GOLPE FRANCO

Aquellas lágrimas de Leo Messi

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Leo Messi, en la rueda de prensa en la que se despidió del club.

Leo Messi, en la rueda de prensa en la que se despidió del club. / Jordi Cotrina

Haría falta un psicólogo, o un psiquiatra, en ambos casos argentino, para entender de veras qué hizo llorar a Lionel Messi cuando, hace cerca de dos años, al final de una temporada y al principio de la otra, se despidió del Barça un sábado que pasó a la historia como un drama singular de la industria del fútbol.

A quienes profesamos la misma religión azulgrana nos amargó la vida la marcha a las tinieblas de París del futbolista que más queríamos. Pero había en aquella puesta en escena triste de su despedida algo que llamaba la atención, pues a las lágrimas sucedió, en la cara y en los gestos de nuestro héroe, un cierto estado de euforia del que no teníamos derecho a deducir nada, pero sí era posible sospechar sobre la naturaleza verdadera del llanto: ¿por qué había llorado para estar tan seco a continuación? ¿A qué venía después del crujir de dientes aquella súbita manera de celebrar el adiós como una liberación tras una época que al parecer le resultó aciaga? ¿Es que el equipo que le dio la vida de pronto ya no le daba sino disgustos?

Desde que se fue Kubala yo no había tenido aun disgusto parecido con relación a la pasión que desata la admiración por un futbolista. Comprendía que la directiva, que entonces dependía de un presidente que no me causaba ningún crédito, Bartomeu, no era de fiar, y comprendía que no lo fuera tampoco para la familia de Messi. Pero, ¿fue tan solo la gestualidad torpe del entonces presidente la que irritó a esa familia? ¿Por qué aquel desaguisado no lo pudo arreglar el que luego ha fichado a Lewandowski, que por otra parte asistió estólido a aquella exhibición de sentimientos contradictorios expresados por la cara del mejor futbolista de nuestro tiempo?

Crujido de lamentos

¿Qué pasó para que, al fin, hubiera un crujido de lamentos que nos afectó a tantos y que costó al Barcelona uno de los periodos más lamentables de su vida de gloria y altibajos? El Mundo ha tenido acceso a esa historia, que ha contado con documentos que permiten ir al detalle de las relaciones entre Bartomeu y los Messi. El más significativo de esos instrumentos que llevan a dar un vuelco a las sospechas que habíamos mantenido es el conocimiento de que la familia había requerido a la entidad azulgrana que el jugador se fuera pagando 10.000 euros por una cláusula de rescisión que antes era de setecientos millones de euros. Tanta diferencia genera muchas dudas sobre el amor que transmiten las lágrimas. 

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Puede interpretarse ahora, con todos los detalles de los documentos aportados por el diario, que esa fue la diferencia que no pudo soportar el padre de Messi, llevado por ello a dirigir el timón del hijo a las arenas de París. Lloramos con él, disfrutamos con él, consideramos que quizá, algún día, la diosa del fútbol lo devolvería a Barcelona, ya como futbolista, ya como miembro de honor de sus glorias, para que nuestra vejez (e incluso la suya) tuviera los mismos colores que tuvieron sus éxitos de niño. 

Recientemente le pregunté a alguien que sabe, porque se rumoreó que se estaba preparando ese reembarco: “¿Volverá Messi?” Esa persona de la que quise saber una respuesta mejor dijo sin pensarlo sino una vez: “No”. No, ¿para qué más adjetivos que la palabra No para cerrar una etapa en la que fuimos tan felices antes de ser tan melodramáticos? Una lágrima cayó en la arena, como dice la canción.