Artículo de Carlos Carnicero Urabayen Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Cerrar el gas para cercar a Putin

Los países de la UE pagan a las empresas energéticas rusas 800 millones de euros al día por el suministro. Es fácil imaginar el mazazo económico que supondría romper este vínculo para la maquinaria de guerra del Kremlin

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Un cadáver en las calles de Bucha, Ucrania.

Un cadáver en las calles de Bucha, Ucrania.

Bucha, una pequeña localidad ucraniana a las puertas de Kiev, quedará grabada en la historia como uno de esos lugares donde el ser humano ha dado prueba de llegar a ser la más perfecta representación del mal. El nombre de Vladimir Putin se suma a partir de ahora al de otros infames tiranos como Josef Stalin, Adolf Hitler o Slobodan Milosevic que fueron capaces de perpetrar los más abyectos crímenes que se han documentado.

En pleno siglo XXI, en territorio europeo, asistimos estos días a un insoportable revolcón de la historia. Ejecuciones sumarias de familias maniatadas, torturadas y asesinadas a sangre fría; violaciones y fosas comunes improvisadas para enterrar cadáveres que se apilan en las cunetas. La fiscala general de Ucrania, Iryna Venediktova, asegura que han encontrado 410 cadáveres de civiles tras el repliegue ruso.

No queda margen para ambigüedades posibles: quien no esté dispuesto a cualquier sacrificio económico o de confort para frenar a Putin debe explicarlo alto y claro. Quien quiera dar pábulo a las teorías de Putin sobre su misión para “desnazificar” Ucrania y toda una sarta de bulos para camuflar lo imposible, que asuma su complicidad con estos crímenes de guerra.

Los despistados o malintencionados, desde Vox, que no quiere quitarle la llave de la ciudad de Madrid a Putin, hasta Pablo Iglesias, que nos sermonea con geopolítica porque quiere traficar con territorios y seres humanos según el peso de la historia, deben quedar para siempre retratados en esta hora de la verdad. Esto no es un debate universitario entre realistas y posmodernos; aquí está en juego la supervivencia de un país y su pueblo y la capacidad de un sanguinario líder de hacer en Europa lo que quiera.

Abrasados por las imágenes de Bucha, se redobla estos días el ejercicio de memoria en las capitales europeas, sobre todo en Berlín, sobre la forma en que hemos tratado con Vladimir Putin, un líder que ha gozado de respetabilidad internacional y se ha beneficiado de una red de acuerdos y alianzas abonados por el gas y el petróleo. “Esto no es político, son solo negocios energéticos”, se dijo desde Alemania durante años, como si fuera posible separar las acciones de Putin del dinero que finanza sus tropelías.

Para desgracia de los ucranianos, no se puede volver atrás, pero los europeos sí pueden, en cambio, romper todo nexo con el Kremlin, en un costoso pero indispensable ejercicio moral. Mientras sigamos calentando nuestras casas con gas ruso, mientras nuestras fábricas sigan en marcha avivadas por esta sustancia, mientras nuestros vehículos se desplacen gracias al petróleo ruso, nuestras manos estarán manchadas de sangre por el horror de Bucha o Mariúpol.

Las importantes sanciones que la Unión Europea ha aprobado hasta la fecha han evitado tocar la fibra más sensible. En 2021 Rusia exportó más del 49% de su petróleo y más de un 74% de su gas a Europa. Todavía hoy pagamos a las empresas energéticas rusas 800 millones de euros al día por suministrarnos gas. Es fácil imaginar el mazazo económico que supondría romper este vínculo para la maquinaria de guerra de Putin.  

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Estados Unidos y Reino Unido, aunque con una exposición energética menor, se han desprendido ya de esta cancerígena relación comercial. Lituania ha sido el primero de los 27 países de la UE en anunciar que ha dejado de consumir gas ruso. Para países como Alemania o Italia, muy dependientes, esta maniobra no va a resultar nada fácil, pero deberán encontrar la forma de hacerlo arropados por un plan de contingencia europeo que garantice suministros de emergencia y un reparto razonable de los costes entre una población que debe ser consciente de lo que hay en juego.

Desde la Segunda Guerra Mundial, varias generaciones de alemanes han crecido prometiéndose cada día “nunca más” permitir un ejercicio de barbarie como el que protagonizó Hitler. Para los europeos, la responsabilidad de hacer todo lo posible para salvar a los ucranianos es ineludible. Sin tener que recurrir a un enfrentamiento directo con Rusia de costes incalculables, el único camino para cercar a Putin y su ejército es cerrando la llave del gas. Una alianza tan próspera como la UE debe ser capaz de hacerlo.