Desacelerar Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Calma

La sorpresa fue mayúscula cuando al quitarse el casco se descubrió que el 'Fittipaldi' del patinete era un hombre de edad respetable

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Calma

Camino por las calles de Barcelona -sin salirme de la acera y a paso normal, conviene decirlo- y pierdo a menudo el equilibrio por las embestidas de quienes, peatones como yo, pero atacados por las prisas, me adelantan a derecha e izquierda indistintamente, arrinconándome contra los edificios los unos y empujándome hacia el medio de la calzada los otros. El peligro de caída aumenta cuando esto se produce en aceras estrechas y concurridas. O cuando a esa urbana especie de correcaminos se suma aquella otra que avanza motorizada a lomos de patinete o bicicleta

Hace unos días fui testigo de cómo uno de esos diabólicos artefactos -un patinete que parecía enviado por Hermes, el de las sandalias aladas- se metía a toda velocidad por el mínimo hueco abierto entre los componentes de una pareja de edad avanzada que paseaba tranquilamente por la acera lado mar de la Gran Via. Puedo decir, de forma más o menos gráfica, que partió a la pareja en dos, con el consiguiente sobresalto de quienes fueron sorprendidos, tan de improviso, por la espalda. Cuando, como reacción inmediata y con el susto recién metido en el cuerpo, el caballero víctima del incidente reconvino en voz alta al agresor mostrándole el carril bici convenientemente señalizado en la calzada, recibió como única respuesta el despectivo gesto de una higa, brazo en alto, de quien seguía su carrera sin detenerse, hasta que unos metros más abajo, otro transeúnte, testigo también del suceso, se interpuso, valiente, en su camino y le obligó a echar el freno. La sorpresa fue mayúscula cuando al quitarse el casco que le protegía se descubrió que el 'Fittipaldi' del patinete era un hombre de edad respetable, de bastante más edad, eso era evidente, que la pareja a la que había descompuesto. Algunos testigos del suceso que se habían despachado ya con los consabidos “¡sinvergüenza, mal educado, delincuente!”, “¡estos jóvenes que andan como locos!”, “¡esta juventud que no respeta ni a su padre!”, se encontraron de repente sin palabras ante aquel adulto de pésimo ejemplo. 

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Si cuento el hecho que presencié es porque creo que viene a ilustrar como ningún otro que no es la edad ‘per se’ la que conforma el comportamiento. Y que no es justo retorcer el refranero para decir que “todos los jóvenes son pardos”, como tampoco lo sería si dijéramos ahora que “más corre el diablo por viejo que por diablo”. No es cuestión de jóvenes y viejos, ni de gamberros y extravagantes. Es cuestión de educación lo primero, de respeto después y de convivencia siempre. Pero es también resultado del sistema de vida acelerada y del sálvese quien pueda en el que andamos todos metidos. 

Recomiendo calma. Porque en eso consiste: en desacelerar. En saber darle tiempo al tiempo. En aprender a llevarse bien con las horas, minutos y segundos. En aparcar las prisas, la impaciencia y el “yo estaba primero”. En apuntarse al ‘slow life’, que no es otra cosa, llámesele como se le llame, que el “tomátelo con calma” de nuestros queridos abuelos.