Artículo de Jordi Puntí Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La nostalgia en la era digital

Un día, lo que compraste pensando que duraría media vida empieza a dar problemas; entonces vas a la tienda para arreglarlo y un joven dice esa frase fatídica: “Te sale más a cuenta comprar uno nuevo”

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Imagen de Apple en una de sus tiendas.

Imagen de Apple en una de sus tiendas.

Apple anunció esta semana que deja de fabricar el iPod y de repente, al ver de nuevo esa cosa tan bonita, algunos sentimos un arrebato de nostalgia. ¿Pero podemos llamarlo así —nostalgia— cuando solo hace 20 años que salió al mercado? De hecho, lo que significaba el iPod no ha desaparecido, más bien se ha ido transformando en otras versiones de sí mismo. Podemos añorar la máquina de escribir, y el viejo equipo de música hi-fi, e incluso el primer walkman, pero no estoy seguro de que el iPod se merezca nuestra nostalgia. Además, la evolución digital va tan calculadamente rápida —como saben en el Mobile World Congress— que quizás también nos acelera esa sensación de vacío y pérdida que conlleva la nostalgia.

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Es probable que quienes hemos vivido el paso de la era analógica a la digital seamos más propensos a ese desajuste, porque crecimos dando valor sentimental a unos objetos que nos descubrían mundos y llenaban nuestro tiempo: los libros, los discos, las cintas de vídeo... Había un sentido de la propiedad y, de repente, todo empezó a ir muy rápido. En 2001 yo me había comprado un MiniDisk carísimo, precioso, que podía grabar decenas de compactos en un solo disco y estaba llamado a ser la gran revolución: un año después, el iPod lo convertía en un aparato vetusto. La música se guardaba en Internet y ahora aprendíamos palabras nuevas: MP3, USB, Emule, Napster... En 2008, durante un viaje a Nueva York, unos amigos me hablaron de Pandora y Spotify: páginas web donde podías oír la música a tu gusto, hacer listas de canciones y a cambio te colaban un anuncio de vez en cuando (como en la radio, vaya). En Nueva York ese año había gente que liberaba espacio de sus minúsculos apartamentos dejando en la calle cajas llenas de vinilos; entretanto, en una cafetería renovada de la calle Bleecker, que antes había sido uno de los templos de la generación 'beat', unos veinteañeros te cobraban cinco dólares por un café y ponían música de la Velvet y Leonard Cohen en un tocadiscos tronado, pero que quería hacerte sentir como en los años 70.

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El contrapunto a la evolución digital es que los fabricantes nos han obligado a aprender algo que no está en las instrucciones: la 'obsolescencia programada'. Un día, lo que compraste pensando que duraría media vida empieza a dar problemas; entonces vas a la tienda para arreglarlo y un joven dice esa frase fatídica: “Te sale más a cuenta comprar uno nuevo”. Le haces caso y, cuando vuelves a casa, guardas el viejo aparato no del todo viejo en un cajón, junto a otros artefactos perfectamente diseñados que de repente han quedado anticuados. Los miras unos segundos y reprimes de nuevo el arrebato de nostalgia, hasta la próxima vez. Cuentan que el espacio está lleno de objetos inútiles, residuos electrónicos de satélites que un día dejaron de funcionar, y ahora orbitan eternamente en torno a la Tierra. El iPod, los móviles y otros aparatos son nuestra chatarra espacial. Mientras, en mi barrio acaba de abrir otra tienda de discos de vinilo.

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