Opinión |
Ágora

Barcelona, la medida del éxito

La economía del siglo XXI necesita una ecología rica y un equilibrio entre gobierno y sector privado, con la implicación de la sociedad civil

Panorámica de Barcelona

Panorámica de Barcelona / Jordi Cotrina

Jordi Valls

Jordi Valls

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Éxito viene del latín 'exitus'. Significa 'salida', 'fin'. Como 'exit' en inglés. Se trata del resultado positivo de un proyecto o vida. En nuestra sociedad continúa siendo un elemento que configura realidades y define proyectos. Cuando hablamos de una ciudad, el parámetro de éxito y la manera de medirlo es diferente. Las medidas económicas o los 'rankings' son útiles pero no suficientes.

Barcelona tiene y ha tenido históricamente éxito. Lo tuvo en la reindustrialización del siglo XIX; después sufrió la Guerra Civil y el franquismo, y en los años 70 y 80, tuvo éxito en la recuperación de los barrios, la construcción de equipamientos de proximidad y al reforzar su identidad.

El 92 se midió por el reconocimiento internacional. Una ciudad global, europeísta, solidaria y con visión innovadora que cautivó el mundo y aún lo hace. Se dotó de una marca reconocida y reconocible. En la primera década de 2000 se estructuró a través de proyectos de reconversión urbana como el 22@ o el Mobile World Congress, donde se define su nuevo carácter económico: tecnológica e innovadora.

En 2010 la medida fue más compleja. La crisis económica y financiera obligó a reforzar la red social pública. La crisis agravó desigualdades sociales y los ayuntamientos se convirtieron en la última trinchera. Cuando el entorno se empezó a estabilizar, apareció el covid y los poderes públicos tuvieron que dar respuesta al reto de la salud, a la precariedad y al frenazo económico. La medida del éxito fue mantener la cohesión social y la salud de las personas.

Retos de futuro

Ahora hay que definir cuál debe ser la nueva medida de éxito de Barcelona. Aparecen tres retos. En primer lugar, el cambio climático y la creación de un nuevo polo económico de innovación y de investigación basado en la energía, los recursos naturales, la renaturalización de la ciudad y la salud. En segundo lugar, la desigualdad. Desde los poderes públicos tenemos que desarrollar políticas que eviten los desequilibrios sociales y la precariedad. Y finalmente, hay que reforzar la cultura democrática y política. En un entorno global de 'fake news' e intolerancia, es más necesario que nunca el reconocimiento del otro y el respeto a las normas comunes.

Todo esto requerirá pactos para reforzar la cultura política y una ciudad potente que defina claramente las nuevas metas y las quiere ejecutar de manera excelente. Con el sector económico, también. Porque hay que incrementar la base económica y su modelo para atraer actividades con más valor añadido que diversifiquen la economía. Este sector tiene que medir su éxito incorporando también su contribución a los retos globales a que nos enfrentamos.

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y Premio Internacional Catalunya, habla del 'capitalismo progresista': la economía del siglo XXI necesita una ecología rica y un equilibrio entre gobierno y sector privado con la implicación de la sociedad civil, instituciones como la universidad, el cooperativismo y las oenegés. En definitiva, hay que estructurar una colaboración público-privada para las personas.