Memoria

De Hiroshima a los Juegos Olímpicos: la emoción de los detalles

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Simone BIles aplaude durante la final de gimnasia rítmica femenina en suelo.

Simone BIles aplaude durante la final de gimnasia rítmica femenina en suelo. / AFP / LOIC VENANCE

Ese hongo gigante, en blanco y negro, que asociamos universalmente a la explosión de la bomba atómica en Hiroshima vuelve de forma recurrente a asomarse a nuestras vidas cada agosto en forma de fotografía, recuerdo visual de la televisión, de los diarios. En Japón, donde se desató el infierno del siglo XX, el homenaje constante lo han encarnado los supervivientes y su relato. No es solo una foto: es la historia de lo que hacían en aquel preciso momento de la explosión. Si estaban a cubierto, si les acompañaba un hermano, o buscaron a la madre, tendiendo la ropa, despreocupada segundos antes. La anécdota, real, hace más que viva que cualquier otra cosa la emoción y el impacto de lo sucedido.

Florian Mueck, experto orador, insiste en apuntar justo a esos detalles, los olores, el color de las cosas, la fugacidad del momento atrapado porque es importante para alguien, por algún motivo, para dar sentido al relato. El Peace Porter Project, en Japón, forma a voluntarios entre las nuevas generaciones que quieran seguir iluminando con las tradicionales linternas de papel los homenajes a aquel terrible pasado, un relevo a los testimonios reales que se apagan con el tiempo. Más aún: se aprenden de memoria los recuerdos minuciosos de los supervivientes y los trasladan a los nuevos oyentes, a los jóvenes, para que puedan sentir, por ejemplo, la emoción de una niña que quedó en la pobreza tras la bomba y vio cómo su madre no lograba vender sus kimonos elaborados a mano para conseguir boniatos con los que alimentar a la familia. Michiko Yagi, superviviente de Nagasaki, aborrece los boniatos desde entonces porque le recuerdan la cara desesperada de su madre durante la crisis que desató la bomba. Cuando Yagi no pueda contar más aquello, otros lo harán por ella. 

Simone Biles, Quinn y Laia Palau

   Esa preocupación por preservar la memoria de algo valioso, con tantos ecos del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y los rebeldes que aprendían palabra a palabra los libros que el totalitarismo quemaba para que desaparecieran de la conversación, nos lleva ante cualquier momento histórico a atar una sensación, una emocion, de manera inquebrantable.

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Los Juegos Olímpicos no nos dejarán la huella de quién ganó la medalla de oro en la final de barra, si no de cómo Simone Biles ganó una batalla a sus «demonios» interiores. Todos fuimos Biles por unos segundos en aquella prueba. De cómo un atleta de Qatar y otro de Italia, Mutaz Barshim y Gianmarco Tamberi, pactaron compartir el oro en el podio porque tenían las mismas marcas y prefirieron no desempatar y que ganara uno solo. De cómo Laia Palau se retiró de la cancha de baloncesto desolada tras la derrota y en sus propias palabras, «con la cabeza a punto de explotar de tantas emociones». De cómo Quinn, jugando en la selección canadiense de fútbol femenino, ha convertido estos Juegos Olímpicos en los primeros con una medalla para una persona trans no binaria.

Los retos deportivos dan la agenda de la competición, los desafíos humanos la hacen memoria emotiva, viva, y sobre todo, duradera.