Artículo de Verónica Fumanal Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Sedición: tres años y tres actores

La voluntad política de PSOE, UP y ERC ha cambiado radicalmente el clima político, institucional y social en Catalunya

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Pere Aragonès y Pedro Sánchez.

Pere Aragonès y Pedro Sánchez. / ALBERTO ORTEGA / EUROPA PRESS

La reforma del delito de sedición ya está en marcha y las mismas voces que clamaron por la traición a España a causa de la concesión de los indultos han puesto el grito en el cielo. Por sorpresa no ha cogido a la opinión pública, en el mismo debate de investidura Sánchez ya lo anunció como uno de los compromisos de la legislatura y helo aquí. El debate jurídico lo reservo para los expertos y expertas juristas, de lo que se va a tratar aquí es de la política que subyace en esta medida y de la coyuntura que la propicia.

Octubre de 2019: se anuncian las sentencias a los líderes del ‘procés’, se producen cinco días de altercados en las calles de muchas ciudades en Catalunya, el orden público y la paz social son imposibles de garantizar por parte de las fuerzas policiales, que se ven absolutamente desbordadas. Tres años después, la voluntad política de tres actores políticos fundamentalmente, lo que en un artículo llamaba las fuerzas centrípetas ‘posprocés’, PSOE, UP y ERC, ha cambiado el clima político, institucional y social radicalmente en Catalunya. Normalidad, la palabra más ansiada por una sociedad que hace tan solo tres años estaba rota y que hoy está más cansada de pelearse que de otra cosa.

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Los republicanos han conseguido zafarse del chantaje de los vestigios del ‘procés’, JxCat, una amalgama que no llegaba a partido político y que tenía sentido durante los años de manifestación y desafío al Estado. Nació al albur del victimismo que le propiciaba un Partido Popular en el Gobierno de España que no comprendía la diversidad de este país y del querer dejar en el pasado remoto la corrupción de CiU que hoy les persigue. Pere Aragonès le ha echado valentía política y sin dejarse chantajear, so pena de dejar de ser un partido indepe, les dejó ser devorados por las mismas bases radicalizadas que les permitieron crecer. 

El gobierno de PSOE y UP está tratando de hacer una política restaurativa de los errores que también se cometieron durante el ‘procés’ por la parte del Gobierno de España. Tomar en serio a ERC como un socio del gobierno, los indultos y ahora la reforma de la sedición forman parte de ella. Y al albur de la situación en la que nos encontramos tres años después podemos decir que están siendo útiles, no para contentar al independentismo, que nunca se contentará con nada distinto a un referéndum para la independencia, sino para la sociedad catalana que no entendía la narrativa de un gobierno que no respetaba la cuestión diferencial.

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Resulta tremendamente preocupante que algunos partidos que gozaron de los réditos del ‘procés’ a un lado y otro del eje nacional-independentista continúen en la dinámica centrífuga a pesar de saber qué consecuencias políticas, económicas y sociales produjo. La reforma de la sedición es como los indultos, afecta a muy pocas personas directamente, pero beneficia a otras muchas de forma indirecta. Las condenas a los líderes del ‘procés’ están ya en los libros de historia, son inamovibles; sin embargo, la condena de la sociedad catalana puede enderezarse para encauzarla hacia la articulación de la pluralidad por medio de la democracia, lejos de la violencia callejera, de la alteración del normal funcionamiento del parlamentarismo y, como pasa ahora, de la discrepancia dentro del cumplimiento de la ley.

La coyuntura propicia el acuerdo político para la reforma de la sedición. En estos momentos, no hay riesgo de que se rompa España, lo que está roto es el independentismo político y en declive su apoyo social. Que esto da aire a un ahogado Feijóo, puede ser, sin embargo, se agradecería una oposición que trabajara para evitar otra alteración del orden constitucional como la que se fraguó mientras ellos estaban en el poder, porque aquello fue la máxima expresión del fracaso de la política. Sin embargo, su posición actual, más empeñado en azuzar el fuego que en calmar las aguas, no solo demuestra la instrumentalización política de la cuestión territorial, sino el futuro que nos espera cuando vuelvan a estar en el gobierno, como pasó con Rajoy y Aznar.