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Las Olimpiadas, entre Tokio y Tik Tok

La dimensión digital de los recién clausurados JJOO nos recuerda una vez más qué urgente resulta un pacto social sobre las redes sociales

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Instante en el que se apaga la llama olímpica de Tokio.

Instante en el que se apaga la llama olímpica de Tokio. / TOKIO 2020

La clausura de los Juegos Olímpicos nos deja algunos elementos para la reflexión más allá de las medallas, sobre todo porque su carácter internacional los convierte en una oportunidad de crear referentes compartidos. Esta edición ha sido obviamente especial, con protocolos extraordinarios y sin público. Las graderías vacías y una buena cohorte de deportistas de la generación zeta han sido la tormenta perfecta para el despegue de las redes sociales para el seguimiento oficioso de las jornadas olímpicas.

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Mucho antes de saber que los Juegos se aplazarían a 2021 y de la declaración de estado de alarma en Japón que ha dejado al público fuera, el COI ya apostaba por las redes sociales como difusión complementaria. Unos días antes de que la OMS declarara la pandemia de covid-19, el Comité Olímpico Internacional (COI) publicó, a principios de marzo de 2020, la guía de uso de los medios digitales para atletas y personas acreditadas. En esencia era una invitación abierta a compartir experiencias durante los Juegos, dentro y fuera de las competiciones, donde la única excepción son los terrenos de juego y las áreas restringidas. Por lo demás, se animaba a publicar todo lo posible, siempre a título personal, sin perseguir fines comerciales y respetando el código de conducta e integridad.

Que el COI alentara encarecidamente a nutrir las plataformas de contenido olímpico fue una sorpresa, especialmente si lo comparamos con la guía equivalente para los Juegos de Río de 2016. Por poner un ejemplo: en la edición brasileña cualquier contenido, nombre de usuario o ‘hashtag’ referente a los Juegos Olímpicos requerían la aprobación previa del Comité. En los Juegos de invierno de 2018 celebrados en Pieonchang comenzaron a ganar importancia las historias efímeras en Instagram (que se borran a las 24 horas). La máxima laxitud ha llegado en esta edición, así que en la Villa Olímpica han convivido medallas y virales de entretenimiento, con Tik Tok escalando hasta la primera posición del podio.

Durante dos semanas largas hemos tenido ocasión de ver los entresijos de las cuarentenas y los protocolos sanitarios, a deportistas de élite bailoteando en su tiempo libre o poniendo a prueba las famosas camas de cartón. Han servido para satisfacer ese afán curioso por ver más allá de las imágenes oficiales y ceremoniosas. Es un gran ejemplo de cómo las plataformas digitales pueden acercar y crear vínculos mucho más directos y empáticos con celebridades que están en la élite deportiva. Es especialmente interesante que hayamos humanizado unas figuras que a menudo están asociadas al esfuerzo, la disciplina y el resultado. Son debates necesarios para construir referentes que contemplen todos los matices del éxito.

Sin duda el ejemplo más sobresaliente fue cuando Simone Biles anunció que priorizaba su salud mental a la competición. Sus declaraciones estuvieron en la mayoría de medios tradicionales, pero donde se generó debate y se abrió un espacio de visibilización fue en las redes. Al mismo tiempo, para la gimnasta japonesa Mai Murakami lo que afectó a su bienestar eran los comentarios de compatriotas contrarios a la celebración de los Juegos Olímpicos. Su perfil en redes sociales se convirtió en un muro donde depositar quejas y lanzar ataques contra su decisión de competir.

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Otra derivada que también hemos visto son los contenidos (especialmente vídeos) sobre atletas, algunos realizados sin tacto y sin pudor revelando aspectos tan íntimos como puede ser la orientación sexual. De hecho, Twitter y Tik Tok cancelaron vídeos donde algunos usuarios utilizaban ‘apps’ de citas orientadas a personas LGTBIQ+, dejando al descubierto perfiles en ‘apps’ para homosexuales, sin tener en cuenta sus países de origen. Sin ir más lejos, en Japón el matrimonio entre personas del mismo sexo sigue quedando fuera de la ley. Seguramente quien cuelga el vídeo el único riesgo que corre es que se lo cancelen, pero no se pregunta qué consecuencias puede tener para las personas afectadas cuando vuelvan a su país, con o sin medallas.

Es difícil que lo que ocurre en Tokio quede en Tokio, sobre todo si la vida olímpica se disputa también en Tik Tok. Toda la dimensión digital de las olimpiadas nos recuerda una vez más qué urgente resulta un pacto social sobre las redes sociales. Primero, porque tenemos unas pocas empresas (gigantes tecnológicos) brindando servicios que confundimos con lo público, a la vez que alteran las fronteras de la intimidad individual y colectiva. Y le sigue el hecho de que no tenemos un imaginario compartido de convivencia digital cívica, consciente y responsable.