Cumbre del clima

El único acuerdo posible

El acuerdo de Glasgow es insuficiente, a tenor de las expectativas creadas y de la envergadura de la emergencia climática, pero acaso sea el único materializable

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 Delegados posando para una fotografía tras los acuerdos de la COP26 en Glasgow

Delegados posando para una fotografía tras los acuerdos de la COP26 en Glasgow / REUTERS/Yves Herman

Las piedras en el camino de la conferencia COP26, clausurada el sábado en Glasgow, eran demasiadas y de demasiado peso como para esperar algo más que un acuerdo de mínimos, después de largas y complejas negociaciones entre algunos de los mayores contaminantes, entre el Norte desarrollado y el llamado Sur global en vías de desarrollo, con el telón de fondo de la movilización del lobi de los combustibles fósiles y las exigencias en la calle de las organizaciones ecologistas. Quizá sea el acuerdo de Glasgow insuficiente, a tenor de las expectativas creadas y de la envergadura de la emergencia climática, pero acaso sea el único posible ante el riesgo de levantar la sesión sin resolución alguna.

Sería una verdadera simplificación de lo sucedido durante las dos últimas semanas soslayar el peso de los intereses en juego y de los cambios necesarios a corto y medio plazo a la hora de interpretar qué ha dado de sí la conferencia. Si no ha sido posible establecer un programa de reducción del consumo de gas y petróleo es porque Arabia Saudí, potencia hegemónica en el seno de la OPEP, y los demás países cuyas economías dependen del monocultivo energético ven en peligro su prosperidad, incluso diversificando sus inversiones a toda máquina en la economía global. Si el compromiso para la descarbonización de la energía no ha cuajado es porque China ha echado el resto para proteger la minería del carbón, tan importante en su PIB y en la ocupación de mano de obra, y tras la superpotencia asiática han seguido varios Estados, incluidos algunos europeos, para los que el sector del carbón sigue siendo esencial.

Resultaría asimismo incompleto sacar conclusiones del desenlace de Glasgow sin prestar atención a la mención meramente genérica de buscar en el futuro sistemas para financiar, en los países con menos recursos o más vulnerables, una parte sustancial del cambio de modelo de producción y de consumo. A falta de una radiografía razonablemente precisa de la relación entre el coste para poner coto a los daños causados al medioambiente y el beneficio previsible al remediarlos, es improbable que avance el compromiso de los potenciales contribuyentes en condiciones de remediar la situación. Que es tanto como decir Estados Unidos, la Unión Europea, China y un reducido grupo de países con recursos para hacer frente al reto.

Es más difícil de asimilar la poca influencia del diagnóstico que los científicos han cursado a la comunidad internacional –el informe IPCC–, que fija en 1,5 grados el aumento de la temperatura media de la Tierra para limitar el parte de daños. Más allá del obligado respeto académico a expertos de solvencia probada, los Estados en mejor posición han optado por transitar por atajos que, finalmente, carecen de la resolución efectiva necesaria. Es interesante que en el acuerdo final se exhorte a los gobiernos a que revisen al alza la reducción de sus emisiones, pero el llamamiento carece de fuerza ejecutiva; es reseñable el pacto para regular de una vez por todas el intercambio de emisiones de gas entre Estados, el conocido como mercado del carbono, pero no puede perderse de vista que el asunto sigue pendiente desde el Acuerdo de París de 2015. Hacen falta mayor concreción de los calendarios y mayor especificación de los objetivos para despejar un futuro cuajado de incógnitas.