Opinión |
Limón & vinagre

Massiel, el derecho a hablar

Quien se atrevió a hablar cuando la mayoría callaba se ha ganado el derecho a decir lo que le dé la gana

Massiel.

Massiel.

Emma Riverola

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“Porque no soy fascista”, espeta la joven. La respuesta tiene poco que ver con la ligereza actual. Está lanzada en plena intemperie. En la televisión pública –la única– de 1973. El régimen de Franco agoniza lentamente. El sector más extremista y violento de la dictadura, el ‘búnker’, presiona para no dar un paso atrás. Las cárceles están abarrotadas de opositores, en las comisarías se tortura y las ejecuciones siguen a la orden del día. Y allí está ella, engalanada con collares de bisutería que tintinean en cada movimiento, destilando inteligencia y desafío en cada respuesta, y con una sonrisa que desarma y apunta.

Estos días ha vuelto a circular la entrevista censurada a Massiel. Nunca llegó a emitirse. Al director general de RTVE del momento, Adolfo Suárez, se le atragantó la grabación. El programa tenía formato asambleario. Veinte personas, supuestamente elegidas al azar, sometían al invitado a un bombardeo de preguntas. Y Massiel respondió: defendió la píldora anticonceptiva y el divorcio, alabó a Miguel Hernández y se identificó “ideológicamente” cercana al dramaturgo marxista Bertolt Brecht, a quien interpretaba. Y no, no era fascista. Entonces, la cantante tenía 25 años, pero no había restos de ingenuidad o ignorancia en sus palabras. Sabía muy bien lo que el régimen podía hacer en contra de su carrera.  

La imagen de María de los Ángeles Félix Santamaría Espinosa (Madrid, 1947), bautizada como Massiel por su profesor de ballet, quedará por siempre ligada a la de aquella joven de 21 años, con vestido minifalda, que combinaba dulzura y poderío con su ‘La, la, la’ eurovisivo. Recambio de última hora de Serrat, cosechó un insospechado triunfo y regaló unas dosis de autoestima a un país en blanco y negro. El franquismo trató de convertirla en su rostro más amable y juvenil, pero Massiel ya era mucha Massiel. 

Cuando ganó Eurovisión, la cantante no era una desconocida. Acababa de hacer una gira de conciertos de tres meses por Latinoamérica –uno de ellos gratis en la Cuba de Fidel Castro para conocer la revolución– y ya había cosechado el éxito con la mítica canción ‘Rosas en el mar’, de Luis Eduardo Aute. Pero su negativa a ser utilizada por el franquismo la condenó a un año de ostracismo. Entonces, no aparecer en TVE era no existir. De aquellos días, la cantante tiene una memoria de renuncias. El país, la familia, un amor insostenible y los cánones de la época trenzaron una situación de asfixia e impotencia que la llevaron al límite, hasta llegar a perder la voz. Al fin, ante la presión de su discográfica, escribió una carta de su puño y letra a Manuel Fraga Iribarne, entonces ministro de Información y Turismo. Las puertas de la televisión pública volvieron a abrirse.

Derroche de pasión, apisonadora, torrente… Abundan estos calificativos para hablar de Massiel. Sus amigos la llamaban la ‘tanqueta de Leganitos’. Sobrada de voz, coraje y talento, su recorrido profesional la señala como una de las grandes, marcado por la curiosidad de los nuevos retos. Desde rancheras a canciones de Juan Pardo o Pablo Milanés. Desde poemas de Brecht al teatro de musical. Más de 50 discos grabados e interpretaciones arrolladoras como en ‘Follies’, mítico espectáculo de Broadway dirigido por Mario Gas en el Teatro Español en 2012. Y ese fue el momento, en pleno éxito, cuando decidió dar carpetazo a su vida profesional. Llegó la jubilación voluntaria, que no el silencio. 

Massiel sigue asomándose a los platós de televisión, callando lo que le da la gana y hablando sin freno cuando le apetece. Elige las palabras y los programas (los honorarios no son ajenos a esa elección, como ella misma reconoce). Lo suyo no son los disimulos, tampoco las etiquetas. Regala titulares y cuenta batallas –que no batallitas– de una vida inevitablemente unida al devenir del país. Es transparente. Y tanto exhibe alegría como destila tristeza (llegó a declarar que quería morir por problemas de salud) o dispara cuando hace falta. Habla de los hombres que amó y de las amistades que llenaron su vida: “La gente más lista, más culta y más graciosa del país”, como Aute, José Luis Cuerda, Antonio Gasset o Patxi Andión. Después de una vida que se comió a bocados, ha llegado la calma. Y tanto relata anécdotas de los nietos y su perro, como reflexiona sobre una soledad que acoge sin reparos. Al fin, quien se atrevió a hablar cuando la mayoría callaba, se ha ganado el derecho a decir lo que le dé la gana.  

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