APUNTE

Un chasco para recordar

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Luis Enrique, durante el duelo de España ante Marruecos en Doha.

Luis Enrique, durante el duelo de España ante Marruecos en Doha. / Europa Press

No suelen superarse eliminatorias del Mundial como si fuera un paseo por un zoco. Salvo si eres Brasil, claro. Si eres Brasil puedes salir a jugar con indumentaria para ir a una pista de samba. Pero España no es Brasil. Casi nadie es Brasil. A cualquiera le cuesta ganar en la fase de grupos y en las eliminatorias ya no hay ovejas, solo lobos. Los matices deciden quién se va y quién se queda. A veces un matiz decisivo es un fuera de juego pitado por un milímetro. A veces lo es un poste en el último minuto de una prórroga. Y a veces son los penaltis. España se vuelve a casa y una forma muy personal de conducir la selección, la de Luis Enrique, ha pinchado y pronto se sabrá si ha terminado.

Siga o no, Luis Enrique ha puesto en el escaparate a una serie de jugadores jóvenes sobre los que reconstruir una nueva etapa en el combinado español. Lo ideal sería encontrar uno de esos delanteros desbordantes de talento que va con el abrelatas en el bolsillo. Ante Marruecos habría hecho falta. Pero no abundan en la Liga, tampoco en el mundo, y la fuerza del grupo no fue suficiente, como sí lo fue en la última Eurocopa, en la Liga de Naciones o en la fase de clasificación del Mundial. Esta vez el asturiano y su modelo hicieron aguas cuando invitaban a soñar en una larga travesía.

En la decepción Luis Enrique intentó ser didáctico. «Hay que aprender a perder, los niños deben hacerlo, independientemente de si mereces perder o no». Lo cual está muy bien para la vida, pero en el fútbol un chasco en un Mundial deja marca (nada grave) en los recuerdos infantiles. Y esos recuerdos dirán un día que hubo altas expectativas incumplidas. Prometía la selección una participación chispeante en Qatar, a imagen y semejanza de la exuberante personalidad de Luis Enrique. Pero entre su discurso y lo que se vio sobre el césped se abrió en general una distancia oceánica. El juego no alcanzó al verbo. 

Un espejismo

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El combinado español se supo agarrar a la mayoría de encuentros, cierto. Siguió un guion muy preciso y dio la cara, pero en casi todos le faltaron cosas. Solo cabe recordar un dato: en Qatar, España solo ha sido capaz de ganar uno de sus cuatro partidos. La goleada ante Costa Rica acabó convirtiéndose en un espejismo en el desierto. 

A partir de ahí, de esa exhibición, vino un partido bueno a medias ante Alemania, uno muy flojo ante Japón y otro insípido en octavos. Ante Marruecos, el equipo careció de destreza, de osadía, de desmarques, de que el balanceo incesante del balón encontrara alguna línea vertical y en consecuencia de más remates a portería. España hizo del pase un ejercicio hipnótico, pero para sí mismo. No cabe descartar que los jugadores llegaran a los penaltis mareados de dar tantas vueltas a la pelota. Toca asimilar la frustración de que España no es el lobo que se creía. Y a los niños cabe informarles de que salvo del 2008 y al 2012, nunca lo ha sido.