Artículo de Elena Neira Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Por qué triunfan las series basadas en hechos reales

Las historias de este tipo han dejado de ser feudo de las 'tv movies' de sobremesa para convertirse en una de las grandes apuestas de la ficción televisiva reciente

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Por qué triunfan las series basadas en hechos reales

“Esta es una historia real. Los acontecimientos descritos en esta película ocurrieron en Minnesota en 1987. A petición de los supervivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto se ha relatado tal y como ocurrió”. Así arranca 'Fargo' (1996), una de las películas más aclamadas de los hermanos Coen. Un contundente preludio para una historia sobre el delirante secuestro de una mujer, instigado por su propio marido, que causa tanta risa como estupor. No tardó en trascender que todo era mentira. Los Coen nunca se molestaron en aclarar si el recurso al “basado en hechos reales” fue una estrategia de marketing o una simple broma. Puede que ni siquiera importe. La fórmula es tan emblemática que hasta la adaptación a miniserie del filme ha abierto cada temporada con el famoso “esta es una historia real”. 

Las historias basadas en hechos reales han dejado de ser feudo de las 'tv movies' de sobremesa para convertirse en una de las grandes apuestas de la ficción televisiva reciente. En los últimos meses ha habido un verdadero aluvión de estrenos en esta línea. Series inspiradas en acontecimientos reales, con protagonistas de lo más diverso: emprendedores famosos ('The Dropout', 'WeCrashed', 'Superpumped'), estafadoras ('Inventing Anna'), empresarios corruptos ('Dopesick'), periodistas ('Tokyo Vice'), aristócratas perversos ('A Very English Scandal'), famosos pasados de vueltas ('Pam y Tommy') y, por supuesto, (presuntos) asesinos ('The Staircase', 'The Thing About Pam', 'Candy', 'The Girl From Plainville'). 

Para que un relato funcione es necesario que, como espectadores, estemos dispuestos a realizar lo que el filósofo Samuel Taylor Coleridge definió a finales del siglo XIX como “suspensión voluntaria de la incredulidad”. Básicamente, lo que Coleridge dijo es que si queremos entrar en una historia es necesario que aparquemos nuestra incredulidad, para así aceptar cosas que respondan a unas normas distintas a las nuestras. Gracias a ese compromiso (creer en la historia que te van a contar) uno puede aceptar universos con hombres que vuelan, las historias de vampiros perfectamente integrados en la sociedad o que existan parques temáticos poblados por androides capaces de desarrollar algo parecido a la conciencia. Aunque imposible, lo crees porque aceptas creerlo, pero también porque el creador ha desarrollado recursos para que sea coherente. 

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Se atribuye a Aristóteles aquello de que es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil. Y es en el terreno de esta segunda premisa en el que juegan los hechos reales. La realidad juega en otra liga. Es compleja y desordenada. No siempre opera en un entorno con cierta lógica. Al contrario, con frecuencia no tiene sentido y requiere ciertas 'licencias' que alteran la historia por motivos dramáticos y la ponen bonita. Pero tiene una suerte de mecanismo compensatorio: sucedió. En un mundo saturado de ficción, que replica una y otra vez fórmulas ya manidas, la fascinación por lo real se ha convertido en un recurso muy socorrido para un espectador cada vez menos impresionable. Esta nueva hornada de ficción basada en hechos reales juega a desafiarnos. Nos fuerza a ponernos en el lugar de sus protagonistas, a encontrar razones, a preguntarnos si habríamos reparado en algo que los demás parecieron ignorar, si habríamos sido conscientes de la trampa que teníamos delante o si nuestra ceguera habría dejado que los demás se saliesen con la suya.  

Además de cierta dosis de morbo, es imposible no ver en todos estos relatos una suerte de versión adulta de los cuentos con moraleja. De niños pequeños recibimos la información sobre los peligros de la vida a través de los ojos de una niña con caperuza roja, de unas cabritillas o de un niño de madera. Ahora los personajes de cuento son jóvenes que deciden inventarse una identidad y vivir a todo trapo, personas con labia y don de gentes dispuestos a hacer lo que sea con tal de conseguir éxito, padres y madres de familia aparentemente perfectas que pierden la cabeza, compañías farmacéuticas sin escrúpulos o periodistas con ambiciones que deciden jugarse la vida. Las enseñanzas, en realidad, siguen siendo las mismas. Los peligros acechan, sé precavido, no te fíes de quien vende humo, la codicia siempre tiene sus consecuencias, no confíes en las cosas fáciles… La realidad siempre supera a la ficción. O eso dicen. 

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