Sequía e inflación Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El último verano

Parece que el fin del mundo aguarde en septiembre, pero carreteras, terrazas y hoteles han colgado el cartel de completo

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El último verano

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Bajas al supermercado a por jabón para la lavadora, una cuña de queso y cuatro pijadas más y, pumba, un sablazo de 30 euros al monedero. La inflación pica más que un chile jalapeño. Ya se ha encumbrado hasta el 10,8%, su nivel más alto desde 1984, cuando el país se encontraba inmerso en plena reconversión industrial de altos hornos y astilleros. En 1984, por cierto, también murió Richard Burton y se descubrió el inmenso agujero de Banca Catalana (algunos años salen pepino, como los melones). Parece que el fin del mundo aguarde en septiembre, a la vuelta de la esquina, pero carreteras, terrazas y hoteles han colgado el cartel de completo, como si no hubiera un mañana. Tal vez por eso. El deseo ferviente de vacaciones sin mascarillas ni restricciones ha juntado tres veranos en uno, con un derroche de energía ciego, febril, casi adolescente. Ahora o nunca. Un carpe diem colectivo, y en otoño ‘on verra’. Pinta el panorama económico tan feo que ya han bautizado el que nos ocupa como «el último verano».

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Sin embargo, de entre todas la plagas que nos atenazan, la que más me tortura en este preciso momento es el cambio climático, esta sequía obsesiva que mantiene el mapa meteorológico como una fuente de huevos fritos con la yema radiante. Amaga con llover y, nada, al final cae una meada de gato. Escribo desde Andalucía, desde el paisaje de mi madre, en el último pueblo de la provincia granadina antes de pisar Jaén. Ya no regresaremos juntas; me asombra la serenidad con que lo enuncia. Calor de horno. A mediodía, husmeamos las sombras como perros apaleados. Un verano salvaje, como pocos. Cuando cae la tarde y se puede respirar, me monto en el todoterreno de Manolo, mi tío segundo —o sea, uno de los primos de mi madre—, para subir al monte a contemplar los olivos que todavía conserva la familia. Aquí hablan de cuerdas en lugar de fanegas. Las zarzas que bordean el sendero cuesta arriba deberían estar ahora mismo cuajadas de moras jugosas, pero las cubre un polvo reseco y tupido como el terciopelo. Hasta las cactáceas se han achicado. Las cigarras chirrían en coro catedralicio. Bastaría una chispa minúscula para desatar el Armagedón, como en Zamora. Bosques descuidados. Sangría demográfica. Y se llenan la boca con el blablablá de la España vaciada. ¿Dónde están los rebaños que limpiaban los matojos? Me gusta escuchar a Manolo. Tiene un nombre para cada cosa en estos campos que tanto ama. Me cuenta que la cosecha de aceituna se viene atroz: en mayo, una ola de calor inusitado de 40 grados desbarató las flores de los árboles y, como no ha llovido desde entonces, las olivas se han quedado pequeñas, del tamaño de una uña. Aquí el aceite es el único oro. Y las peonadas están bajísimas, a 40 euros por siete horas de doblar el espinazo bajo un sol de hierro al rojo.

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Anoche vi a la única tía abuela que me queda, la tita Elena. «Ya no te veré más», me dijo al abrazarme.

De repente, el último verano.