La tribuna

Confiar en la ciencia

Como sociedad, hemos aprendido a buscar información. La pandemia nos ha enseñado que la versión institucional no siempre es la más acertada y que esto no implica forzosamente tener que ir por defecto al otro extremo

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Vacunación contra el covid con la vacuna de AstraZeneca en el CAP Casernes de Barcelona.

Vacunación contra el covid con la vacuna de AstraZeneca en el CAP Casernes de Barcelona. / Ferran Nadeu

Me ha pasado unas cuantas veces últimamente que, en las redes sociales, un desconocido me ha acusado de ser pájaro de mal agüero o, incluso, de desear que las cosas vayan mal. No soy el único científico que habla del covid-19 que sufre este tipo de comentarios cuando intenta poner sobre la mesa todos los escenarios posibles, especialmente los que las prisas tienden a arrinconar. Uno puede ser de tendencias más optimistas o más pesimistas, pero los profesionales tenemos la obligación de ser sobre todo realistas, aunque cueste. Hay que ser un poco bobo para creer que señalar los riesgos que nos pueden llevar a situaciones problemáticas quiera decir que tenemos ganas de que ocurran.

Es un tema de probabilidades que a veces cuesta de entender. Si hay un límite de velocidad es porque los estudios demuestran que un accidente por encima de esta cifra tiene un riesgo más elevado de tener consecuencias graves. Cuando decimos que es mejor no superar los 120 km/h, siempre encontraremos a alguien que nos asegurará que se ha saltado la norma mil veces y no le ha pasado nada. Pero esto no quiere decir que, cuantas más veces lo haga, más posibilidades tendrá de acabar mal. Con la pandemia es lo mismo: arrinconar la prudencia no garantiza una hecatombe, pero hace que aumenten las probabilidades. Es importante ir recordándolo, sobre todo en los momentos de más euforia.

Un ejemplo práctico del impacto real que tenemos los divulgadores es la mayor aceptación social a una segunda dosis de AstraZeneca frente a la recomendación oficial de Pfizer

A pesar de las críticas que recibimos de vez en cuando, estos días hemos visto un ejemplo práctico del impacto real que tenemos los divulgadores. Cuando en España se les ha dado a los vacunados con una dosis de AstraZeneca la opción de elegir una segunda dosis igual o mezclar vacunas, cerca del 90% se ha quedado con la primera alternativa, que es la que hemos defendido quienes estamos al caso, siguiendo las conclusiones de la EMA y la OMS. Al fin y al cabo, es la única combinación sobre la cual hay estudios fiables (que dicen que es segura y eficaz), el resto son conjeturas. El argumento es tan contundente que se ha aceptado mucho mejor que la recomendación oficial de elegir Pfizer, que todavía no tiene datos científicos suficientemente sólidos en los que apoyarse.

Esto demuestra que, como sociedad, hemos subido un escalón importante: hemos aprendido a buscar información. Puede parecer una cosa trivial en la era Google, pero es precisamente el acceso inmediato a montañas de datos que nos proporciona internet lo que hace que la tarea de encontrar la verdad sea más difícil que nunca. La pandemia nos ha enseñado (o confirmado) que la versión institucional no siempre es la más acertada. Y también que esto no implica forzosamente tener que ir por defecto al otro extremo y creer que todo lo que dice el gobierno es parte de una conspiración. Quien más quien menos en los últimos meses ha buscado voces que le inspiren confianza. Y no se ha quedado con la primera, ni con la más llamativa, ni con la más famosa, sino que se ha construido un grupo de referencia que quizá incluye uno que es un poco radical, otro que tiende a ser más bien conservador y un tercero que siempre busca puntos de equilibrio. Escuchándolos a todos, ha podido tomar sus propias decisiones de una manera bien informada.

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Los medios también han contribuido mucho, cediendo el micrófono no solo al grupo habitual de divulgadores o al experto afiliado al sistema, sino ampliando la muestra para ofrecer un abanico de análisis independientes y justificados. Esto ha hecho que nos llegaran opiniones muy valiosas que en otras circunstancias habrían quedado enterradas. Es este esfuerzo común (científicos animándose a subir al estrado, medios abriéndoles las puertas y ciudadanos buscando y eligiendo proactivamente) lo que nos ha permitido madurar colectivamente. Esperemos que, una vez acabada la pandemia, no demos un paso atrás y mantengamos todo esto que hemos ganado.

La semana pasada, 'Buzzfeed News' accedió a 3.200 páginas de 'e-mails' de Anthony Fauci, el coordinador de la respuesta de Estados Unidos a la pandemia, que cubrían los primeros seis meses de 2020. A pesar del trabajo y la responsabilidad que tenía, Fauci sacaba ratos de donde fuera para contestar los mensajes que le enviaban todo tipo de personas preocupadas, desde famosos a ciudadanos anónimos. A un nivel más modesto, muchos científicos hemos intentado hacer una cosa parecida estos días, por ejemplo, resolviendo en Twitter o Facebook las muchas dudas que nos llegaban. Hemos procurado ayudar un poco con las herramientas que tenemos a mano, igual que otros muchos profesionales de campos diversos. Es un esfuerzo, intenso y no remunerado, que hacemos con mucho gusto. La recompensa más grande es ver que, en el otro lado, hay gente que nos escucha y confía en nosotros.

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