Distopía

Rutina tras rutina

Me inquieta que algunas medidas restrictivas del covid lleguen a adquirir carta de naturaleza y se conviertan en otra rutina como las del terrorismo

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Rutina tras rutina

¿Alguien recuerda cuándo fue la primera vez en que, al llegar al control de seguridad del aeropuerto dispuesto a tomar un avión, tuvo que sacar de la maleta el neceser transparente, con los mínimos útiles de aseo autorizados (100 ml. de líquido, ni uno más ni uno menos), para depositarlo en una de las bandejas que iba engullendo, lenta y exasperante, la cinta transportadora? Yo sí. Fue el 13 de noviembre de 2006 en el aeropuerto de Alicante. Volvíamos a Barcelona, mis compañeros de reparto y yo, tras dos representaciones de La cabra en la ciudad de Elx. 

La medida entró en vigor esa misma mañana, después de que en el verano se hubieran desbaratado varios intentos de atentar con bombas líquidas desde el interior de aviones en vuelo. También ese día fue el primero, lo recuerdo muy bien, en que hubo que despojarse, llegados al control, de la chaqueta y otras prenda de abrigo. 

Ya me gustaría a mi ilustrar ese recuerdo cantando aquí: «¡Oh, yes! ¡I remember it well!», como lo hacía Maurice Chevalier al evocar sus días felices. Pero no, aquellos del aumento de restricciones no eran momentos felices, porque la medida venía a sumarse a otras ya vigentes desde los atentados de las Torres Gemelas, en 2001: depositar en bandejas aparte, bien a la vista, zapatos, ordenadores y todo tipo de objetos metálicos, ya fueran móviles, relojes, cinturones o monedas. 

Tanto en 2001 como en 2006 todos asumimos que aquellas eran medidas necesarias para garantizar nuestra seguridad. Y lo hicimos convencidos de que se trataba de disposiciones temporales que se levantarían tan pronto como desapareciera el peligro que las generaba. 

Pero han pasado hasta 15 y 20 años de unas y otras, y seguimos viviendo con ellas como la cosa más normal del mundo. Llegados al aeropuerto, cumplimos de manera rutinaria. Soportamos largas colas, bandejas insuficientes, registro aleatorio, cacheos. Todo sin inmutarnos. Y ni siquiera nos preguntamos si eso va a terminar algún día. 

La pandemia que sufrimos ahora ha traído nuevas restricciones que aceptamos –unos convencidos, otros a regañadientes–, en defensa de la salud, un derecho fundamental. Pero no sé, no me atrevo ni siquiera a preguntarlo por miedo a que la respuesta me hunda más en el desánimo, cuando podré por fin prescindir de la mascarilla, hablar con el tendero sin plástico de por medio, respirar tranquilo en un interior abarrotado o asaltar los cielos a mi libre albedrío.

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 Me inquieta que algunas de esas medidas restrictivas lleguen a adquirir carta de naturaleza y se conviertan en otra rutina como la que llevamos años viviendo a cuenta del terrorismo. Y me asusta pensar que tras cada embate de los siglos, vayamos siendo más resignados y menos críticos, más catalogados y menos libres, menos subversivos, con los movimientos limitados, tanto como para reducirlos a un único gesto: un mero y acomodaticio encoger de hombros. 

¿No habrá, también, vacuna para esa distopía