Opinión |
La campaña militar (47) | Artículo de Jesús A. Núñez Villaverde

Kaliningrado, ¿un nuevo frente? | El análisis de Jesús A. Núñez Villaverde

A la vista de su pobre rendimiento en una invasión que, cuatro meses después de su inicio, no ha logrado ninguno de los objetivos en Ucrania, Rusia ha quedado retratada como una maquinaria militar incompetente

Un pueblo alemán en la región de Kaliningrado.

Un pueblo alemán en la región de Kaliningrado. / periodico

Jesús A. Núñez Villaverde

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Tras su conquista al final de la Segunda Guerra Mundial y durante toda la Guerra Fría el enclave ruso de Kaliningrado, y por extensión el corredor Suwalki, estuvo siempre presente en los planes militares tanto de la OTAN como de la URSS. Y hoy, cuando Estonia denuncia que helicópteros rusos han entrado en su espacio aéreo y Lituania ha decidido, en el marco de las sanciones aprobadas contra Rusia, que bloquea el tránsito por ferrocarril de algunos productos rusos hacia ese territorio, la temperatura no hace más que aumentar. De momento Moscú ya ha amenazado a Vilna con “graves consecuencias”, reforzando una dinámica que podría desembocar en la apertura de un nuevo frente militar, más allá de Ucrania.

A primera vista podría parecer un territorio irrelevante, con apenas un millón de habitantes en sus 15.000 kilómetros cuadrados y unos 200 kilómetros de costa, encajonado entre Polonia y Lituania. Pero, visto desde Rusia, Kaliningrado es, sobre todo, una garantía de acceso a aguas cálidas, una histórica prioridad estratégica para un país que apenas dispone de puertos en esas condiciones durante buena parte del año. Es, además de una puerta comercial muy importante tanto para Rusia como para Bielorrusia, un claro activo militar, tanto por sus instalaciones para la flota rusa del mar Báltico como por sus baterías de misiles Iskander, con capacidad nuclear y algo más de 400km de alcance. Y su peso no hará más que crecer para Moscú tras el ingreso de Finlandia y Suecia en la Alianza Atlántica, lo que convertirá prácticamente al mar Báltico en un lago de la OTAN.

En términos objetivos Kaliningrado no queda aislado de Rusia, dado que los enlaces marítimos directos siguen completamente abiertos, especialmente desde San Petersburgo, y los terrestres solo afectan a las personas y bienes que la Unión Europea ha decidido sancionar. Eso significa que carece de base la acusación rusa de que Vilna ha violado el Acuerdo de Colaboración y Cooperación, de 1994, y la Declaración Conjunta de 2002 sobre el tránsito de mercancías, puesto que no ha adoptado ninguna decisión unilateral al margen de lo determinado por Bruselas. En todo caso, es previsible que Rusia decida tomar algún tipo de represalia, aumentando aún más las incursiones aéreas y marítimas en aguas de los países aliados de la región y desplegando más medios militares en el enclave, así como que se muestre aún más asertiva en relación con los tres países bálticos, tratando de poner a prueba la voluntad de apoyo de la Unión y de la OTAN a esos países.

Mucho más improbable es, sin embargo, que Moscú decida abrir un nuevo frente militar en la zona, tratando, por ejemplo, de controlar el corredor Suwalki, en territorio polaco, que dejaría a las tres repúblicas bálticas desconectadas. Una medida de ese tipo significaría, con Polonia como primer afectado, una confrontación militar con un país de la OTAN; lo que, junto a lo que pudiera afectar a los tres países bálticos, elevaría el conflicto a una dimensión en la que Rusia no puede racionalmente verse implicada. A la vista de su pobre rendimiento en una invasión que, cuatro meses después de su inicio, no ha logrado ninguno de los objetivos en Ucrania, Rusia ha quedado retratada como una maquinaria militar incompetente, frenada por un ejercito ucraniano potencialmente inferior tanto en recursos humanos como materiales. En esas condiciones, abrir un nuevo frente supondría aceptar la derrota en Ucrania y empantanarse en otra trágica desventura de la que no podría tampoco salir victoriosa.

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