Artículo de Ignacio Álvarez-Ossorio Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Rusia y el Golfo: amistades peligrosas

El rechazo saudí y emiratí a incrementar la producción de petróleo o respaldar las sanciones internacionales contra Rusia es una muestra no solo de su distanciamiento de EEUU, sino también de su posicionamiento a favor de Putin

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Rusia y el Golfo: amistades peligrosas

El impacto de la invasión rusa de Ucrania se ha dejado sentir en todo el mundo, incluido el golfo Pérsico. Esta región concentra la mitad de los yacimientos de petróleo y gas del mundo y, por lo tanto, podría desempeñar un papel crucial a la hora de frenar la escalada de precios de los hidrocarburos y, así, aliviar la crisis energética en la que estamos inmersos que, de agravarse, podría provocar una aguda recesión. 

Como se suele decir, el balón está ahora en el campo de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos: dos de los principales miembros de la OPEP, responsable de la mitad de la producción mundial de petróleo. En los últimos doce meses, el barril de crudo se ha encarecido un 66%, lo que ha convertido a Aramco, la compañía estatal saudí, en la de mayor capitalización bursátil por delante de Apple. A pesar de las intensas presiones por parte de EEUU para que intensifiquen su ritmo de producción, los dirigentes de ambos países han dado la callada por respuesta en un claro desplante al presidente Joe Biden, al que ni tan siquiera han cogido el teléfono. Esta desafiante actitud evidencia que el Pacto del Quincey de 1945, por el que Washington se comprometía a garantizar la supervivencia de la dinastía saudí a cambio de que mantuviera los precios de crudo estables, puede darse por amortizado.

En las últimas dos décadas, EEUU no ha dejado de perder terreno en Oriente Próximo no solo por las políticas aventuristas de George W. Bush en Irak y Afganistán, sino también por el progresivo repliegue de la región anunciado por Barack Obama con el objeto de centrarse en el sudeste asiático. Este giro viene a replantear el orden monopolar establecido tras la Guerra Fría y a sentar las bases de un orden multipolar en el que China y Rusia pretenden asumir un mayor protagonismo. De ahí que los tradicionales aliados de EEUU en la región estén replanteándose sus políticas exteriores para reajustarlas a este nuevo escenario.

La prioridad absoluta de Arabia Saudí y Emiratos es garantizar su supervivencia en un entorno hostil caracterizado por el ascenso de Irán, al que ambos consideran la principal amenaza para su seguridad. Según esta perspectiva, EEUU ha dejado de ser un socio fiable por lo que es indispensable buscar un nuevo protector en un contexto cada vez más inestable. Es aquí donde aparece Israel, la única potencia nuclear de Oriente Próximo, que en los últimos años ha establecido unas estrechas relaciones con ambos países como evidencian los Acuerdos de Abraham.

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Este realineamiento fue acelerado por las Primaveras Árabes, que fueron percibidas por las petromonarquías como una amenaza existencial. También Rusia contempló con alarma estas movilizaciones antiautoritarias, que consideró inspiradas por EEUU y un nuevo eslabón de las ‘revoluciones de colores’ que sacudieron Georgia, Ucrania y Kirguizistán entre 2003 y 2005. En este sentido, podemos establecer un paralelismo entre Vladímir Putin, Mohamed Bin Salman y Mohamed Bin Zayed, los príncipes herederos saudí y emiratí, ya que los tres son firmes defensores del mantenimiento de statu quo autoritario y tienen una evidente aversión hacia la democracia, las libertades y los derechos humanos.

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De ahí que el presidente Putin se haya encontrado a dos inesperados aliados precisamente en el momento más delicado de su presidencia. El rechazo saudí y emiratí a incrementar la producción de petróleo o respaldar las sanciones internacionales contra Rusia es una muestra no solo de su distanciamiento de EEUU, sino también de su posicionamiento a favor de Putin, que no ha dudado en recurrir al chantaje energético para tratar de obligar a la UE a replantear su respaldo militar a Ucrania. Debe recordarse que el esfuerzo bélico ruso solo será sostenible mientras los precios de los hidrocarburos mantengan su escalada. 

No obstante, esta arriesgada apuesta entraña no pocos riesgos, sobre todo si Putin fracasara en su empeño y, con ello, se viera obligado a renunciar a sus sueños imperiales. En dicho caso, el desafío del dúo saudí-emiratí podría saldarse con un estrepitoso fracaso que, sin duda, tendría graves consecuencias en las relaciones de ambos países con EEUU y la UE.