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La libertad de ir en moto

No debemos caer en la tentación de prohibir el vehículo que más sensación de libertad genera

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Motos en Barcelona.

Motos en Barcelona. / Zowy Voeten

“La moto mata Barcelona”, decía el titular de un artículo aparecido hace un tiempo en un periódico de Barcelona. En el artículo se describía la moto como el origen de todos los males de esta ciudad. Contamina, se utiliza de forma vandálica; se aparca en cualquier lugar y es la causa de muchos accidentes urbanos. Bueno. Parte de razón tiene el redactor del artículo.

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Pero, guste o no, la moto es también la solución a muchos problemas de viabilidad ciudadana. Llevo toda la vida circulando en moto. Para mí es un medio de transporte fundamental desde hace más de 50 años. Me baso en que las gestiones diarias que efectúo utilizando mi moto. Es la solución a muchos cometidos cotidianos. No veo un medio de transporte más práctico y más libre. Vaya por delante que por edad no me veo capaz de evaluar o comparar el uso de la moto con el de los patines, patinetes, ‘hoverboards’, ‘segways’, monociclos, ‘longboards’ y más vehículos que recientemente han invadido aceras, carriles y calzadas. Todos ellos, aunque de vez en cuando me tienta la curiosidad por probarlos, siento que son propiedad de personas más jóvenes que pueden desplazarse con vehículos sin apenas frenos y con la única carrocería que la de su cuerpo.

Sé que la moto es también peligrosa, pero compensa correr ciertos riesgos a cambio de sentir la inigualable liberación que genera circular con ella. Cuando por algún imperativo he de substituirla por el coche, detecto que mi sistema nervioso evoluciona hacia el malestar, cierta agresividad y una ansiosa necesidad por avanzar por espacios imposibles y zigzagueando por resquicios donde un vehículo de cuatro ruedas no cabe. Me siento más seguro llevando la moto que conduciendo el coche. Todo esto lo digo después de haber leído algunos artículos como el mencionado, que parece querer prohibir no sé cuántas cosas que provoca la motocicleta. Está claro que hay personas a quienes no les gusta la moto. Como los hay, como yo, que detesto los coches; sin embargo, cada cual se desplaza, a pesar de los impedimentos que el ayuntamiento nos va imponiendo, con el vehículo que más le place y no debemos caer en la tentación de prohibir el vehículo que más sensación de libertad genera.

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