La campaña militar (25) | Análisis de Jesús A. Núñez Villaverde Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Varias explosiones en un depósito de petróleo de Rusia hacen saltar las alarmas.

Varias explosiones en un depósito de petróleo de Rusia hacen saltar las alarmas. / CAPTURA VÍDEO ATLAS

La niebla de la guerra, tal como denominaba Clausewitz a la confusión e incertidumbre que conlleva todo conflicto bélico en el que se confrontan voluntades sometidas a tantos imponderables, es hoy tan densa que, en no pocas ocasiones, imposibilita un análisis fiable de lo que ocurre en el campo de batalla, lo que desemboca en decisiones basadas en información incompleta que pueden resultar fatales. Pero más allá de la dificultad objetiva para manejar tantas variables en juego -desde las que afectan al comportamiento humano hasta las climatológicas, técnicas o físicas- también cabe aplicar el término a la deliberada intención de los actores combatientes por ocultar o negar actos que, solo a posteriori, permiten interpretar adecuadamente la victoria o la derrota.

Viene esto a cuento de la creciente sucesión de incendios y explosiones que se están registrando en territorio ruso en estos últimos días. Lo que comenzó el pasado 1 de abril, con la explosión de un depósito de combustible y un polvorín en Belgorod, se ha multiplicado hasta hoy con la inhabilitación de vías férreas y más depósitos y polvorines sorprendentemente arrasados. Todo ello sin olvidar que en Bielorrusia se repiten también sucesos similares, que dejan fuera de servicio las vías férreas que sirven a Rusia para alimentar la invasión de Ucrania y que hacen pensar en saboteadores interesados en contravenir las directrices subordinadas al Kremlin que propugna Lukashenko.

A falta de información contrastada sobre las causas de los incidentes registrados en Belgorod, Briansk, Staraya Nelidovka, Kursk y Voronezh no es posible determinar si se trata de accidentes, sabotajes o ataques ucranianos. Pero sea como sea, la imagen de Rusia queda negativamente tocada. En el primer caso, supondría una señal más de la ineficiencia en la gestión de servicios tan vitales como el ferrocarril o el mantenimiento y vigilancia de combustibles y material de defensa tan necesarios para la campaña militar en marcha. En el segundo, supondría que, a pesar del enorme esfuerzo por acallar las críticas y la disidencia interna, Moscú no es capaz de eliminar de raíz la contestación a su política belicista y antidemocrática. Y, desde luego, si lo ocurrido son ataques ucranianos -sea de unidades de operaciones especiales o de bombardeo artillero o aéreo- quedaría claro que las fuerzas rusas no son capaces de evitar la infiltración de medios enemigos y de anular la inteligencia que le proporcionaría a Kiev detalles precisos de los blancos a batir.

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Exactamente lo mismo que lo que parece haber ocurrido, aunque en este caso sea en territorio ucraniano, con el ataque de precisión contra un puesto de mando y control ruso en las inmediaciones de Izium, en el que se encontraban al menos cuarenta oficiales encargados de dirigir las operaciones de las tropas encargadas de forzar el frente norte de la ofensiva que busca controlar el Donbás. El hecho de que más de una veintena de ellos hayan muerto y que entre los heridos se encontrara el general Valeriy Gerasimov, jefe del Estado Mayor ruso y cabeza visible del proceso de modernización militar desarrollado en esta última década, supone un fiasco notable para el bando ruso y un éxito igualmente sobresaliente de la artillería y la inteligencia ucraniana (o de algún aliado de Kiev).

Por añadidura, si Gerasimov está en primera línea solo puede suponer que Moscú está dispuesto a echar el resto para lograr su objetivo. Pero también es una confirmación del fracaso cosechado hasta ahora.