La desaparición de un símbolo

Pesetas

Decido conservar la cajita llena de calderilla de mi infancia pues son la prueba de algo, tal vez de que empiezo a parecerme a mis mayores y de que mis batallitas empiezan a parecerse a las suyas

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Monedas de 25, 100, 5 y demás pesetas.

Monedas de 25, 100, 5 y demás pesetas. / JOSÉ LUIS ROCA

Saber que es el último día en que el Banco de España cambia pesetas por euros me provoca un arrebato de nostalgia. Rápidamente busco en los cajones hasta dar con una cajita llena de calderilla de mi infancia. Hay unas cuantas rubias (las pesetas doradas), varios duros, unos curiosos 50 céntimos agujereados, monedas de 25 y de 50 y una docena de billetes. La cara de Manuel de Falla, que para siempre asociaré con los dientes de leche, porque esa era la cotización que tenían en un mercado regido por unos seres alados a los que nunca conseguí ver. También están Rosalía de Castro y un obispo (San Isidoro) con su mitra. Quinientas pesetas azules y mil pesetas verdes. Con el obispo en el bolsillo me sentía Rockefeller, pero no pasaba mucho.

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Despliego delante de los ojos atónitos de mis hijos esos recuerdos de mi infancia. Les digo que mi paga semanal era de 50 pesetas. Me daba para comprar el ‘Super-Pop’ (qué quieren, todos tenemos un pasado) y me quedaba para chucherías. Debía de tener unos 12 años. Me preguntan, claro, cuánto serían 50 pesetas en euros. Hasta yo me sorprendo al decirles que unos 30 céntimos. Me miran patidifusos (yo lo estoy también). ¿Y con eso te daba para comprar una revista y varias chuches? Pues sí, me daba.

Miramos el perfil de Franco, que envejece, engorda o se amojama de una moneda a otra. Leen, asombrados, los eslóganes –que conocen por sus libros de texto– “Caudillo por la gracia de dios” o “Una grande y libre”. Nos reímos viendo el retrato de un emérito joven y con rizos, y al otro lado el escudo preconstitucional. A mí me asalta una fiebre del oro particular y comienzo a buscar en internet por cuánto pueden venderse estas alhajas. Fantaseo un rato, entro en páginas de numismáticos, saco una lupa para leer el año diminuto que aparece dentro de unas estrellitas, junto al escudo. Se me pasa. Meto de nuevo las monedas en la caja y me digo que prefiero conservarlas. Son la prueba de algo, aunque no sé de qué. Tal vez de que empiezo a parecerme a mis mayores y mis batallitas, a las suyas.

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