Tribulaciones británicas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Las 'alegres pandillas' de los ingleses

Cuando criticamos con razón cosas que por aquí ocurren, conviene no olvidar que en otras latitudes también cuecen habas que son tan o más indigestas que las nuestras

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Boris Johnson contesta a preguntas en el Parlamento británico.

Boris Johnson contesta a preguntas en el Parlamento británico. / REUTERS TV

Nos diferencian muchas cosas de los ingleses y quizá por eso hemos tenido tantos problemas a lo largo de la historia sin que por ello dejemos de admirar la forma democrática en la que han organizado su convivencia desde hace tiempo. Desde luego, mucho más tiempo que nosotros. Salvador de Madariaga escribió un delicioso libro, ‘Ingleses, franceses y españoles’, donde comparaba sus caracteres nacionales y atribuía a los primeros la cualidad de la acción, a los franceses la de la reflexión y a nosotros la pasión. Decía que los ingleses tienen un sentido eminentemente práctico de la vida, lo que tampoco se lleva bien con apasionados soñadores.

Nos diferenciamos también en que nosotros no nos valoramos como deberíamos, tenemos un serio problema de autoestima nacional en absoluto justificado, mientras que ellos están contentísimos de haberse conocido... aunque quizá no tanto como los franceses, que en esto se llevan la palma. Además, los ingleses no parecen tener sentido del ridículo, y si lo tienen, lo disimulan muy bien, mientras que nosotros lo tenemos en un grado superlativo, nos aterroriza la posibilidad de hacerlo y quizá por ello Josep Tarradellas decía que es en lo único en lo que no puede caer un político. Aquí se perdonan las mentiras, como bien saben nuestros dirigentes, y afortunadamente poco a poco se va persiguiendo más la corrupción. Pero no se perdona hacer el ridículo.

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Eso del ridículo es algo que los británicos hacen particularmente bien y sin despeinarse, aunque ese no sea el caso de Boris Johnson, que se despeina con donaire mientras organiza fiestas en su residencia oficial en plena pandemia sin importarle que el resto del país estuviera confinado y metido en casa. Abuelos sin ver a sus nietos, hijos que no podían visitar a sus padres, gente joven sin discotecas o bares donde encontrarse, mientras don Boris y sus alegres invitados (como aquellos Merry Companions de Robin Hood) descorchaban botellas en guateques, que cuando se descubrieron Boris musitó que las había considerado adustas reuniones de trabajo. Una de esas fiestas tuvo lugar en vísperas del funeral por el duque de Edimburgo, que una reina vieja y frágil tuvo que presidir en solitario y alejada físicamente de sus propios hijos. El contraste no podía ser mayor, realzando la digna figura de la soberana y hundiendo la del pintoresco primer ministro que se despeina a conciencia antes de presentarse en público, sea para una audiencia, una reunión de trabajo o un programa de televisión. A Boris Johnson siempre le gustó llamar la atención, ir por libre y hacer el payaso, pero todo parece indicar que esta vez se ha pasado, ha ido demasiado lejos y la gente está indignada hasta el punto de que en su propio partido se buscan los votos necesarios para destituirle. Es curioso que sea por esta razón y no por asuntos de mayor envergadura, como su deficiente gestión de la pandemia, o el mismo Brexit, que ha dejado gasolineras y supermercados vacíos por imprevisión mientras Boris se apresta a incumplir el acuerdo firmado sobre Irlanda del Norte.

Lo del duque de York no es un problema de ridículo, es un problema de sinvergonzonería, si se confirman las acusaciones de una mujer norteamericana con una infancia muy desgraciada que le acusa de haber tenido relaciones sexuales en tres ocasiones, cuando ella solo tenía 17 años. Al parecer la chica fue fichada por otra sinvergüenza, Ghislaine Maxwell, ya condenada por suministrar adolescentes para las francachelas de Jeffrey Epstein y su pandilla, otra ‘merry company’ de la que el Príncipe formaba parte. Epstein se suicidó en la cárcel para alivio, imagino, de mucha gente que debía temer que hablara. El indigno comportamiento del Príncipe (si se prueba), héroe de las Malvinas, ha hecho que la reina le retire sus grados militares y le separe de toda actividad pública relacionada con la Corona, dejándole que se defienda como ciudadano particular. Es lo menos que podía hacer cuando él solo ha logrado hacer caer el apoyo del que goza la monarquía en el Reino Unido del 60 % al 40%.  Cuando nos sorprenden o criticamos con mucha razón cosas que por aquí ocurren, conviene no olvidar que en otras latitudes también cuecen habas, que a veces son tan o más indigestas que las nuestras.