Nómadas y viajantes

Tanto adjetivo no nos deja ver la realidad

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La liberación de los presos es parte de un acuerdo firmado en marzo entre el Gobierno y la Alianza.

La liberación de los presos es parte de un acuerdo firmado en marzo entre el Gobierno y la Alianza. / Reuters

De las tres obsesiones de las derechas mundiales -Cuba, Venezuela y Nicaragua-, la última es la que tiene una solución más sencilla. Gobierna una pareja de tiranos banderas que liquidó el espíritu de la revolución sandinista para atornillarse en el poder. Daniel Ortega y Rosario Murillo son responsables de la brutal represión de las protestas de 2018 que causó cientos de muertos, numerosos heridos y detenidos.

Lo que empezó como un descontento por la reforma del sistema de la Seguridad Social derivó en enmienda a la pareja presidencial. Figuras notorias del viejo sandinismo, como Ernesto Cardenal y Carlos Mejía Godoy, denunciaron los abusos. Hoy es una dictadura sin careta que detiene a los héroes que lucharon contra Somoza.

Pocos creen que las elecciones presidenciales de noviembre serán justas. La pareja gobernante ha detenido o arrestado en sus domicilios a ocho aspirantes, e invalidado sus candidaturas. La última es Berenice Quezada, que fue miss Nicaragua en 2017, y que goza de predicamento en las redes sociales. ¿Su delito? Mencionar lo ocurrido en 2018, algo que está prohibido.

La represión se ceba con los periodistas, los líderes sociales y los estudiantes. Hay 32 dirigentes arrestados. Otros se han exiliado o pasado a la clandestinidad. Hay obsesión con los Chamorro, una dinastía política que estuvo con el primer sandinismo y que es hoy su principal oposición.

Protestas en Cuba

Si con Nicaragua es fácil porque se trata de una dictadura tan represiva como la bielorrusa, en los dos otros casos es más complejo. España tiene lazos emocionales, económicos, políticos e históricos con Cuba que demandan prudencia en los adjetivos. Si la tuvieron Franco y Fraga, la debería tener el actual PP.

No se puede hablar de los problemas de Cuba sin tener en cuenta el daño causado por 63 años de embargo por parte de EEUU. Además del efecto económico, hay otro político: empujó a la Revolución al bloque soviético. El embargo es también la excusa para tapar los fracasos del régimen. En Miami conviven cuatro exilios. El más antiguo hizo del anticomunismo una forma de vida. Es más revanchista que el de los marielitos de los años 80 y el de los balseros de los 90. Después están los se exiliaron con Trump y tuvieron que penar como cualquier inmigrante. Para ellos no hubo privilegios de entrada.

La erupción de la protesta masiva e inesperada de julio, que afectó a toda la isla, representa un cambio narrativo. Son jóvenes que no se quieren ir de su país, pero que exigen vivir en libertad en un sistema eficaz que genere empleo. La solución política de Cuba no dependerá de Miami ni del Despacho Oval, surgirá de sus tripas.

Crisis perpetua en Venezuela

Venezuela arrastra un problema de origen: fue capitanía general, no un virreinato. Explica sus limitaciones históricas para crear una estructura de Estado con un funcionariado profesional. Otro es su oposición. Son los mismos, o los hijos de los que saquearon el país entre el dictador Pérez Jiménez y la llegada al poder de Hugo Chávez. Cierto que intentó un golpe, fracasó y penó con cárcel, pero su entrada en el Palacio de Miraflores procedió de las urnas.

Nicolás Maduro carece de su carisma y heredó el país con el precio del petróleo a la baja. Ganó por la mínima las elecciones de 2013 tras la muerte de Chávez. Capriles ha sido con diferencia el mejor opositor, el único que entendió el contexto. En los comicios legislativos de 2015, la oposición unida arrasó al chavismo: obtuvo dos tercios de la Cámara. El Supremo anuló tres diputados, dos de la oposición y uno propio para disimular, que impedía que pudieran cambiar la Constitución. Maduro entendió la lección: si hay elecciones libres, pierde el poder.

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Venezuela se ha fracturado en tres: el régimen que reprime, la oposición que protesta y la mayoritaria que padece y observa. El gran error de la oposición arranca en aquella victoria de 2015. La primera decisión del presidente de la Asamblea fue retirar el retrato de Chávez. Perdió la oportunidad de un gesto de reconciliación. El mensaje era claro: habrá desquite.

Han pasado seis años y siguen sin ser capaces de construir un discurso nacional que incluya a todos los venezolanos. El barrio caraqueño “23 de enero”, en el que Chávez es un héroe, está repleto de pintadas anti Maduro. Son apoyos que la oposición desprecia desde su clasismo. Si no puede ofrecer soluciones y esperanza para todos, chavistas y militares incluidos, seguirán en la oposición durante años. ¿Cómo ganar unas elecciones si prometen tabla rasa con lo bueno y lo malo?

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