Editorial

Violencia desconfinada

Quizá tragedias como la de Tenerife, como en casos anteriores, acaben por subrayar la existencia de infiernos vividos en silencio y mover a actuar

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Tomás Gimeno y sus hijas, Anna y Olivia.

Tomás Gimeno y sus hijas, Anna y Olivia.

El desenlace que todo el mundo temía del caso de las niñas de Tenerife se ha concretado, por ahora, en el dramático hallazgo del cadáver de una de las dos hijas de Tomás Gimeno, el padre sobre el cual recaían todas las sospechas. La tragedia ha puesto sobre la mesa una faceta de la violencia machista, la violencia vicaria, que consiste en agredir incluso llegando a las últimas consecuencias a los menores a cargo del progenitor para infligir mayor dolor a la mujer, a través de sus hijos. En este caso, como en tantos otros, con unas consecuencias irreparables. Según el Observatorio del Consejo General del Poder Judicial, desde 2013 han fallecido por esta causa 42 menores, un 66% de los cuales fueron las únicas víctimas de la agresión. La violencia vicaria presenta esta triste manifestación extrema, pero la realidad cotidiana es también persistente. Se trata de achacar a la madre síndromes inexistentes como el de alienación parental y de hurgar en la idea preestablecida y patriarcal de mala madre para ir alejando a los hijos de ella, siempre con la pretensión de herir a la víctima.

Aun en casos en los que queda demostrada la violencia de género, no se interrumpe el contacto con el padre violento. En el año 2020, por ejemplo, solo en el 3% de los procedimientos judiciales se suspendió el régimen de visitas y solo en el 4% se retiró la guardia y custodia al maltratador. Al contrario, se dan casos como el de Juana Rivas, que acaba de entrar en prisión por haber ocultado a sus hijos en 2017 ante el temor a la reacción del padre, que había sido denunciado por ella y que ya había sido condenado anteriormente por violencia machista. La reciente aprobación de la ley de protección de la infancia prevé el alejamiento cuando exista una orden de protección o un proceso penal, pero queda todavía a criterio del juzgado, un margen de apreciación que muchos expertos ven como excesivo. 

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A lo largo de un aciago mes de mayo, se han producido seis asesinatos de mujeres y el de un menor, con lo que la cifra total de víctimas se eleva a 15 en este año. Se da el caso de que en 2020, el peor año de la pandemia, los asesinatos fueron 48, la cifra más baja desde que hay datos fiables, en 2003. La razón debe buscarse, seguramente, en los largos periodos de confinamiento en los que se produjeron episodios domésticos de violencia continuada, pero al mismo tiempo la percepción de un control más estricto por parte del hombre. Con el progresivo desconfinamiento «es como si se quitara el tapón al machismo», en palabras de Victoria Rosell, delegada del Gobierno contra la Violencia de Género. «Se destapa lo que había debajo», ha dicho, una idea que también comparte Tània Verge, la primera ‘consellera’ de Igualtat i Feminismes: «Los agresores perciben cierta pérdida de control y es un detonante para cometer los asesinatos». Los datos son concluyentes: el Col·legi de l’Advocacia de Barcelona ha atendido desde el decaimiento del estado de alarma un 25% más de casos por violencia machista que en 2020, con más denuncias, también, de violencia vicaria. 

La pandemia ha agravado conductas soterradas y violencias sistémicas. Y ahora afloran, por desgracia, en forma de tragedias. Conviene más que nunca no bajar la guardia. Quizá tragedias como la de Tenerife, como sucedió en otros casos anteriores, acaben por subrayar la existencia de infiernos vividos en silencio, conmover las conciencias y conducir a la acción.