Guerra de Ucrania

La sombra de los Balcanes acecha a Ucrania

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Bosnia-Herzegovina se descose y con ella el Acuerdo de Dayton que puso fin a casi tres años de guerra. El país no funciona. Está dividido en dos entidades, la Federación croata-musulmana y la Republika Srpska, donde vive la mayoría serbobosnia. Siguen en el poder los partidos que provocaron la guerra. No existe pasado, sometido al negacionismo de Belgrado, ni presente ni futuro. Lo inteligente es emigrar, huir de un círculo tóxico dominado por la corrupción y el nacionalismo. Este frágil equilibrio podría saltar por los aires en cualquier momento.

La invasión de Ucrania eleva el peligro porque Serbia se alinea con Moscú. Les unen lazos de hermandad eslava y el rechazo visceral a la OTAN. Separar la Republika Srpska de Bosnia para unirla a la Madre Serbia sería una jugada peligrosa.

En Serbia se ha instalado un victimismo militante: no hubo crímenes de guerra en Bosnia, ni genocidio en Srebrenica ni violaciones masivas de mujeres (entre 20.000 y 44.000, según el Tribunal Penal Internacional de la ex Yugoslavia), ni limpieza étnica en Kosovo en 1998. Es un montaje, una exageración, porque todos cometieron crímenes.

"La culpa es de Ucrania"

Es el mismo discurso de Putin: la culpa de la invasión de Ucrania es de la OTAN, que se expandió hacia el Este en contra de lo prometido a Mijaíl Gorbachov por George Bush y su secretario de Estado, James Baker en 1989. Fue un compromiso verbal, no escrito.

Después vinieron las guerras yugoslavas (1991-1995): Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, iniciadas por Slobodan Milosevic, igual que la cuarta de Kosovo en 1998. Las empezó todas y las perdió. Agitó un ultranacionalismo serbio que se nutre de la derrota en la batalla de Kosovo Polje en 1389 ante el imperio otomano. Jugó con los mitos, igual que Putin con el Rus de Kiev.

Una parte de la izquierda defendía a Milosevic, le consideraba un comunista heredero de Tito cuando solo era un oportunista con delirios de grandeza. Sucede en Ucrania; la izquierda no ve a Putin como uno de los suyos, pero su rechazo visceral a todo lo que huela a EEUU y OTAN les ha llevado a comprar parte del discurso del Kremlin.

El gran error de la Alianza Atlántica en los Balcanes fue no bombardear en primavera de 1992 a las fuerzas serbobosnias que sitiaban a Sarajevo. Se hubieran ahorrado una guerra, 100.000 muertos y 1,8 millones de desplazados que en su mayoría no han podido regresar a sus casas.

Acuerdo de Dayton

El Acuerdo de Dayton, que selló la paz en Bosnia en enero de 1995, fue una estafa. Lo firmaron Milosevic (Serbia), Franjo Tudjman (Croacia) y Alija Izetbegovic (la Bosnia musulmana). Los dos primeros eran criminales de guerra y el tercero un iluso que se creyó el cuento de que podría haber independencia sin guerra civil.

Dayton creó un Frankenstein imposible de gobernar. La Republika Srpska siempre ha soñado con unirse a Serbia. La Federación croata-bosnia se dividió en cantones, territorios de saqueo de los señores de la guerra o de la mafia local.

Ni siquiera hubo justicia poética: se entregó Srebrenica a los genocidas y Foca a los violadores de mujeres. ¿Sucederá lo mismo con Mariúpol, la ciudad ucraniana destruida por la artillería rusa? La paz duradera se construye sobre decencia, no sobre concesiones cobardes.  

Los países de Europa del Este que recuperaron su libertad tras la caída del Muro de Berlín y el desplome de la URSS, tomaron nota de lo que ocurría en los Balcanes. Todos tienen una memoria nacional compleja. Polonia, República Checa y Hungría entraron en la OTAN en 1999. Los Bálticos, en 2004, asustados por la brutalidad rusa en las dos guerras chechenas, en 1994-1995 y 1999. Hubo entonces voces en EEUU y en Europa que alertaban del riesgo de esta expansión, de cómo podría afectar a las relaciones con Rusia. En 2008, EEUU pisó un cable de alta tensión política al plantear el ingreso de Ucrania.

Reminiscencia de los Balcanes

La guerra que hoy se libra en Ucrania puede recordar a lo ocurrido en los Balcanes, pese que la primera es una guerra contra Europa, de ahí las bravatas de Moscú contra Finlandia y Suecia, y la segunda fue un conflicto periférico en medio de la negociación del Tratado de Maastr­­icht. En él se impulsó la política exterior y de defensa común de la UE, que no han sido más que un acto de propagada hasta el 24 de febrero, cuando las tropas rusas invadieron Ucrania.

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