Artículo de Joaquim Coll Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Por suerte aún no hay elecciones

El debate en el Senado entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo fue decepcionante porque no se confrontaron propuestas ni modelos energéticos y sobraron las descalificaciones mutuas

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Por suerte no hay elecciones

Por suerte no hay elecciones

“Si el domingo hubiera elecciones ganaría el PP, pero el domingo no hay elecciones”, declaró Alberto Núñez Feijóo pocas horas antes de afrontar el cara a cara en el Senado con Pedro Sánchez a cuenta del debate energético. El líder de los conservadores es consciente de que los buenos resultados demoscópicos presentes no garantizan el éxito futuro, más aún cuando falta tanto tiempo para las elecciones generales. A su favor tiene que la diferencia con el PSOE en las encuestas es todavía importante, y que respecto a las muletas sin las cuales ninguno de los dos partidos podría gobernar, Vox y Unidas Podemos, respectivamente, la fortaleza electoral de la extrema derecha es mayor que la de una candidatura que supuestamente encabezará Yolanda Díaz, que está todavía por hacer. Sin embargo, la mayor debilidad para Feijóo es que, o bien suma mayoría absoluta con el partido de Santiago Abascal, o lo tiene muy complicado para llegar a la Moncloa, excepto que el castigo al PSOE fuera tan considerable que le impidiera ligar otra mayonesa de apoyos para una nueva investidura de Sánchez. 

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Por su parte, el presidente del Gobierno tiene como principal reto sacar a su electorado del sopor en el que se encuentra. El instrumento es la larga campaña electoral que ya ha empezado. Pero no lo tiene fácil, porque la elevada inflación va a castigar a todos los gobiernos europeos y, aunque España no entre en recesión, en otoño e invierno pintan bastos. A su favor tiene que su Ejecutivo fue el primero en Europa en pedir la reforma del mercado energético para que el gas no determine el precio de todas las fuentes de energía. Pese a la posición contraria de las grandes compañías, Sánchez arrancó a Bruselas la “excepción ibérica”, modelo que ahora la Comisión propone extender al conjunto de la Unión porque, tras dos meses de prueba, el precio por megavatio hora que se paga en Francia, Alemania o Italia es casi tres veces más que en España. Por tanto, el líder socialista puede exhibir iniciativa y capacidad de obtener reformas, aunque no todo le salga bien. El fracaso del proyecto Midcat es otra prueba más de que el europeísmo de Francia se limita demasiadas veces a sus propios intereses. 

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Ahora bien, el debate en el Senado fue decepcionante porque no se confrontaron propuestas ni modelos energéticos y, en cambio, sobraron las descalificaciones mutuas. No fue tampoco propiamente un cara a cara, porque el presidente del Gobierno disponía de un tiempo ilimitado y el senador Feijóo, no. Sánchez aprovechó esa ventaja para sacarle los colores por sus incoherencias, cuestionó duramente su solvencia como gestor y criticó la mala fe de las críticas hacia él y su Gobierno. Pero en energía no quedó claro si hay diferencias de fondo. Ninguno expuso con datos cuál es su modelo energético a largo plazo. Llamó muchísimo la atención el poco rigor con que ambos abordaron la cuestión de la energía nuclear. Sánchez despachó el asunto rápidamente porque está en contra, sobre todo una parte de su Gobierno, empezando por la vicepresidenta Teresa Ribera. Explicó que el cierre previsto de las nucleares no es para pasado mañana y que, por tanto, no incide en la crisis actual. Eso es cierto, pero también es verdad que España se va a convertir en una excepción mundial en el rechazo a esa energía. Y para afrontar la transición energética y luchar contra el cambio climático necesitamos una visión de largo recorrido. Ahora mismo, en el mundo hay un renacimiento de la energía nuclear como parte de la solución. Más de 30 países han anunciado en los últimos meses la construcción de 429 nuevas centrales, dejando atrás un prejuicio que no se sostiene en argumentos científicos sino en prejuicios ideológicos. Sánchez esquivó el tema y recurrió al socorrido argumento de que construir un nuevo reactor requiere años. También es verdad, pero por desgracia los retos ecológicos no se acabarán en 2030. Por su parte, Feijóo introdujo el tema con desgana y casi afirmó que no le gustaba la energía nuclear. Apuntó el error de los cierres previstos, pero sin exponer ninguna razón de por qué no podemos dar la espalda a esa energía para acompañar a las renovables, y del error que significa apostarlo todo al gas, medioambientalmente mucho más dañino. En fin, afortunadamente el domingo no hay elecciones.