. Pero ahora que tiembla el suelo tanto, cuando nace el miedo global a perder pie, es una lectura apasionante, llena de mensajes, historia vivida y asombrosa, necesaria.

Festival de novela negra

Mientras Grindavik se llevaba la peor parte de la actividad sísmica de estos días, un puñado de escritores de novela negra y thriller se reunían en Reikjavik en su cita anual, el Iceland Noir. Los novelistas Yrsa Sigurdardóttir y Ragnar Jónasson hacían de anfitriones una vez más, la primera ministra Katrin Jakobsdóttir charlaba sobre su primera novela negra,' Reikiavik', y Dan Brown, Neil Gaiman, Louise Penny, la mítica fundadora de la comunidad de ficción 'Three Pines' departían con los fans en el glamuroso Kjarval o en la iglesia luterana de la capital reconvertida en sala de eventos. Domar el miedo, contarnos historias aunque todo tiemble en la noche sin fin del norte, es una receta infalible para todos los tiempos.