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Pagos que no son lo que parecen

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Artur Mas y David Madí, en el 2010.

Artur Mas y David Madí, en el 2010. / FERRAN NADEU

Una empresa puede pagar lo que estime oportuno a sus proveedores. El mercado es libre. La emisión de facturas por servicios que no se han prestado ya puede considerarse un fraude, como mínimo fiscal, pues puede ocultar pagos con otra finalidad. Cuando en un lado de esas contrataciones -ya calificadas como fraudulentas por Hacienda- hay empresas adjudicatarias de concesiones públicas y en el otro, personas y empresas vinculadas a las campañas electorales de una formación política, entonces la cosa se empieza a complicar. El gran Jesús G. Albalat ha desmenuzado en EL PERIÓDICO tres informes conjuntos de los Mossos y la Guardia Civil -aquí nadie podrá hablar de 'law fare'- en los que en un lado están empresas destacadas del Ibex (Telefonica, Indra, Gas Natural, T-Systems) y en el otro la productora Triacom y sus pagos a las empresas de David Madí, el que fuera mano derecha de Artur Mas en la campaña electoral del 2010, justo en los albores del 'procés'. El núcleo del asunto son los contratos del Centre de Telecomunicacions de la Generalitat (CTTI) que adjudicó a Telefónica (640 millones), T-Systems (420 millones) e Indra (44 millones) y los pagos de estas compañías al entramado que las policías vinculan con la financiación de CDC (Telefónica 2,9 millones, T-Systems 735.000 euros e Indra 203.000). Estamos ante una investigación bajo tutela judicial. No hay que presuponer nada más que lo evidente: hay una amalgama de relaciones que pueden acabar resultando lícitas o ilícitas. Los tribunales dictaminarán.

Todo esto ocurrió entre 2009 y 2013. Coinciden estos días diversos hechos vinculados a aquellos años. El caso Mercuri que afecta a un alcalde socialista de Sabadell cumple una década, las tropelías de los hijos de Pujol reverdecen con el reportaje 'La sagrada familia' de HBO y ahora esto de la etapa de Artur Mas. La corrupción no es un mal nuevo en la historia de la humanidad. Lo que más sorprende es la sensación de impunidad con la que actuaban todos. Posiblemente, y entre otras cosas, porque el retrato que colgaba aquellos años en las salas de justicia ha resultado ser el de un hombre de la misma calaña, como explica Corina del rey emérito. El problema, nunca nos cansaremos de repetirlo, no es principalmente la corrupción sino la impunidad. Por eso, aun a riesgo de no acertar, la responsabilidad de los medios es ponerla en evidencia aunque el juicio solo puede ser de los tribunales.