Igualdad

Las luces de colores

Cada derecho necesita de un activismo militante frente a los salvapatrias que tiran de la historia hacia atrás

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A1-115565571.jpg / ANDREAS GEBERT (AFP)

A veces el tiempo corre hacia atrás y los logros que uno creía que se habían conquistado para siempre se desvanecen. Los desvanecen. Es confortable pensar que las ideas avanzan, lo mismo que el progreso, hasta que, de pronto, aparece una generación que se pregunta si vivirá mejor que la de sus padres. Es cómodo imaginar que la idea de Europa asegura la democracia y el respeto a los derechos humanos, hasta que el gobierno de uno de sus países engaña a un piloto y le obliga a aterrizar su avión para detener a un periodista crítico. Todo eso pasa y eso ni es pasado ni lejano.

Es confortable vivir en la idea de que en Europa ya no se dan las cosas que, en realidad, tampoco hace tanto que dejaron de darse, por mucho que las disfrutemos como si hubieran sido así toda la vida. Qué va, la libertad -la buena, no la de las soflamas- es un anhelo viejo pero aún reciente y aún amenazado, porque a veces el tiempo corre hacia atrás, impulsado por nuestros silencios cómplices, y permite que haya un país en Europa que discrimine por ley a las personas homosexuales y las silencie en las escuelas. Lo permite porque tampoco se forma una gran escandalera, que ya se sabe que el continente lo integran muchos países y cada uno tiene lo suyo, como si Europa no fuera una comunidad de derechos sino la sede de un torneo de fútbol.

Ha sido por el arrojo de unos pocos futbolistas, sin embargo, que el foco se ha puesto a apuntar al homófobo ultra que gobierna Hungría, el que aprueba en el corazón de Europa leyes que niegan y persiguen a los homosexuales. Ha sido el fútbol el que, al iluminar sus estadios en Alemania, ha dado luz a la discriminación que pretenden los partidos ultras que acechan. Ese foco de dignidad alumbra la vergüenza de la UEFA y el miedo que aún hoy -porque el tiempo no siempre avanza hacia adelante- sienten los deportistas que no confiesan su condición para evitar que les señalen. Todavía es noticia, como lo ha sido esta semana, que un jugador de la NFL estadounidense declare que es gay.  

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Se alegará que la sexualidad forma parte de la privacidad de cada uno, pero a veces al tiempo hay que empujarlo. Y se necesitan mensajes que iluminen a aquellos colectivos a los que persiguen, ya no en dictaduras remotas, sino en la Unión Europa que ahora se escandaliza y amenaza con usar todos sus poderes. Ocurre que Viktor Orbán no es una novedad, hace mucho tiempo que le apoya mucha gente y que despacha con instituciones internacionales. Tampoco es nuevo el cinismo de su partido, pese a que nunca trascendió tanto como aquella vez en que a uno de sus eurodiputados lo sorprendieron en plena orgía gay en Bruselas.

Lo nuevo esta vez ha sido el valor de quienes con pequeños gestos se han atrevido a reivindicar lo obvio, que son esos derechos de los que luego alardeamos. No han sido dirigentes políticos, envueltos en declaraciones o vetos que nunca imponen, sino el portero de Hungría y el de Alemania, que entendieron de verdad el valor del deporte y lo encarnaron pese a cualquier represalia, conscientes de que los progresos son frágiles y están en riesgo y a veces un gesto pequeño, como envolverse el brazo con una bandera de colores, logra frenar la vida en blanco y negro. Ellos son, al cabo, la demostración de que cada derecho necesita de un activismo militante frente a los salvapatrias que tiran de la historia hacia atrás. Por eso importa la luz que alumbra los campos alemanes, en el corazón de Europa y en pleno 2021, porque todavía es pasado en muchas cosas y el tiempo correrá a la velocidad y en la dirección que queramos darle.