Editorial Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Casado, entre Vox y Ayuso

El “nuevo contrato social con España” que desgranó el líder del PP en la convención del partido es una colección de recetas del liberalismo más conservador

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Pablo Casado, en su intervención en la plaza de toros de València.

Pablo Casado, en su intervención en la plaza de toros de València. / EFE / MANUEL BRUQUE

En la plaza de toros de València, lugar icónico para el PP, ante unas 12.000 personas, Pablo Casado clausuró este domingo la convención del Partido Popular, que ha durado una semana y en la que se han producido algunos traspiés –declaraciones altisonantes y errores como la invitación a Nicolas Sarkozy, por ejemplo– que han deslucido la euforia que el partido pretendía trasladar a toda España.

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En el discurso de clausura, el presidente del PP no citó ni a Pedro Sánchez ni a Vox, pero su intervención fue, por una parte, una impugnación en toda regla de las políticas del Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos –con varias referencias al “comunismo”– y, por otra, el dilema al que se enfrenta el partido, que no es otro que su relación con la extrema derecha, sobrevoló en muchas de las referencias al programa del PP, que Casado desgranó pintando para España un panorama idílico para cuando gobierne, con una catarata de promesas benefactoras frente a la catástrofe del que calificó como “Gobierno irresponsable”.

En algunas partes de su discurso y también en los trabajos de la convención era difícil distinguir entre lo que propone el PP y lo que defiende el partido de Santiago Abascal. Por ejemplo, en la cuestión territorial. Uno de los invitados, Alejo Vidal-Quadras, fundador de Vox que ha vuelto al redil del PP, descalificó el Estado autonómico hasta sonrojar a dirigentes del partido. Mientras, Casado prometió en la clausura la marcha atrás en el acercamiento de presos etarras al País Vasco y la reversión del traspaso de las prisiones a Euskadi y Catalunya, reivindicó la actuación del Estado el 1-O, anunció la penalización de los referéndums, se opuso a los indultos para los delitos de sedición y aseguró que pondrá fin al “adoctrinamiento” en los colegios y en los medios de comunicación de la Generalitat. “Traeremos a Puigdemont a España”, prometió también entre gritos de “Puigdemont a prisión”.

Lo que Casado llamó “un nuevo contrato social con España” fue una colección de recetas del liberalismo más conservador y antiintervencionista, sin mención alguna a la corrupción, y con tintes épicos, como cuando repitió que la hispanidad es la empresa más importante de la historia tras la romanización, enfatizó que España no debe pedir perdón por nada sobre la conquista de América o proclamó que su programa era un “plan para recuperar el orgullo de ser español”. La proximidad con Vox se dejó notar también en la escasa presencia de mujeres en la convención –solo 25 de los 97 ponentes--, en la reforma de las pensiones que defendieron José María Aznar o Mariano Rajoy, en las críticas a la memoria democrática o en la oposición a cambiar en la Constitución el término “disminuidos” para sustituirlo por “personas discapacitadas”.

La otra estrella de la convención fue la ausente hasta el sábado Isabel Díaz Ayuso, que acaparó a su llegada el protagonismo y las ovaciones de los asistentes. La presidenta madrileña sorprendió al cónclave al dar un apoyo explícito a Casado como candidato a la presidencia del Gobierno, aunque solo el modo de plantearlo confirma que la pugna entre ella y la dirección por su deseo de convertirse en presidenta del PP madrileño había alcanzado ya una dimensión superior, la de aspirante a la Moncloa. En realidad, sus palabras se pueden interpretar en el sentido de que Ayuso da a Casado un condescendiente apoyo a su candidatura presidencial. Por eso, parecen más bien una tregua en espera de futuros acontecimientos y de comprobar si Casado consolida su liderazgo.