Lo que tardaremos en saber de la guerra de Ucrania
Hay que volver la mirada hacia aspectos que aún nos resulta imposible calibrar en su justa medida pero que explican el sonoro revés del aventurerismo militar de Putin

El presidente Volodymyr Zelensky camina por Bucha, al noroeste de la capital ucraniana, Kiev, el 4 de abril de 2022. El presidente de Ucrania, dijo el 3 de abril de 2022 que los dirigentes rusos eran responsables de los asesinatos de civiles en Bucha, a las afueras de Kiev, donde se encontraron cadáveres por las calles. / RONALDO SCHEMIDT / AFP
A pesar de que la inmediatez que nos proporcionan los medios de comunicación y las redes sociales nos hace creer que sabemos todo sobre lo que ocurre hoy en Ucrania, hay muchos aspectos que, de momento, siguen en la sombra.
En algunos casos, esa realidad esquiva viene determinada por el empeño que unos y otros ponen para confundirnos sobre lo que realmente está pasando. Valga como ejemplo la masacre registrada en Bucha, con Moscú tratando de presentarla como un montaje ucraniano y con Kiev insistiendo en que se trata de un caso más de la inhumanidad de las tropas invasoras. Afortunadamente, son muchos los testigos de lo que ha ocurrido y más pronto que tarde será posible determinar con precisión la responsabilidad de cada cual, sin que eso quiera decir, como nos enseña la historia de tantos otros conflictos, que de ello se derive una condena efectiva contra sus perpetradores.
En otras ocasiones el desconocimiento existente responde a una deliberada intención de ocultación, procurando que el enemigo no sepa a qué se enfrenta en realidad. Sorprende, por ejemplo, el magnífico rendimiento que las fuerzas armadas ucranianas están teniendo en el campo de batalla, no solo soportando los ataques sino incluso siendo capaces de contraatacar exitosamente. Cabría recordar que esas mismas tropas no se distinguieron precisamente en 2014, cuando Rusia tomó Crimea y parte del Donbás con sus “hombrecillos de verde” y las milicias separatistas que muy pronto pasaron a controlar directamente. Y de ahí que Moscú, en un monumental fallo de sus servicios de inteligencia, haya cometido el error de pensar que la invasión iba a ser un paseo militar.
Para explicar su alta operatividad actual, sin olvidar nunca la importancia del factor humano y su moral de combate, no hay más remedio que volver la mirada hacia aspectos que aún nos resulta imposible calibrar en su justa medida –pero que ya podemos adelantar, a la espera de que más adelante conozcamos los pormenores– que explican en buena medida el sonoro revés del aventurerismo militar de Putin. Por un lado, hay que contar con las labores de instrucción y de asesoramiento que han prestado desde hace tiempo efectivos estadounidenses y de otros países occidentales, mejorando sustancialmente la capacidad de planificación de la defensa y de ejecución de operaciones combinadas aeroterrestres, al tiempo que han permitido mejorar el funcionamiento de la cadena logística.
Igualmente relevante es el despliegue, desconocido en detalle pero seguramente muy relevante, de medios de ciberdefensa para evitar que los rusos pudieran desbaratar el funcionamiento diario de las infraestructuras esenciales del país, lo que ha redundado directamente en la moral ciudadana, en la medida en que han podido seguir adelante con sus vidas. Y del mismo modo hay que calcular que Ucrania está contando con un considerable apoyo exterior en el terreno de la guerra electrónica, impidiendo que Rusia haya dejado ciegas a las autoridades y a los mandos ucranianos para poder conocer lo que pasa en cada rincón del país, para poder dar a conocer el mundo sus posiciones –ganando por goleada la batalla del relato– y dando las órdenes oportunas a sus unidades sobre el terreno.
A todo ello hay que sumar tanto el constante suministro exterior de inteligencia y armas, aunque en este último caso nunca se haya llegado a atender las demandas que Zelensky expresa desde el inicio de la invasión. Sin todo ello, Ucrania, en solitario, no habría llegado hasta aquí.
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