Artículo de Carol Álvarez

Viajes en autobús y ocio sin mascarilla

Las mascarillas brillan por su ausencia en el transporte público pese a que son obligatorias, como si taparse la boca no formara parte del 'look' del verano de ocio y turismo

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Viajes en autobús y ocio sin mascarilla

Sylwia Bartytzel | Unsplash

Volvieron (ahora sí) los turistas a la ciudad, de igual forma que volvimos nosotros a los aeropuertos y a colgar en instagram fotos de escapadas a las islas que no son de nuestros yo de antes, son de ahora. Son de los fines de semana que alargamos, de los viajes que arrancan horas de sueño para movernos, por fin, físicamente, y no solo a través de la memoria y del internet de Zoom profiláctico ante el covid. Circula el dinero, hay gasto y negocio, hay también más alegría del fin de etapa y de ilusiones renovadas.

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La imaginación ya se ha hecho realidad y viajamos también, de pronto, en el autobús al trabajo rodeado de extranjeros cargados con maletas que se dirigen a un hotel o un piso turístico. O volvemos a casa ya de noche en un vagón codo con codo con visitantes de festival, bermudas, piel enrojecida del día, ojos brillantes y muy ruidosos, como somos y hemos sido relajados y sin preocupaciones.

Hemos pasado en el periodo de tres años de temer al otro solo porque se acercara a un metro de distancia y con mascarilla al contacto con los conocidos primero, a la aventura esporádica de los actos multitudinarios luego, y ahora, a las burbujas con los extraños que son bombas víricas en potencia, de risas que salpican y toses de covid. Si el test de antígenos te cuenta en privado tu carga de virus, la tos ha quedado como la huella Deluxe del enfermo que transita entre nosotros, o al menos un recuerdo que te dejó en la garganta el beso del covid. Esta inmunidad de rebaño hacia la que avanzamos a toda velocidad cruza océanos y autopistas, y los laboratorios ya agotan las combinaciones de letras y números para etiquetar las cepas que han aterrizado entre nosotros. 

El covid nos golpeó en pleno auge de la turismofobia y convirtió las ciudades en aquello que solo alcanzábamos a imaginar en sueños, plazas desiertas, monumentos accesibles, niños jugando en la calle, trinar de pájaros y hasta menos polución. Pero aprendimos aquello de cuidado con lo que deseas, porque la cara amarga del paro, de las vidas limitadas y sin ilusión enseguida enseñó su rostro, y la vuelta de los primeros turistas fue un alivio. 

Pero lo de las burbujas de virus con ruedas que en que hoy se ha convertido el transporte público ya es otro asunto. Las mascarillas brillan por su ausencia pese a que son obligatorias. Es como si taparse la boca no formara parte del 'look festivalero o vacacional, del pack de ocio “esta noche salgo a divertirme” .  Uno está dispuesto a cargar con una mochila y botella de litro de agua durante horas, pero el pedazo de mascarilla en la cara… ni se ve ni se espera. 

Alza de contagios en mayores

Las visitas a la atención primaria en Girona, refugio turístico y de segundas residencias por excelencia, han aumentado un 34% en una semana con la cifra más alta en tres meses, y son los mayores de 60 años los que más se han disparado. Y tras el efecto del largo fin de semana de la verbena de Sant Joan la tendencia no habrá mejorado. Ya parece lejana aquella precaución hacia la gente de más edad, con constituciones más débiles, ante la posible transmisión del coronavirus. 

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Los expertos nos contaron que la mascarilla en un uso prolongado dificulta que el organismo desarrolle mecanismos de defensa y de inmunidad, como vimos en muchos niños que acabaron sufriendo enfermedades respiratorias después de retirarles la mascarilla. Pero lo que estamos aprendiendo en el día a día, es que la burbuja de seguridad se ha evaporado sin más, que enfermar es inevitable.

Solo nos queda el civismo de intentar no contagiar a los demás y recuperarnos pronto con el descanso y los cuidados médicos que nos correspondan. Y eso no tendría que ser incompatible con el ocio y el turismo.