La tribuna

Las cosas claras

Tras el fin del estado de alarma, hay que objetivizar indicadores para explicitar el porqué de cada decisión y cuál puede ser su impacto en costes de salud y de economía

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Terrazas abiertas en el primer día de la desescalada de 2020 en la plaza de la Revolució de Gràcia.

Terrazas abiertas en el primer día de la desescalada de 2020 en la plaza de la Revolució de Gràcia. / Ferran Nadeu

El 9 de mayo se acaba el estado de alarma. El paraguas legal que esto suponía para la toma de decisiones se difuminará en gran parte, volviendo a la necesidad de que las decisiones, las que les parezca, sean apoyadas por el aparato jurídico correspondiente. O no. Nuevamente, los jueces harán de epidemiólogos y lo que aquí será válido, unos kilómetros más allá estará prohibido. Tenemos experiencia. Ojalá esta vez no fuera así. Pero tenemos experiencia, y no solo en el campo de la epidemiología. 

Ante este nuevo (y repetido) escenario, Catalunya tendrá que plantear sus alternativas.

Permítanme ser un poco duro. A veces parece que alguien juegue al siete y medio. O no llegamos o nos pasamos. Y parece aleatorio. ¿Qué dirá hoy el Procicat? ¿A ver qué saldrá? ¿A quién le habrá tocado el premio y a quién las limitaciones?

¿Por qué?

Los que hemos estado dentro sabemos que el Procicat trabaja seriamente. Todo el mundo es consciente de la trascendencia de lo que se decide. No es la 'ruleta de la fortuna', como un programa televisivo escenificó no hace mucho.

Pero, como dicen que dijo Julio César, “la mujer del César no solo tiene que ser honrada sino que también lo tiene que parecer”. No puede parecer que se ceda a determinadas presiones. No puede parecer que se decide según sopla el viento.

Hay que ser objetivos y demostrar que las decisiones tienen base, que la tienen, pero hay que demostrarlo. Con unos indicadores determinados algunos países incrementan las medidas mientras que otros, a veces nosotros, con los mismos indicadores, rebajamos medidas.

Los indicadores actuales bajan, pero muy lentamente. Las vacunas están ayudando, pero todavía quedan amplios sectores de la población en riesgo. Las medidas clásicas de distanciamiento, manos, mascarillas y ventilación todavía son imprescindibles. Y ya oímos hablar de liberación o relajación de estas medidas. No lo veo claro, a pesar de entender los factores que obligan a aflojar. El verano pasado los indicadores eran mejores, y ya vimos qué pasó después.

La ciudadanía es mayor de edad y sabe tomar sus decisiones. Pero hay que saber el porqué.

En la rueda de prensa del 11 de abril de 2020, al presentar las medidas para el inicio de la desescalada en Catalunya, desde el Departament de Salut se planteaban medidas e instrumentos basados en la máxima evidencia disponible, basadas en garantías de seguridad y no en cronogramas. Hacían falta criterios objetivos, transparentes, escalonados y reversibles, con indicadores claros y objetivos que marcaran cuándo se cumplían las condiciones para cambiar medidas. 

Credibilidad

Este último planteamiento, el de los indicadores objetivos, es, en mi opinión, la pieza clave de la credibilidad. Objetivizar indicadores para lograr escenarios, y explicitar el porqué de cada decisión y cual puede ser su impacto en costes de salud y de economía: ¿cuántos infectados, ingresados en uci y muertos y qué impacto en pérdidas y parados supone cada decisión? Duro, pero objetivo. Definir claramente en qué punto podríamos, con seguridad, retirar el 'toque de queda', permitir los conciertos y en qué condiciones, viajar... Una especie de pacto entre las Administraciones y la comunidad, pero un pacto claro, sin cláusulas ocultas o poco claras. Que todo el mundo tenga claro cuándo y por qué podemos hacer o dejar de hacer. Esto es apoderamiento de la comunidad. Esto es republicanismo.

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Efectivamente, no solo se pueden considerar los indicadores epidemiológicos en la toma de decisiones. La gente está cansada y necesita volver, lo más pronto posible, a la vida normal. Estamos presos de la fatiga pandémica y la crisis económica, especialmente en determinados sectores, es escalofriante. El dilema salud–economía existe, aunque no lo queramos admitir.

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Pero no puede parecer un juego de azar. No puede parecer aleatorio. Y en muchas ocasiones lo parece. Si a esto añadimos declaraciones de los representantes políticos, a menudo contradictorias, la confusión está servida. Y a la confusión sigue la desconfianza. Se transmite la sensación de que se va a tientas.

Se puede, y sería bueno hacerlo, establecer unos hitos claros, objetivos y razonables, que nos permitan lograr un equilibrio entre la necesidad de normalización y las exigencias del control de la pandemia. Y cumplirlas.