Opinión |
El trasluz

Hijo de Ikea

Me aterra decepcionar, no sé por qué, quizá soy de verdad un adoptado metafísico y temo que de un momento a otro me pongan de patitas en la calle

Juan José Millás

Juan José Millás / José Luis Roca

Juan José Millás

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Mi hermano Ricardo ha perdido un poco la cabeza y hace cosas que no debería. Se presenta, por ejemplo, en casa sin avisar para repetir una broma que él y el resto de mis hermanos me gastaban cuando éramos pequeños: la de que yo era adoptado. A mí no me ofendía porque siempre quise ser adoptado. Tenía la fantasía de ser en realidad hijo de unos millonarios suecos que tarde o temprano vendrían a rescatarme de la situación en la que había caído. Todavía los aguardo. No obstante, fingía sufrir porque era la respuesta que los demás anhelaban. Me he pasado la vida reaccionando como los demás esperaban de mí, por no decepcionarlos. Me aterra decepcionar, no sé por qué, quizá soy de verdad un adoptado metafísico y temo que de un momento a otro me pongan de patitas en la calle. Entiendo por adoptado metafísico aquel que está fuera de lugar en todas partes. Me porto bien allá donde voy para que no se den cuenta.

Pero lo de mi hermano Ricardo había empezado a cargarme, de modo que lo invité a pasar, le ofrecí un café y luego le dije:

-Sé que soy adoptado. Lo he sospechado siempre, pero es que además papá me lo confesó en su lecho de muerte.

Ricardo se quedó desconcertado. No esperaba aquella reacción tan civilizada por mi parte.

-¡Pero si era una broma, hombre! -exclamó.

-De broma, nada. Ya te digo que me lo confesó papá poco antes de fallecer. También me dijo que yo era, paradójicamente, el hijo que más satisfacciones le había dado. 

-¿Te dijo algo de mí? -preguntó inquieto.

-No, no me habló de nadie más.

Ricardo se tomó el café y preguntó si se podía quedar a dormir. Le dije que no, que teníamos la habitación de invitados ocupada y que además a él lo esperaba en casa su mujer.

-¿Mi mujer? -preguntó.

A veces se olvida de que está casado y tengo que ponerlo al día de su situación. Al despedirnos, ya en la puerta de casa, me preguntó si sabía quiénes eran mis verdaderos padres.

-Los fundadores de Ikea -le respondí.

-Ya -dijo-. Algo me suena de haberlo escuchado en casa.

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