QUEMAR DESPUÉS DE LEER

No olviden a mi madre, lean sus cartas

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No olviden a mi madre, lean sus cartas

Shirley Jackson llamó a su primera máquina de escribir Ernest. Y decidió que Ernest iba a ser alguien no demasiado de fiar. Alguien que tendía a querer reírse de ella. Hablaba de él en sus cartas como si fuese un tipo con el que convivía. Un alguien que, como el Doctor de 'Doctor Who', iba cambiando de cuerpo, pero seguía siendo el mismo. Porque la gran dama, la reina, del terror psicológico, tuvo un montón de otras máquinas de escribir –ni escribía a mano ni quiso jamás poner un dedo en una máquina de escribir eléctrica– pero todas se llamaron Ernest. Jackson le echaba la culpa a Ernest de hasta el último error tipográfico de sus cartas, en una de sus encantadoras muestras de la manera en que la ficción puede hacer de la realidad un lugar más infinitamente interesante y, por supuesto, divertido.

"Mi madre era una especie de comediante, un vodevil ambulante. Leyendo sus cartas te das cuenta de qué forma la escritura fue para ella siempre un juego, y uno divertido, pero también lo fue la vida". El que habla es su hijo Laurence, el protagonista, burlesco y socarrón, de algunos de sus cuentos, entre ellos, el clásico 'Charles'. Suya, de Laurence Jackson Hyman, ha sido la tarea de reunir sus cartas, recién publicadas por Random House New York, bajo el título de, simplemente, 'Letters of Shirley Jackson'. Cartas que, dice, "la devuelven, de alguna forma, a la vida" porque "su voz" está en ellas. "Mi madre hablaba como escribía, todo eran gags. En realidad, no había distinción para ella entre la escritura y la vida. Siempre estaba tecleando, cartas, cuentos, novelas", dice.

Sobrenatural y exquisita

Laurence Jackson Hyman tiene 79 años. No ha hecho otra cosa en su vida que gestionar el legado de su madre. Y sabe que parte del renacimiento literario de Shirley Jackson tiene que ver con su trabajo. Decía, hace unos años, que jamás había entendido por qué nunca se la tomaron en serio, aunque hubo quien la llamó, en un juego de palabras intraducible con la respetadísima Virginia Woolf, suerte de "Virginia Werewolf", equiparando la idea de lo sobrenatural en su obra con la de altísima literatura. Y añadía que existían dos razones por las que su obra había renacido. Una tenía que ver con su labor: luchó durante años porque toda ella se reeditase como era debido. La otra, con el signo de los tiempos. "El Mal nos acecha hoy como en sus historias", dijo.

Como le ocurrió a Catherine Camus, hija del Nobel de Literatura que también ha dedicado su vida a gestionar el legado de su padre, un buen día Laurence recibió una caja repleta de cartas. Quien se la tendía era su abuela, la madre de Shirley. Le dijo que él sabría qué hacer con ellas. La caja contenía las cartas que su hija les había mandado, regularmente, desde que dejó la casa familiar para ir a la universidad. "He de reconocer que me costó leerlas. No me atrevía. Pero cuando por fin lo hice fue como volver a mi casa de niño. De repente, era como estar con ella, otra vez", relata, en el poderosísimo prólogo que abre el volumen que puede leerse como una autobiografía, a retazos, por completo improvisada, de la propia autora.

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Porque no solo se compone el volumen de las cartas que envió a sus padres, por supuesto, también están las que intercambió con Jeanne Beatty –y esto es algo con lo que dio su biógrafa, Ruth Franklin, a quien Laurence dio acceso a todo–, una fan que le escribió una carta con aspecto de carta de amor y que Shirley, adicta como era a escribir cartas –«siempre en un papel amarillo, que hacía que pudiera distinguir los textos de posibles cuentos», dice su hijo, «porque todo estaba siempre por todas partes»–, no pudo evitar contestar, dando lugar a una correspondencia apasionantemente feliz, la que solo puede darse en esa relación perfecta que es la que se da entre el lector y su escritor favorito, cuando uno y otro se reconocen, porque nadie se entiende como el uno al otro.

Cuando María Casares llamó a Catherine Camus para decirle que tenía que vender las cartas que le había mandado su padre, Albert Camus, para reparar los agujeros del tejado de su casa, Catherine le dijo que adelante. Y luego lo pensó mejor. No quería que aquellas cartas, cartas de amor, un amor clandestino –pero, admite Catherine, «el amor de su vida»–, cayesen en manos de cualquiera. Así que se las compró ella. «Me las dio en una bolsa de viaje. Pasé los 22 años siguientes sin abrirla», dijo en una ocasión. Al final, la abrió. Y a quien encontró dentro fue a su padre. A «papa», como le llamaban. He ahí por qué no es una maldición para el hijo del escritor hacerse cargo de su legado. Porque, pase lo que pase, su legado siempre le traerá de vuelta. Y primero lo hará para él.