Crisis en la isla caribeña

Los ecos del estallido social en Cuba

  • Para el Gobierno, el 11-J es un asunto orquestado desde el extranjero ya terminado, pero nuevas voces disidentes consideran que ya nada será igual en la isla

Un vehículo con fuerzas especiales de la policía pasa por un barrio del centro de La Habana.

Un vehículo con fuerzas especiales de la policía pasa por un barrio del centro de La Habana. / ALEXANDRE MENEGHINI / REUTERS

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Abel Gilbert
Abel Gilbert

Corresponsal en Buenos Aires

Especialista en se ha especializado en temas políticos relacionados con la región pero también ha abordado cuestiones culturales y deportivas

Escribe desde se encuentra en la ciudad de Buenos Aires

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La estela del 11-J provoca diferentes miradas en Cuba. Para el Partido Comunista (PCC), los cimbronazos parecen ser un asunto concluido. Las autoridades rechazan a la vez la hipótesis de una explosión conjunta de enojos acumulados, especialmente de los sectores más pobres, que es compartida por una nueva generación de disidentes, de cuño progresista. "La campaña de descrédito, financiada con fondos federales de los Estados Unidos y del Gobierno de Florida, utilizó una plataforma tóxica para, con mentiras y tergiversaciones, incitar desórdenes y violencia que justificaran una intervención. No hubo estallido social y el pueblo cubano, de forma contundente, rechazó y derrotó la intentona con la unidad y el consenso ampliamente mayoritario de los ciudadanos", dijo el ministro de Exteriores, Bruno Rodríguez. La explicación del canciller formó parte de una carta de agradecimiento a México por la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de enviar a la isla alimentos y medicinas para mitigar los efectos de las sanciones norteamericanas.

Para Aracelys Bedevia, columnista del diario oficial Juventud Rebelde, el 11-J es apenas un espasmo del pasado. "Hay paz en las calles y plazas públicas. Tras los disturbios recientes hemos recuperado la tranquilidad ciudadana que tanto molesta a quienes pretenden dividirnos y destruirnos como nación". Bedevia reconoció no obstante que la situación actual "es compleja y retadora" debido a "carencias y problemas acumulados". El malestar, sin embargo, tenía una legitimidad acotada. Hubo, entre los hombres y mujeres que salieron a las calles una "confusión" que los llevó a unirse "a ciudadanos que responden a un plan extranjero".

Punto de inflexión

Las protestas de hace casi tres semanas permitieron inéditas convergencias en el espacio público: jóvenes, especialmente afrocubanos y pauperizados, junto con intelectuales y artistas que no responden al PCC, y que en los últimos años han recurrido a las plataformas digitales para discutir políticamente con palabras y argumentos que no son los de los tradicionales opositores al castrismo.

El dramaturgo Yunior García utiliza Facebook como su plataforma. "Según la Constitución de la República, la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. Hermoso... pero ficticio". De acuerdo con García, no habrá soberanía mientras el pueblo "esté obligado a comprar productos básicos en moneda extrajera", existan "la pena de muerte y los juicios políticos sumarios", se imponga "el pensamiento único", no se garanticen "la libertad de conciencia, de expresión, de asociación, de reunión, de manifestación pacífica y el derecho a la huelga", se "practique la exclusión" y "los cubanos emigrados o exiliados no sean reconocidos como parte indisoluble de este pueblo".

 Ailynn Torres Santana, columnista de Oncuba News, recuerda que si bien el Gobierno repite que existen  "canales establecidos" para expresar "insatisfacciones", esos mecanismos "no funcionan o ya no son legítimos y eso no tiene que ser un problema". Las instituciones, subrayó, "se deben a la gente, y no al revés". Si tras las protestas "se insiste en que la única oferta para canalizar ese hartazgo" son los conductos existentes, eso, en la práctica "significa es que están clausuradas o son inaceptablemente angostas las posibilidades de tramitar los conflictos y las necesidades".

Un sueño terminado

El jurista Julio Antonio Fernández Estrada estima que en Cuba "no se duerme igual desde el 11 de julio". La gente se mira con cara de silencio y "guarda el grito en las entrañas, pero todo el mundo sabe que algo se volcó". La calma abrumadora de la calle ha terminado. "No iba a durar para siempre la disciplina de la cola, disciplina del enfado y la resignación". Según Fernández Estrada, ya nada será igual. "Hemos perdido el sueño de inocencia. El idilio entre el pueblo y su Estado protector acabó. El padre tenía el cinto escondido debajo del colchón; pero no lo sacaba porque nuestra relación se basaba en el respeto mutuo, en la soberanía de los hijos, en la responsabilidad de los padres protectores. Todos los padres abusan alguna vez; pero en todos los casos deben pedir disculpas y debe haber leyes que les indiquen las fronteras de su autoridad". En ese sentido, consideró que "el único sueño posible en Cuba, ahora, es el de la reconciliación basada en la justicia, en la responsabilidad, el amor a la diversidad de nuestra cultura, el pluralismo político, la aceptación de la diferencia y la crítica". 

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